Facio —como se llamaba este cortijo— yo siempre lo asocié a un árbol conocido como azufaifo que habían plantado a espaldas del cortijo, acompañado de unos membrillos franceses y unos granados típicos de la tierra. Recuerdo que utilizaba su nombre extraño con los amigos del pueblo, como el de un fruto especial y desconocido para ellos en el juego. El juego consistía en adivinarlo —en este caso, la azufaifa—, y empezaba así: «Cierto arbolito, cierta arboleda…, la fruta es roja y tiene un hueso pequeño parecido al de los dátiles». No había nadie en la Placeta quien lo acertara. En esos momentos, yo me sentía un ser privilegiado por tener el árbol de la inmortalidad a diez metros de la choza de guardar las hortalizas.
En la choza ocurrían muchas anécdotas dignas de recordar. Las provocaban el sólo hecho de no saber en qué dedicar las horas cuando la siembra no había empezado aún a dar su fruto. Era entonces, en esa prolongada espera, cuando mi hermano Manuel inventaba, pues no tenía paciencia alguna.
Se le ocurrió una vez traerse todas las uvas pintonas de las parras que tenía Catalina —la mujer del guarda Pajares— para colgarlas en la choza. Pero el matrimonio no tardó nada en adivinar que fuésemos uno de nosotros. Catalina ya nos había sorprendido más de una vez sorbiendo con una caña de trigo los platos de natillas que ella tenía por costumbre poner a enfriar en el poyo de la ventana que daba al norte del cortijo. Ese mismo día, sin dilación alguna, se presentó el guarda Pajares en la choza, señalando con su garrote las uvas pintonas del techo.

En la choza no estábamos solos, teníamos invitados como siempre; amigos de Maracena que nos acompañaban con la golosina de las frutas y para no aburrirnos durante la noche. Todos salimos despavoridos, temiéndole que se lo dijera a nuestro padre más que al garrote.
Pajares, desde la distancia y con el garrote en alto, nos gritaba: «¡Corred! ¡Corred! ¡Ya se os ajustarán las cuentas de lo que habéis hecho esta vez con las uvas de Catalina!». Y se llevó de testigo la burra de lunares grises para demostrarle a nuestro padre que no estábamos nunca cuidando de las hortalizas, sino molestando a Catalina; ya no eran los platos de las natillas, ahora también con las uvas verdes de las parras.
La mohína de lunares grises era un animal cargada en años que padecía de las patas delanteras. Por este motivo, hacía ya un tiempo que no la forzábamos a bajar por la vereda del Camino Viejo para ir a llenar las damajuanas al pozo de Facio. Por cierto, el agua de este pozo era la mejor agua de beber de todo este sector de Bobadilla; no tenía nada que ver con el agua del cortijo de Trevijano, por muy cerca que estuvieran los dos viveros el uno del otro.
El caso es que Pajares quiso llevarse la burra a su cortijo por la vereda que habíamos hecho los hermanos en el Camino Viejo. Y no habría hecho el animal más que dar unos pasos, cuando se desplomó vereda abajo arrastrando consigo al guarda Pajares, quedando este maltrecho y pidiendo socorro, con tal fuerza, que los ecos sonoros se hacían multiplicar en las tapias blancas de cal del cortijo.
Entre todos nosotros y su mujer Catalina —que vino a socorrerlo— levantamos a la burra y llevamos al guarda Pajares en andas, hasta las puertas del propio cortijo donde, nada más dejarlo, salimos despavoridos.
Al día siguiente, nuestro padre, como escarmiento, nos mandó al haza del río para que no le faltara el agua en todo el verano a la finca.
Y en Bobadilla, en la choza de verano de guardar las hortalizas, siempre había un tomate pintón o un melón temprano con olor a gloria para complacer a nuestra madre… Allí, en las noches serenas de luna llena, las estrellas del cielo bajaban del firmamento para acariciar con su esplendor a los chiquillos del Poleo que estaban entre la paja durmiendo.

Al fondo se puede apreciar el atajo que cogieron las mellizas, Lourdes y Encarna, donde fueron sorprendidas por los dos cenizos. Y es que esta vereda frente al cortijo de Facio tenía algún hechizo personal o de privacidad añadida de efectos sobrenaturales para todo aquel que cruzaba sin permiso por ella.
En una ocasión estando en la choza, mi hermano José, que era aficionado a cazar gorriones consu tirachinas me dijo: ¡Quédate aquí en la choza vigilando las hortalizas que voy a ver si te cazo algún pájaro de los que tanto te gustan! Cogió el tirachinas que siempre lo dejaba colgado junto al candil que nos alumbraba en la noche, y se bajó por la vereda que teníamos hecha en el Camino Viejo.
Yo solamente lo vi cruzar la carretera desde la choza y coger la vereda prohibida por el guarda Pajares o por el dueño de aquella fila de membrillos que se ven al fondo del dibujo, muy apreciados por todos nosotros y los chiquillos del Barrio. Por la distancia que había desde la choza a la vereda, pude comprobar que él no pasó del primer olivo y el único que yo recuerde; era la estación del año donde los olivos están en flor y los gorriones nuevos, aún son volantones. Por este motivo el olivo al ser un olivo solitario estaba cuajado de pajarillos indefensos que con sus boqueras amarillas reclamaban urgente a sus padres las semillas más tiernas de los trigos veraniegos. Muchos de ellos todavía guacharros, sin haber abandonado el nido que con tanta seguridad habían construido sus padres camuflados entre las horquillas fuertes de sus espléndidas ramas.
Allí arriba daba la impresión por el gorgoreo continuo, que más que un festín entre padres e hijos por repartir la comida a todos los hijos de bocas hambrientas; se auguraba que había algún intruso que no pertenecía a la misma familia que había trepado hasta allí, animado por conseguir algo tierno que alimentarse a estas horas de la mañana. No era la primera vez ni la última, que mi lagarto preferido abandonaba la herida caliente del balate, donde tenía su guarida. Para robar de ese misterioso olivo, uno de esos tiernos volantones.
Fue cuando mi hermano José incrédulo intervino con su tirachinas, tirando uno de sus mejores proyectiles a la base de la horquilla donde estaba camuflado el nido de volantones; con el deseo expreso de conseguirme uno vivo antes de que algo extraño para él se apoderara sin escrúpulo de todo lo que albergaba allí arriba. Fue tan certero el chino picudo que alcanzó la rama, que por un momento, todo el gorgoreo se quedó en silencio. No fue casualidad ni el hechizo de la vereda lo que se apoderó de mi hermano José, sino el temor que les tenía a las culebras y lagartos amarillos que anidaban en el camino viejo; y esto fue lo que derribó en este día del olivo solitario de la vereda prohibida; a mi lagarto de cobre, al que tanto apreciaba por su piel arabesca.
El lagarto amarillo temeroso; una vez en el suelo, con su boca abierta, y unas plumas tiernas entre sus colmillos, se le coló entre sus pies; los chillidos de mi hermano José por desprenderse del lagarto de piel misteriosa que lo estaba acosando, hacían eco en las tapias del cortijo de Facio al igual que las del guarda Pajares cuando quiso llevarse de la choza a la Mohína de lunares grises, por la cuesta abajo. Pero esta vez era diferente, mi lagarto de cobre no corría tras él con la intención de morderle como mi hermano creía, sino porque tenía su guarida aquí en el Camino Viejo y, lo que quería el indefenso animal, era estar a salvo en su madriguera ausente. Para mí fue un verdadero alivio; no había conseguido este día que me pillara uno de esos volantones, pero, por otra parte, me sentía feliz, porque se había salvado mi lagarto amarillo.
Todos estos son los recuerdos que, ahora ya sí, me han revestido de valor para preguntar a los vecinos del barrio por la familia de Adora.
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Fue pura coincidencia lo de dejar el coche aparcado en este lugar, cuando vi a una señora salir de la puerta de su casa y me acerqué:
—Señora, ¿me permite una pregunta?
No había cruzado ni tres pasos el asfalto de la carretera cuando reconocí, a los sesenta y cinco años que no la había visto, que era Encarna, una de las melguizas de Adora la Gitana:
— ¡Pero si tú eres Encarna, la hija de Adora! —le dije.
—Sí, yo soy. ¿Y usted quién es?
—Yo soy hijo de Antonio el Poleo, que teníamos una finca allí, cerca de vuestra choza.
— ¡Ah! ¿Usted es el Manolito?
—No, yo soy el Paquito… Que estoy escribiendo un poco de historia sobre las vivencias de aquellos años que compartimos juntos, cerca del pozo de don Ángel. El libro es más bien como un homenaje a su madre… Como mujer luchadora y ejemplar para la convivencia social y humana…
—Pero… pase usted para adentro. No se quede en la puerta. ¿Quieres nueces? —ofreciéndome un puñado de ellas en la palma de la mano.
— Le cogeré una.
— ¡No! ¡No cojas una, por favor! Vamos a compartirlas entre los dos…
Ese mismo día quedé con Encarna, quien tan amablemente me recibió en su casa con la fresca noticia de hacerle una entrevista a la familia.
Volví al día siguiente ya más ligero, pero cargado de expectaciónpor el reencuentro y la posibilidad de completar esta emotiva historia.
Llegué directamente hasta allí, al mismo lugar donde estaba la Trampa y donde, efectivamente, habían construido un dique por donde se podía franquear el río Genil a modo de atajo —como entendí que me había dicho el motorista—. Para entrar al pueblo de Purchil había otros puentes de mayor acceso, pero los oriundos del pueblo seguían utilizando este lugar primitivo.
Todo estaba tan cambiado que el lugar no parecía el mismo. Había perdido el encanto de antaño. Allí no había nada más que rampas de hormigón y polvo, levantado por el tránsito continuo de los vehículos que, al parecer, todos llevaban prisa. Decepcionado, me limité a hacer estas dos fotografías y me volví por el camino estrecho y pedregoso paralelo al cauce del río Beiro.


Mientras tanto, Encarna en Bobadilla ya había informado a sus hermanos de la posibilidad de ser entrevistados para escribir sobre la familia, esa parte de su historia que también era la mía.
A la entrevista acudieron tres de ellos, incluida Encarna; además de varios de sus hijos que, ante la noticia y sin querer quitarles el protagonismo a sus padres, también vinieron a cambiar impresiones. Para ello, se eligió uno de los bancos del parque donde precisamente el día antes yo había estado meditando sobre nuestro encuentro.
La familia quedó gratamente sorprendida aquel día por esta inesperada visita. Pero aún más lo estaba yo al ver que mis pasos me habían llevado hasta la misma puerta de su acogedora casa. Ahora sí que no podía dejar de escribir esta historia que volvimos a compartir entre todos con el vínculo de nuestros recuerdos.
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La última vez que vi a Adora —y la única, porque ya no la volví a ver más— fue siendo yo concejal de Cultura del Ayuntamiento de Maracena. Con motivo de una de las primeras fiestas populares del barrio de Bobadilla, a petición de Antonio Olmos, componente de la Comisión de Fiestas de este año 1985. Amigo entrañable y compañero de trabajo en el Centro de Fermentación de Tabacos, a quien, por sus dotes artísticas, le recomendé que diera clases de pintura con Miguel Hita.
La concejalía de Cultura de Maracena ofrecía su colaboración desinteresada con las fiestas populares de los barrios y de otros pueblos. Y allí que nos desplazamos con “El Caballito Democrático”. Una cucaña que fabricamos entre los dos con un tronco móvil que dio mucho juego a los niños y que tuvo su debut en el desfile de carrozas. También, con el grupo de baile de Maruja Quirós, que ofreció al barrio de Bobadilla todo un lujo de su extenso repertorio folclórico.

Para mí fue una verdadera sorpresa que también me llenó de orgullo. El encontrarme con Adora sentada entre los componentes de la mesa, con su mantón de manila sobre sus hombros, su clavel rojo prendido en el pelo y su banda cruzada con el nombre de «presidenta de la Comisión de Fiestas».
Francisco Ávila, Paco EL Poleo
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