No podemos cerrar las consideraciones que venimos haciendo a propósito del reciente desarrollo de la inteligencia artificial sin referirnos a su dimensión política. Entendida esa inteligencia en sentido amplio, el potencial de trabajo, de almacenamiento y de manejo de datos de las máquinas electrónicas, de la computación y de la informática han sido, desde hace décadas, motivo de diversas consideraciones sobre su repercusión en la vida social y en las formas de gobierno. A la vez, se ha observado una evolución y una transformación en la apreciación del sentido y del valor del impacto de las nuevas tecnologías sobre los sistemas democráticos y sobre cualquier estructura de poder, de tal manera que del entusiasmo que provocaban al final del pasado siglo y en el comienzo de éste en el que estamos hemos pasado a una extendida tendencia a subrayar sus aspectos negativos o incluso su sustancial nocividad para la democracia.
Las cuestiones de índole política que suscita la presencia de la IA en nuestro mundo son de dos tipos: las que atañen a su capacidad para sustituir o condicionar a las decisiones humanas, apuntando a la progresiva independencia de las propias máquinas, y las que se vinculan con su uso interesado y manipulador por parte de quienes se hallan instalados en el poder.

Desde los años 90, los docentes, por ejemplo, fuimos sometidos a una fuerte presión para adaptarnos a estos nuevos “tiempos modernos”, que a los que ya cabalgábamos en la parte central de nuestra vida se nos hacían tan cuesta arriba como al protagonista de la película de Chaplin. Lo mismo sucedía en los demás sectores laborales y en las empresas. Pero todo se aceptaba y se movía desde las autoridades autonómicas y estatales con el convencimiento de que las llamadas TIC estaban transformando positivamente el mundo y de que debíamos incorporarnos a una carrera en la que era perentorio participar. Proliferaron entonces especulaciones o ensoñaciones que llevaron a algunos a profetizar el fin del antiguo modelo de representación y delegación democrática, que habría de ser sustituido por una nueva anarquía de carácter digital en la que, a través de la navegación virtual, la interacción entre políticos y ciudadanos por ellos representados sería continua e inmediata. El liderazgo de los representantes humanos del pueblo soberano quedaría reducido a la mínima expresión. Las nuevas técnicas acarrearían una profunda transformación de la manera de entender y de ejercer la democracia.

Al mismo tiempo, la altísima especialización exigida por numerosas de las actividades empresariales y administrativas y el afán de perfeccionarlas ha inclinado a muchos a creer que las máquinas son más capaces de controlar eficazmente la complejidad de nuestro mundo y de ofrecer soluciones con rapidez. Además, la propia complejidad de las máquinas exige delegar en otras máquinas su control, su mantenimiento o su abastecimiento. A los españoles de a pie el gran apagón eléctrico del año pasado nos sirvió para enterarnos, con cierta sorpresa, de hasta qué punto son sistemas automáticos los que controlan la red. Es solo un ejemplo: la automatización crece en todos los ámbitos. Incluso en los sistemas de seguridad y de ayuda a la conducción de los vehículos, confiamos más en los automatismos de los procesadores informatizados que en la pericia o en la atención de los humanos. De igual manera, la enrevesada vida política actual, cruzada de innumerables normas y directrices, dictada desde lejanas instancias, plagada de tecnicismos que atañen a la producción y distribución de bienes y servicios y al fomento de la economía, el ocio y la cultura, necesita de la IA para desenvolverse a la altura requerida. ¿Por qué no dejar, entonces, también la democracia, tanto en las decisiones como en la ejecución de lo decidido, en manos de las máquinas o, mejor, de sus herramientas y terminales, ya que son ellas las que de verdad controlan la sofisticada cueva tecnológica en la que habitamos? ¿No somos ya periféricos en la toma de decisiones, como se pregunta el profesor Innerarity, haciéndose eco, aunque sólo para abrir la discusión, de las voces que lo ven así?
Aunque de menor calado, el problema de la manipulación de la opinión pública a través de las redes sociales se ha incrementado desde que la inteligencia artificial ha dado el salto hacia la posibilidad de la generación de textos, de voces y de imágenes de apariencia muy real. Desde los orígenes de la civilización, se ha dispuesto de recursos para impresionar y manipular a la gente, pero la IA ha elevado el rango de la verosimilitud de lo que se ofrece al ciudadano hasta un nivel en el que resulta casi imposible distinguir lo verdadero de lo falso. En ese sentido, se habla de deepfake para referirse a la inteligencia artificial capaz de crear imágenes que deforman las correspondientes a la realidad a la que se refieren y que, aunque, sobre todo, se use en contextos familiares o amistosos, tiene una importante proyección en los acosos personales y en las guerras partidistas.


Hoy por hoy, resulta difícil apreciar si la presencia de las nuevas tecnologías de carácter inteligente beneficia o perjudica a nuestra vida pública. El chatbot Alisa, que en 2017 pareció competir con Putin, la computadora “ministra” Diella de Albania o el candidato electoral británico AI Steve de 2024 no pasan de ser golpes de efecto o formas del folclore de nuestro tiempo. Pero están ahí y no parece que haya forma de detener su progreso.
Daniel Innerarity, filósofo en la línea crítica de la Escuela de Frankfurt.


Una teoría crítica de la inteligencia artificial, Premio Eugenio Trías de Ensayo 2024
Como escribe Daniel Innerarity (Una teoría crítica de la inteligencia artificial,2025) las actuales valoraciones de la IA son marcadamente histéricas, es decir, exaltadas en una dirección o en otra, sin tener en cuenta que estamos sólo en el comienzo de un desarrollo del que desconocemos el recorrido que tendrá. También la aparición del ferrocarril, del coche o de la radio fueron acompañadas de valoraciones histéricas. Además, señala Innerarity, la IA y la inteligencia humana “son dos potencias que, pese a su nombre, se parecen bastante poco y colaboran, más que competir”.

Adela Cortina, catedrática de la Universidad de Valencia
La reflexión de Adela Cortina sobre los problemas éticos y políticos asociados a la IA.

Por su parte, Adela Cortina insiste (¿Ética o ideología de la inteligencia artificial? 2025) en el carácter ideológico que se añade espuriamente a los beneficios de la IA y que buscaría la atracción de inversiones con la perspectiva de las ganancias rápidas. La democracia, dice la catedrática valenciana de filosofía, está hoy en peligro y la conectividad actual no está mejorando la “comunicación veraz”, que es el requisito necesario para tomar las decisiones conjuntas, sin exclusiones, que sostienen la libertad democrática.
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