En mi mente flotaba una idea: la similitud de la ciudad con Nápoles e inicialmente me estuve preguntando por qué; si no es por el mar, poca cosa que se pareciera encontraba en mi inicial deambular por esta urbe excelentemente diseñada, acogedora y limpia en donde se saldó el fin de un período y Japón comenzaba una nueva era.
Nos dejaron frente a la puerta de subida del Parque Shiroyama, un lugar de gran significado en la historia japonesa de hace cuatro días: el lugar en que moría Saigo Takamori, el noble y samurai cuya rebelión acabó con el sistema han y con ello el país inició la etapa de la modernidad. Aquí finalizó su existencia cuando su grupo fue rodeado y se enfrentaron a una desigual batalla donde la proporción era de 60 contra 1; la leyenda habla de que viéndolo todo perdido se ofreció a un compañero samurai para que le cortara la cabeza antes que ser decapitado por los enemigos. Después todos se lanzaron cuesta abajo y lucharon hasta morir, en ese lugar está hoy la puerta que recibe al visitante que accede a esa franja boscosa y desde donde la ciudad ofrece un imponente paisaje y ahora sí podríamos decir que tiene una ligera semejanza con la ciudad italiana con el famoso volcán Sakurajima al fondo.

Tras dejar atrás el magnífico Observatorio de Shiroyama tocaba encaminar nuestros pasos hacia una de las áreas más concurridas de esta capital de provincia y cabecera de la prefectura homónima, la célebre Tenmokan donde nos darían un tiempo de asueto poco antes de partir hacia el volcán, activo pero en calma y el único peligro lo teníamos bajo nuestros pies donde la ceniza convertida en arenilla era extremadamente resbaladiza, todo producto del susto que dio unos días antes de partir de casa.
Kagoshima es la capital de la prefectura y tiene cerca de 600.000 habitantes, pasa por ser la ciudad más grande del sur de Kyushu a la que acude mucho turismo nacional y coreano; los días de llegada del crucero los rostros cambian y uno cree estar paseando por cualquier país occidental, sólo la rotulación denota una diferencia para el visitante.
Prácticamente todo el casco histórico es nuevo, los incendios y otros fenómenos destructivos son aprovechados para rehacer las cosas con otras perspectivas; algunas esculturas y fotografías del XIX hacen que automáticamente exclames: ¡Menudo cambio! Aunque debemos colegir que esas reliquias quedan prácticamente mimetizadas en la reconstrucción que a veces pasan desapercibidas como las célebres puertas de los templos budistas de antaño o las esculturas de los personajes históricos como es el caso de los astrónomos que están en el mismo centro de la larga avenida de esta popular arteria comercial en donde el tiempo vuela por la cantidad de establecimientos y negocios de todo tipo. Siguiendo la ruta se llegará al Parque homónimo que es una delicia para los sentidos y la pulcritud de sus jardines pero ya estamos en esos momentos en que el reloj manda y a pesar del buen ambiente hay que iniciar el retorno para llegar a tiempo al punto de encuentro que, curiosamente, en todo el viaje siempre se llegaba con puntualidad y nadie se perdía: para que luego digan que los españoles son unos viajeros anárquicos, aunque hay que colegir que la horquilla de edad estaba entre los 60-80 años, o sea personas que se consideran responsables.

Lamentablemente nos quedamos con las ganas de llegar a los célebres jardines de Sengan-en o la villa que construyera el Señor de Satzuma en 1658, un lugar según la guía que nos tocó donde todavía se rezuma el ambiente de la época dorada de los samurais y desde donde también se observa la majestuosidad del Sakurajima ofreciendo su cumbre llena de nubes emanadas de sus entrañas en forma de vapor. Lo mejor, posiblemente de aquella época samurai en cuanto a construcción se refiere y que permitirá al viajero tener una idea más real del famoso clan Shimazu el que quiera interiorizar más en esa histórica etapa haría bien en localizar en las redes la cinta basada en hechos reales de El último samurai y disfrutar de la película; después de todo estamos en la cuna de la civilización japonesa.

En el paseo de retorno hasta el punto de encuentro cambiamos algo la ruta y uno descubre otros alicientes y al final, como en casi todo el planeta, una gran cola, el mismo ritual ¿qué será?, vamos a ver que es lo que regalan en esa esquina tan concurrida y nos encontramos ante un establecimiento de loterías, o sea que el impuesto tonto es un recurso para la hacienda de cualquier rincón del orbe, basado en la ilusión, no deja de ser un recurso explotado hasta la saciedad, lo peor es que en algunos lugares ese negocio genera pérdidas y estas las acaba asumiendo la hacienda pública: o lo que es lo mismo, el ciudadano que nada juega.

Toca seguir explorando el camino hasta la esquina de la gran plaza cercana al Museo y todavía nos quedarán unos minutos de margen que darán para hacer las últimas fotos de la ciudad antes de partir hacia el puerto para tomar el ferry que realiza el corto trayecto hasta la que antaño era la isla del volcán de Sakurajima, hoy unida al otro lado de la bahía.





Deja una respuesta