Juan Franco Crespo: «Pinceladas asiáticas. Naha – Okinawa»

Durante varias semanas estuve buscando una derrota que se ajustara a mis expectativas viajeras; cuando no has estado en algún lugar, son los nombres que te suenan los que te acaban atrapando y ese era el caso de este viaje.

Inicialmente el puerto que me interesaba estaba en la isla de Taiwán: superó todas las esperanzas y la visita a RTI colmó, con creces, la decisión de orientar mis pasos hacia Taipei al quedar rechazadas mis prospecciones de visitar Ciudad Ho Chi Minh y que ya no merecen ningún comentario.

Tras esa primera escala, estaba a la espera Naha (Okinawa) que en los recuerdos me devolvían a mi infancia feliz, cuando algunos críos invertíamos las cuatro perras gordas en algo tan subversivo como los tebeos que traía a Alhama Paquita la de la Trucha. Centenares de ellos fueron devorados en aquella infancia donde cualquier cosa, por nimia que fuese, nos hacía felices.

Entre ese montón de tebeos estaban los de Hazañas Bélicas que eran editados por la famosa Editorial Bruguera -ya desaparecida- que al poco de llegar a Barcelona, tras finalizar el servicio militar, me encontré casi al lado del lugar en que trabajaba.

Con los tebeos nos ejercitamos y descubrimos el maravilloso mundo de la lectura que, en momentos genuinamente infantiles, nos acabaron abriendo la Biblioteca, primero en los bajos del Ayuntamiento, al lado de la vivienda del Portero Sr. Medina al que le gustaban mucho las pelotas cuando jugábamos en el patio del cuartel y donde estaban las dos aulas unitarias de nuestra infancia. La Biblioteca luego sería construida en el Tajo y con la llegada de la democracia, también fue derribada porque afeaba el paisaje pero que a nosotros nos parecía un edificio encantador por cuanto te permitía asomarte al vacío desde su esplendorosa barandilla.

Era el lugar a donde se acudía para averiguar los datos que aparecían recogidos en Hazañas Bélicas, pero también los del Capitán Trueno, El Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, Tamar, El Llanero solitario y así hasta medio centenar de cabeceras que nos evadían y hasta incluso nos introducían en giros idiomáticos como cuando llegaban las remesas de la mexicana, si no recuerdo mal Editorial Noray. Eran los años cincuenta, época de carencias llenas de libertad, sobre todo a la hora de los juegos, quizá porque pocos niños tienen al alcance de su mano un territorio tan agreste y a la vez tan familiar como el entorno de los Tajos. ¡Quizá de esa época viene mi pasión por la geografía pero, sobre todo, por los viajes!

La famosa Batalla de Okinawa que tantos recuerdos me traían, bullía en mi mente gracias a esa literatura tan maltratada pero que sin ella, mucha gente, no hubiera avanzado intelectualmente o a lo mejor se habrían perdido otros placeres. Gracias a ello ahora estaba camino de esas islas subtropicales [actualmente en Japón, pero que formaban el reino de las Ryukyu, tenían sus propios sellos, etc.] que antaño me atraparon gracias a los cuentos de Hazañas Bélicas.

Cuando el coloso de los mares enfilaba la entrada de Naha ya no me despegué de la cubierta: casi dos horas de pasmosa maniobra y, pasadas las doce, las maniobras de atraque y la atadura de los cabos en los correspondientes Noray. Había que comenzar a prepararse para bajar a tierra en la más grande y famosa de las islas de esta parte del actual Japón y que me parecieron mucho más occidentalizadas ¿o es la presencia de los Estados Unidos desde finales de la II Guerra Mundial con sus bases la que lo ha hecho?

Lástima que estuviéramos apenas una horas y el desembarco fuera una tarea titánica: todos -viajeros y tripulación- debían bajar a tierra y pasar el correspondiente control migratorio. Te daban una fotocopia del pasaporte y en la parte posterior te enganchaban el correspondiente visado que tras hacer casi dos horas de cola te era sellado y tú fichado, incluso con la huella dactilar. Ya tenías la autorización para desplazarte por el inmenso territorio asiático que forma el Imperio del Sol Naciente, después el resto de escalas todo sería más fácil ya que con ese papel podrías ir bajando mucho más rápido en el resto de puertos y el citado visado sería retirado en el último de todos poco antes de zarpar de Nagasaki.

Salíamos cerca de las cuatro de la tarde hacia el castillo de Shuri-jo que en la II Guerra Mundial quedó prácticamente destruido aunque sus orígenes están en el XV cuando el reino conoció una etapa de gran esplendor comercial. Fue reconstruido en 1992. Japón se anexionó las islas de Ryukyu en 1879 y este castillo lo convirtió en una base militar, de ahí que los bombardeos norteamericanos lo dejaran prácticamente arrasado y desde entonces están anclados en las islas donde tienen varias bases y generan no pocos problemas con la población local, quizá ahí esté el motivo de que no te los encuentres por las calles, es una forma de evitar conflictos cuando no eres bienvenido.

Todo lo que hoy contempla el viajero corresponde a lo que se ha ido reconstruyendo tras el incendio del 2019 y queda mucho por hacer en un entorno de inigualable belleza al que llegamos justo tras encenderse la iluminación del recinto. Tras un par de horas de recorrido el grupo sería dejado por el autobús en el céntrico lugar que encarna la Kokusai-dori o calle Internacional, había que estirar las piernas y disfrutar de la cotidianidad en una zona que no defrauda al viajero. Está llena de comercios de todo tipo, en sus calles adyacentes, encontraremos gigantescas galerías cubiertas donde los establecimientos de todo tipo son una tentación.

En muchos de ellos, sobre todo los de comida y bebida, encontraremos unos expositores con pequeñas porciones de productos de la zona, sólo hay que imitar al local y, tras varios comercios, decidimos seguir el ritual y proceder a la cata correspondiente, había que dejarse atrapar por la uva de mar, el tofu de cacahuete y otras delicatessen… pero no sobrepasamos el del ritual del licor de serpiente -algunas de más de un metro- en los establecimientos de bebidas.

Posiblemente fueron las dos horas más productivas de esta corta escala en una de las calles más concurridas de Naha. Así acabó nuestra estancia y el autobús nos devolvía al Costa Serena: casi ni nos dimos cuenta del fugaz paseo por Okinawa, después de casi siete décadas con ese topónimo en mi cabeza, apenas me dio tiempo de estirar las piernas; me quedé con ese agridulce sabor de algo que no cubrió las perspectivas de la escala. Quizá la naviera debiera ajustar los horarios o zarpar bien pasada la noche para gestionar esos gigantescos controles que acaban con los nervios del más preparado.

Juan Franco Crespo

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