Siempre había sido tímido, dado a la introversión y al aislamiento. Era una cualidad que se había acentuado en la adolescencia, como si al enfrentarse a la nueva realidad se hubiera replegado más en sí mismo, huyendo así de las obligaciones que tenía. Los amigos consideraban aquel carácter como un signo de bondad, quizá porque se limitaban a valorarlo por el aspecto exterior que presentaba, como suele ocurrir en otros muchos casos. Lo que no sabían, debido a aquel juicio tan somero que sobre él hacían, era que encerraba un espíritu rebelde que no se conformaba con las convenciones que en la sociedad predominaban y a las que la mayoría se doblegaba, acaso por simple comodidad. Quería tener un criterio propio, sin que en él influyeran los pensamientos o las ideas que los demás tuviesen.
Los sábados por la tarde solía pasear en bicicleta por la vega; necesitaba expansionarse después de cinco jornadas muy intensas de estudio y de trabajo en el instituto, donde era tenido por un alumno muy aplicado. Paseaba solo, ya que no quería obligar a ninguno de los amigos a que lo acompañase si no le apetecía. Eran paseos cortos los que daba, casi siempre por las mismas rutas, a un ritmo tranquilo, de un pedaleo cómodo, porque su propósito principal no era ejercitarse con la bicicleta, sino más bien despejarse, al tiempo que disfrutaba de las vistas que la vega le ofrecía, unas vistas que iban cambiando según la época del año que fuera. Además de ser solitario, él era de una condición sensible, propensa a la contemplación, con la cual se resarcía de los deberes de estudiante, de los esfuerzos a los que sometía la mente, porque la mente también necesita relajarse, serenándose con aquello que proporcione un placer contemplativo. Era su espíritu el que lo movía a pasear por los caminos de la vega los sábados por la tarde, a gozar del paisaje que en torno a él se tendía.
En los días de otoño y de primavera, era frecuente que lloviera y que los caminos estuvieran embarrados, con numerosos charcos que debía sortear con cuidado en su trayecto. Algunas veces, decidía volverse al comprobar que se volvían impracticables. Los campos, con las lluvias caídas, se tornaban en el otoño de un color sombrío, con espacios verdes de alfalfares y alcaceres de un tono melancólico, entreverados de grises y marrones de barbechos y de rastrojos mojados. A lo lejos, se alzaba el ingente murallón de la sierra cubierto ya de los primeros pabellones de nieve, a cuyo pie se arracimaba la ciudad entre viejas colinas.
Una de las rutas que seguía lo llevaba a un pueblo cercano, desde donde se volvía para regresar por el mismo camino. A la vuelta, divisaba desde la distancia su pueblo, recostado sobre la falda de un cerro, tras el que se alzaban otros cerros y montes plomizos. A un lado y a otro del camino se sucedían las hazas, delimitadas por lindes irregulares. Había membrillos, higueras silvestres y moreras, dispersos por aquellos contornos. En las tardes de primavera, lo presidía todo un sol orondo que derramaba una luz de ámbar sobre la vega, una luz que adquiría un matiz anaranjado a una hora más avanzada. En las proximidades del pueblo, cuando ya se perfilaban las primeras tapias sobre una colmena de sucios tejados, aparecían secaderos de tabaco y restos de cortijos abandonados, junto a albarradas de llosas y de frondosos huertos.
Otra ruta lo conducía al interior de la vega, a un terreno ancho, cercado de gráciles choperas. En las tardes de los sábados había pocos labriegos faenando en sus parcelas, por lo que le asaltaba a menudo la impresión de hallarse solo en un espacio inmenso, en el que reinaba una paz absoluta, propicia para la meditación y el recuerdo. La verdad es que pasaba entonces momentos muy gratos en el campo, en los que su espíritu se veía transportado a un estado de reconfortante gozo, en el cual no se sentía amenazado por ningún peligro, por ninguna sombra de miedo.
A veces le daba por pensar que lo que hacía no era normal, al menos a su edad; se consideraba incluso, llevado por aquel pensamiento, un ser extraño que escapaba a los comportamientos habituales de los jóvenes de su tiempo; pero al poco se reafirmaba en sus gustos y aficiones, ya que eran los que más se adecuaban a su carácter. Hacer lo contrario, verdaderamente, habría sido como traicionarse a sí mismo por no haber actuado de acuerdo con sus ideas, con lo que en el fondo de su alma sentía.
Buscaba en el paisaje lo que no encontraba en la vida diaria, en los quehaceres cotidianos; atisbaba que existía una realidad más allá de las apariencias, o quizá por debajo de ellas, una realidad que pertenecía al espíritu y que era donde se hallaba la fuente del mayor gozo.
En el verano, libre ya de ocupaciones escolares, disfrutaba aún más de sus paseos en bicicleta, permitiéndose en algunas ocasiones alejarse un poco más de lo acostumbrado. Se internaba entonces en las choperas, siguiendo el curso de un camino o de una vereda que discurriese por ellas, hasta que llegaba a parajes de una gran belleza, a lugares paradisiacos en los que parecía que el tiempo se hubiera detenido, por los que circulaban las aguas serenas de algún arroyuelo que tenía su nacimiento en el interior de las mismas choperas, en un rincón oculto. Todo se le presentaba en aquellos momentos preñado de magia, de un encanto propio de un cuento maravilloso, de una antigua leyenda. Tenía la sensación de que iba a ser testigo de un prodigio, de la aparición de un ser fabuloso. Lo hilos de luz del sol se quedaban enredados entre las ramas más altas de los chopos, al modo de telarañas doradas. El silencio era en algunos instantes profundo, un silencio de estancia cerrada, solo interrumpido de cuando en cuando por el canto remoto de algún ave, por algún leve crujido. Había pasajes misteriosos en los que la luz era escasa. En ciertos tramos tenía que apearse de la bicicleta para caminar con ella sobre el hombro, pues estaban invadidos de maleza. Era inevitable que se le representase la imagen de un laberinto, aunque no se le ocurría que pudiera perderse. Era un lugar tranquilo en el que se vivía plácidamente.
Guiado por su instinto de orientación, encontraba siempre una salida; llegaba a un sitio más despejado desde el que partía otro camino por el que podía pedalear de nuevo, hasta que finalmente regresaba al espacio abierto de la vega, con sus cuadros numerosos de tierras de labor, delimitados al fondo por el formidable telón de la sierra. El verano era una estación alegre, de brillos acerados. El sol de la tarde esparcía su luz última, a punto ya de ocultarse tras los montes del poniente. El pueblo aparecía en una lejanía difusa, recogido sobre la falda del cerro, guarnecido de blondas de grises olivares. Era una estampa que se repetía día tras día pero en la que siempre encontraba algún matiz distinto. A poco que incrementara el ritmo de sus pedaladas, llegaría al pueblo en menos de quince minutos. A aquella hora mágica muchas golondrinas surcaban el cielo, describiendo sobre él improvisados garabatos. Algunos labriegos regresaban a sus casas con la azada al hombro, tocados de un sombrero de paja. El color pajizo de los rastrojos de cereales alternaba con el verde rotundo de maíces y alfalfas. El campo era un lienzo enorme en el que se mezclaban diversas pinceladas, el lienzo de un artista que hubiera querido plasmar la intensa emoción que le producía la hermosura de aquel paisaje de verano. Para su espíritu apocado, suponían los paseos que daba entonces en bicicleta un gran alivio, ya que por momentos se sentía embargado de una inefable dicha, de un deseo imperioso de que se quedara grabado para siempre en su memoria todo lo que entonces estaba viviendo.
Para los demás, seguiría siendo un tipo reservado, incapaz de vencer la timidez que desde pequeño lo atenazaba, la falta de seguridad y de confianza que de ello se derivaba; sin embargo, lo que nadie sabía apreciar era la gran sensibilidad de la que había sido dotado, la rica imaginación que ya poseía, con la cual podría evadirse cuando quisiera de la mezquina realidad que lo rodeaba, de los preceptos y órdenes que la sociedad le imponía.





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