Víctoriano Labrador nació en un chozo del Valle de Santa Ana, en 1953, y recuerda la lumbre que sus padres hacían para calentarse… Allí estuvieron viviendo hasta que, a comienzos de los años sesenta, les entregaron a sus padres una casa y una parcela en el pueblo de colonización de Brovales (Badajoz), a pagar durante 40 años. Víctor se crio en el campo, hace varios años vendió la mitad de la parcela, precisamente donde están el chozo y un antiguo pozo. Está jubilado desde hace ocho años, se levanta a las seis de la mañana, tanto en verano como en invierno, y se entretiene cultivando varios bancales. También tiene sus gallinas, palomas y perdices y sale de caza de vez en cuando.
A comienzos de junio me paso por la parcela de Víctor y lo encuentro en un altozano, sentado en una silla de anea, junto a la charca o pantaneta que utiliza para regar los bancales. Desde aquí se ven el pantano a la derecha, el campanario de la iglesia al frente y la sierra al este. Está acompañado de sus dos fieles perros y un pato blanco, pero esta tarde es el entierro de un antiguo compañero de trabajo y noto que su muerte le ha afectado, pues cita su nombre en más de una ocasión: “Trabajamos juntos en el Guijo, durante varios años, y ya ves. Ahí abajo mis padres tenían dos chozos, en uno encendían la candela para freír mientras que en el otro nos quedábamos para dormir, en camas de rastrojos, hechas de palos entrecruzados que se apoyaban sobre cuatro palos en forma de horcajo. Encima de los rastrojos se colocaban los cobertores y nosotros nos tapábamos con las mantas, de manera que los cinco hijos dormíamos en camas más chicas. Los chozos eran redondos y se construían con piedras, mientras que varios palos de encina formaban el techo (en forma de triángulo), se cubrían con jara y encima les echaban retamas, que despedían el agua. En la familia de mi tío Cachiche eran ocho y, como vivían en la parcela colindante, algunas noches se juntaba en el camino con mi padre y el tío Avelino, para beberse unos vasos de vino”.

Todavía se conservan las paredes de los chozos de sus padres y de su tío. Recuerdo que a finales de los años setenta los vecinos de Brovales tenían agua corriente dos horas al día, que aprovechaban para llenar los recipientes y los cubos de agua. Y mientras la empresa de aguas de Jerez de los Caballeros estaba haciendo obras, los brovalenses bebieron agua del pozo, de la parcela de Víctor, durante nueve años. Yo recuerdo que las encías de los dientes se me inflamaban cuando venía al pueblo y bebía aquella agua, sin tratar, que venía de la sierra. Víctor continúa con su relato.

“En los años 1958 y 1959 las casas estaban ya hechas pero las calles no estaban asfaltadas y, aunque las parcelas ya las habían adjudicado, todavía faltaba por hacer los canales de riego. En el Ayuntamiento del Valle de Santa Ana se apuntaron Neila, el tío Silverio, Ricardo y Verrugas…, casi todos ellos tenían cuatro o cinco hijos. También vinieron colonos del Valle de Matamoros y de Jerez de los Caballeros. Los poblados de Valuengo y La Bazana los construyeron unos años antes, de forma que las casas son diferentes porque fueron diseñadas por otros arquitectos. Aquí nadie tenía nada pero los marqueses José Antonio y Fernando Peche (sobrinos de José Antonio y Pilar Primo de Rivera) tenían fijos a catorce o quince vecinos, en la finca de El Guijo, aunque los sueldos eran bajos. En los dos años que estuvimos viviendo en el chozo, mi padre y otros colonos estuvieron segando para los dueños de las Mohedas, el Corchito y el Guijo. Precisamente, el pueblo de colonización de Brovales nace de la expropiación de parte de estas extensas fincas. Primero empezaron a construir el pantano y, como había mucha gente trabajando, levantaron chozos y corrales para las bestias en la parte más baja. Las casas están bien hechas de piedras, que traían de más abajo del pantano, allí las machacaban y después las traían, con a la arena, en un camión portugués que era largo. También los burros las traían en serones, encima de los lomos, o bien en carros tirados por bestias, mientras que las piedras pequeñas las utilizaron para rellenar las calles y encima les echaron asfalto. Los albañiles mezclaban en el amasadero el cemento y la arena. Recuerdo que vimos cómo ponían la bola del campanario, de la iglesia, entonces éramos unos niños, y que la luz de las bombillas de las casas era muy débil. De casualidad, hace dos meses me encontré con el hijo del constructor de Brovales”.

Víctor prosigue con sus recuerdos de antaño:
“Cuando nos dieron las casas tuvimos que abandonar los chozos porque el mayoral nos obligó. Entonces se plantaron cientos de árboles frutales, pues el perito dijo que había que plantarlos en toda la zona, y años después compraron la fruta. Pero ya en los siguientes dejaron de comprarla y los colonos tuvieron que arrancar los árboles. Hubo contratas de algodón, de tabaco, de pimientos y más tarde también se plantaron girasoles, pero los jornales eran míseros y muchos hijos de los colonos tuvieron que emigrar a Madrid, al País Vasco, a Valencia, Francia, Alemania… Esto se quedó pequeño y no daba para más. José Caballo, de 87 años, es el último colono que queda con vida, de los que llegaron a Brovales en los años sesenta. Con la reata de seis o siete burros que tenía, traía piedras y arena de las canteras que hay por debajo del pantano y que lindan con la Granja. Colocaban cartuchos de dinamita en las piedras grandes y después los picapedreros las partían. En cambio la arena, fina o vasta, la traían de los arroyos del Pontón. Pero en los últimos años se han vendido muchas parcelas, pues los jóvenes no quieren seguir en el campo: del tío Silverio, de Pascasio, del Galano, de Juan el Acequiero… Bastantes parcelas las ha comprado uno de Albuera y, al final, las tierras vuelven como antes a las manos de los terratenientes”.
Es la historia de siempre, como en la Desamortización de Mendizábal, a mediados del siglo XIX: los bienes desamortizados de la Iglesia fueron comprados por los terratenientes.

“El caso es que ahora no se cultiva nada, los propietarios que quedan no tienen nada más que una mijina de huerto y se acabó. En el caso del maíz, lo siembras y lo vendes a 40 pesetas el kilo (1/4 de euro), como nosotros decimos aquí. Sin embargo, compras un saco de 12 kilos de maíz y te cuesta 140 euros, y cuando te das cuenta no te queda nada. Antes todos los vecinos tenían catorce o quince vacas, al principio eran de leche pero en los últimos años son de carne. El caso es que unos cinco o seis vecinos tienen entre quince y treinta vacas, porque no cubren los gastos. El pasado año yo tuve que tirar unos dos mil kilos de sandías porque me pagaban una miseria, mientras que en los supermercados se vendían a euro el kilo”. Al final, Víctor llega a esta triste conclusión: “El día que faltemos, aquí no va a venir nadie”.
Las casas de la pedanía las han ido ocupando los hijos, nietos y familiares de los antiguos colonos, y de vez en cuando se vende alguna. Varias viviendas fueron reformadas, no respetando su construcción original, por lo que el Ayuntamiento de Jerez de los Caballeros tenía que haber exigido que se respetara el diseño de las casas, para que Brovales no perdiera su esencia.
Sin embargo el pantano, la vega y la sierra forman parte de sus bellos paisajes junto a los nidos de las cigüeñas, las garzas reales y los cormoranes.
Hay que recordar que en abril de 2017 firmaron un acuerdo de hermanamiento Brovales y Vivares, ya que ambas pedanías fueron diseñadas por el arquitecto, Perfecto Gómez Álvarez, dentro del Plan Badajoz, con árboles, jardines e integradas en la naturaleza. Finalmente, señalar que he conocido y tratado durante años a los antiguos colonos, a los que recuerdo con cariño, y deberían dedicarles una placa en la plaza de la Constitución, con los nombres de todos ellos y del arquitecto.





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