Lo escuché en un pregón con espíritu rociero: ¡Ser joven es ser relevo y memoria! Y no puedo sino aplaudir a su autora –una egabrense–, intentando elevar la frase a modo de reflexión.
Se suele decir que los jóvenes son el futuro. Una locución repetida hasta el cansancio que, sin embargo, encierra una verdad incompleta. Ser joven no es sólo ocupar el lugar que otros dejan, ni limitarse a avanzar hacia lo desconocido. Ser joven también implica mirar hacia atrás, comprender lo que se ha construido antes y decidir qué merece ser conservado. En este sentido, la juventud no es únicamente relevo: también es memoria.
Cada generación aporta nuevas ideas, nuevas formas de entender el mundo y una energía transformadora que cuestiona lo establecido. Sin esa fuerza renovadora, las sociedades se estancarían. Los adolescentes –estad seguros– tienen la capacidad –y, en cierto modo, la responsabilidad– de imaginar alternativas, de romper inercias y de abrir caminos donde antes no los había. Pero ese impulso, por sí sólo, puede resultar frágil si no se apoya en una base sólida.
Ahí entra la memoria. No como una carga que limita, sino como una herramienta que orienta: recordar no significa repetir, sino aprender. Las luchas sociales, los avances en derechos, los errores colectivos…, todo ello forma parte de un legado que no puede ignorarse, pues cuando se desconecta de toda remembranza, se corre el riesgo de reinventar problemas ya superados o de olvidar conquistas ya aseguradas.
El equilibrio entre relevo y memoria no es sencillo. Sin embargo –lo mantengo–, lo verdaderamente transformador no es rechazar el pasado, sino dialogar con él. Escuchar, preguntar y reflexionar sobre lo que hereda, es la mejor preparación para construir un futuro más justo y consciente.
En definitiva, aún habitando una tensión creativa entre lo que fue y lo que será, tomar el testigo, sí, pero también comprendiendo el camino recorrido. Solo así la sucesión deja de ser un simple reemplazo y se convierte en futuro con valor.





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