Coral del Castillo: “Que por mayo era por mayo….”, una joya de nuestro Romancero

Ha querido la casualidad, muy desapercibida para la mayoría de la gente, pero bastante presente en muchas y variadas circunstancias de mi vida, que el día de esta colaboración 8 de junio de 2026 coincida con la que hice también un 8 de junio pero de hace un año, 2025, y que además ¡ oh casualidad! el tema que yo tenía pensado para este año sea similar al que traté hace un año, aunque visto el asunto más que de casualidad en este caso habría que hablar de coincidencia porque ¿cuál es el tema estrella de la primavera y el mes de mayo? El tema eterno, poético y hasta algunos dirían que “cursi” pero en el que todos hemos caído, mes del amor, de las flores, de los paseos románticos y las repetitivas palabras que nadie se cansa de oír o susurrar.

El año pasado fue uno de mis poetas preferidos el gran Juan Ramón Jiménez el que me acompañó con sus poemas en un delicioso paseo por las choperas, el texto lo titulé:

Este año y cuando está a punto de acabar el mes de mayo el calor ha irrumpido de golpe en nuestras calles, en nuestras casas, en nuestros cuerpos y lo que es más preocupante en nuestro ánimo y ritmo vital. Y estaba yo acoplándolo al mío cuando vinieron a mi mente y a mi boca los versos del comienzo de un precioso romance “El romance del prisionero”: “Que por mayo era, por mayo, / cuando hace la calor”, uno de los más hermosos poemas de nuestro Romancero viejo, una verdadera joya poética por lo que pensé recordarlo o darlo a conocer según.

Hacia el siglo XV surge en el panorama literario español una producción artística que “más que un género literario, es una forma especial de tradición y de cultura” el Romancero.

A finales del siglo XIV la épica cayó en olvido en casi todos los países , pero en España el pueblo recordó los fragmentos más interesantes de los cantares de gesta, los memorizó, los cantó y así se conservan de generación en generación. Estos fragmentos claves de los cantares de gesta constituyen los romances más viejos que poseemos.

Además de estos romances, llamados tradicionales, existen otros, los juglarescos, que son los que difundían o creaban los juglares a imitación de aquellos, más extensos y de mayor riqueza expresiva.

El autor de estos poemas se quedaba en el anonimato porque es la colectividad la que, identificándose con ellos, los canta, reelabora y conserva.

La temática es muy variada: los hay heroicos, líricos, novelescos.

El verso es de arte menor, octosílabo por la fragmentación del verso de dieciséis sílabas del Cantar de Gesta, la rima asonante en los versos pares y libre en los impares.

La trascendencia del Romancero ha sido enorme. Muchos escritores de todas las épocas han compuesto romances (Góngora, Lope, Machado, Lorca…) y, todavía hoy, se cantan en numerosas regiones de España e Hispanoamérica. En su forma primitiva se pueden escuchar en la actualidad en boca de muchos judíos sefarditas descendientes de los expulsados de España en el siglo XV.

Por lo tanto se puede hablar de dos Romanceros: el Romancero viejo, anónimo y medieval y el Romancero nuevo, con romances creados por autores cultos en los siglos XVI y XVII.

Una recopilación de nuestros romances es la que hizo el maestro de maestros D. Ramón Menéndez Pidal (1869- 1968) Flor Nueva de Romances Viejos (1928) solo el título ya indica la sensibilidad y belleza que hay en sus páginas.

Ramón Menéndez Pidal es el gran maestro español de la Filología y la Historia. Ganó la cátedra de Filología Románica en la Universidad Central de España antes de los treinta años. En 1901 fue elegido miembro de número de la Real Academia Española de la Lengua de la que llegó a ser director. Impartió cursos y conferencias en las más prestigiosas Universidades de Europa y América. Fue doctor honoris causa por las más reputadas Universidades. Fundó la Revista de Filología Española considerada la primera y mejor en su categoría. Sus estudios sobre los orígenes del castellano, textos medievales, filología, literatura e historia española abrieron un camino riguroso y científico en el conocimiento de la historia del español.

Desde su cátedra y desde el Centro de Estudios Históricos, institución vinculada al krausismo de la Institución Libre de Enseñanza, del que fue nombrado director en 1910, impulsó la Institución para convertirla en precursora de lo que sería el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, fundado en 1939 nada más acabar la guerra. Con su labor académica y en el CEH, educó a toda una generación de filólogos españoles: Tomás Navarro Tomás, Américo Castro, Dámaso Alonso, Rafael Lapesa y Alonso Zamora Vicente , entre otros, que marcharon al exilio al acabar la contienda civil.

En 1900 se casó con María Goyri, la primera mujer que hizo estudios oficiales y los terminó en la Facultad de Filosofía y Letras (1896). En su viaje de novios descubrieron ambos la persistencia del Romancero español como literatura oral y empezaron a recoger muchos romances en sucesivas excursiones por tierras de Castilla haciendo la ruta del Cid.

Flor nueva de romances viejos recoge una selección de canciones épico-líricas de fondo heroico y caballeresco: historias de don Rodrigo, el Cid, o los Siete Infantes de Lara; romances moriscos o de frontera, todos ellos contextualizados y anotados críticamente. Esta ardua tarea la llevó a cabo durante toda su vida, fue conjugando las investigaciones en archivos, de los que sacó a la luz joyas desconocidas, con el trabajo de campo por todas las regiones españolas, recogiendo de labios de las gentes la tradición ininterrumpida de la lírica popular.

Entre esta recopilación de Romances se encuentra el Romance del prisionero, del que hay dos versiones antiguas y será el propio Pidal quien nos diga en sus anotaciones la que él ha seleccionado.

Paso a copiar el Romance cuyos primeros versos han dado título a este artículo.

“Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuando es de día
ni cuando las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón”.

En su nota aclaratoria sobre este romance Menéndez Pidal apunta cómo hay otros poemas en los que aparecen avecicas que promueven la melancolía de un prisionero

(The prisoner of Chillon, de Lord Byron o Lamento della Prigionera, de Tomaso Grossi, etc) pero “la del romance español es la que trina con más intensa dulzura y con absoluta ausencia de elementos patéticos.”, sigue diciendo “De las dos versiones antiguas escojo la fragmentaria, donde con sabio tino se han eliminado los recargados detalles que la completaban como canción carcelera, y se concreta todo el interés en una simple nota de emoción”.

Yo quisiera añadir que esta intensa y emotiva escena en la que el prisionero describe la alegría que inunda los campos en el mes de mayo con los cantos de la calandria y el ruiseñor (v.1-8) en contraste con su profunda pena y melancolía por haberle matado un ballestero la avecilla que le cantaba al amanecer (v. 9-16), me recuerda la Escena V del Acto III de Romeo y Julieta ( de hacia 1595) de William Shaskepeare (1564-1616). En esta escena los amantes, ya esposos, deben despedirse al amanecer después de su noche de bodas para que Romeo se marche y no sea descubierto y se entabla entre ellos una tierna disputa sobre qué ave es la que ha cantado, Julieta dice que es el ruiseñor por lo que todavía es de noche y su amado no tiene que irse, Romeo dice que es la alondra porque es la que canta con la primera luz del día por lo que debe marchar, ante la insistencia de su amada Romeo acepta quedarse y morir si es necesario, entonces Julieta reconoce que es de día y maldiciendo a la alondra apremia a Romeo para que se vaya.

JULIETA.¿Quieres marcharte ya? Aún no es de día:
no era la alondra, sino el ruiseñor,
el que horadó tu oído temeroso;
canta en aquel granado cada noche.
Créeme, amor, ha sido el ruiseñor
.

ROMEO. Era la alondra, la que anuncia el alba,
no el ruiseñor. Los rayos que engalanan
esas nubes, celosos, las separan
.

El día jovial apaga las candelas
y asoma tras la niebla de esos cerros.
Si me voy, viviré, y si me quedo, moriré.

Acto III. Escena V.

¡Qué versos tan hermosos! tanto los del Romance del prisionero como los de Romeo y Julieta , en los que la emoción contenida y al mismo tiempo trágica de los protagonistas de ambos textos busca refugio y consuelo en unas avecillas de apariencia insignificante pero cuyos trinos acompañan en un caso y avisan en otro a los que fían en ellos sus penas.

He empezado este artículo con la llegada imprevista e imperiosa del calor en el mes de mayo y he querido acabarlo con unos textos que despojados del exceso formal al que a veces lleva la expresión de intensos sentimientos muestran con la más exquisita delicadeza y sensibilidad la soledad y el abandono de un prisionero, y el fatalismo de un trágico amor sin necesitar nada más que una alondra ( también calandria) y un ruiseñor para hacernos llegar sus congojas.

Ediciones utilizadas:

Menéndez Pidal, Ramón. (1973, decimonovena edición). Flor Nueva de Romances Viejos. Madrid. Espasa-Calpe, Colección Austral.

Shakespeare, William. (2002). Romeo y Julieta. Barcelona. Vicens Vives, Clásicos Universales.

Fuentes consultadas:

Barroso Gil, Asunción y otros. (1979). Introducción a la Literatura española a través de los textos. Madrid. Ediciones Istmo, Colección Fundamentos 65.

Coral del Castillo Vivancos

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