Rosario de relatos y poemas (1): Recuerdos de mi niñez

¡Qué buenos recuerdos me trae el tiempo de mi niñez!

Comencé a ir a la escuela con apenas seis años. Cuando salía de clase, en lugar de irme a jugar como hacían otras niñas, me ponía a ayudar en casa y, muchas veces, a preparar la comida, porque mi madre estaba enferma y necesitaba de todos nosotros.

Así transcurrieron mis años de escuela. Por la noche, después de dejar preparada la comida para el día siguiente, me sentaba a estudiar mis lecciones y a hacer los deberes. Lo hacía con cariño, con ilusión y con esa fuerza que solo Dios me podía dar.

Cuando fui un poco mayor, también empecé a dar catecismo. Enseñaba a otras niñas a rezar y las ayudaba con las tareas que no entendían. Lo hacía con buena voluntad y con el deseo de que todas pudiéramos aprender y salir adelante.

Aquellos tiempos eran duros. En casa no teníamos luz eléctrica. Solo un quinqué o candil alumbraba el rincón de la lumbre donde nos reuníamos toda la familia al caer la noche. Algunas noches, a la luz de aquel quinqué, mi padre, que le gustaba mucho la lectura, nos leía las historias de la Biblia que tomaba prestada de la iglesia. Aquellos momentos despertaron en mí el amor por la lectura y el deseo de aprender que me han acompañado durante toda la vida.

Yo era la menor de diez hermanos y crecí viendo el esfuerzo de mis padres para sacar adelante a la familia. Cocinábamos con leña traída del campo, bebíamos el agua de los cántaros que llenábamos en la fuente y nos alimentábamos de las verduras de nuestro huerto, de los huevos de nuestras gallinas, de la carne de la matanza y del pan amasado en el horno de mi abuela. Era una vida sencilla, pero nunca nos faltó lo necesario.

A pesar de las dificultades, teníamos unas ganas inmensas de aprender. Estudiábamos de memoria para poder decirle a la maestra, al día siguiente, la lección que nos correspondía. Valorábamos mucho la escuela porque sabíamos que aprender era una oportunidad que no podíamos desaprovechar.

Recuerdo con especial cariño la enciclopedia que teníamos en clase. Para nosotros era un auténtico tesoro. En ella descubríamos las ciudades de España, los ríos, las montañas y tantas cosas que despertaban nuestra curiosidad. Con la pluma y el tintero aprendíamos ortografía y cuidábamos la letra. Aquella enciclopedia parecía contener todo el saber del mundo.

Pero también había momentos de alegría. Cuando llegaba el recreo éramos felices. Hacíamos ruedas en el patio y cantábamos canciones que nos habían enseñado nuestras madres y nuestras maestras. Todavía hoy recuerdo algunas de aquellas canciones. Una niña se colocaba en medio y elegía quién salía a bailar. Una de esas canciones decía así: «Soy la reina de los mares, ustedes lo van a ver. Tiro mi pañuelo al agua y lo vuelvo a recoger. Pañolito, pañolero yo te quisiera coger y meterte el bolsillo como un sobre de papel. A la de una, a la de dos y a la de tres.

Entre juegos y canciones aprendíamos las tablas de multiplicar, los números y muchas otras cosas. También nos enseñaban a coser, a bordar y las labores propias del hogar.

Fue una etapa muy bonita de mi vida. Guardo con especial emoción el recuerdo de mi Primera Comunión. Mi madre mandó hacer mi vestido a una modista; era blanco, con encajes y volantes. Conservo una fotografía de aquel día porque mi padre tenía una hermana en Argentina y se la envió para que pudiera conocerme. A través del catecismo conocimos la vida de Jesucristo y escuchábamos historias que despertaban nuestra imaginación y fortalecían nuestra fe. Son recuerdos que permanecen grabados para siempre en el corazón.

Con el paso de los años llegaron nuevos maestros que nos ayudaron a obtener el graduado escolar. En aquella época las niñas y los niños estudiábamos por separado, cada uno en su clase.

Más adelante existía la posibilidad de continuar estudiando y obtener el bachillerato primario, pero para ello había que desplazarse a Granada. Yo no pude hacerlo. Mis padres estaban enfermos y necesitaban que permaneciera a su lado. Tuve que conformarme con el certificado de estudios primarios que pude obtener en mi pueblo.

Siempre he recordado aquella oportunidad que no llegó a cumplirse. Me habría gustado seguir estudiando, porque sentía una gran ilusión por aprender. Y esa ilusión nunca me ha abandonado. Hoy, con más de ochenta años, sigo disfrutando de la lectura, de la escritura y de todo aquello que me permite descubrir algo nuevo.

Cuando vuelvo la vista atrás, comprendo que, aunque fueron años de sacrificio, también fueron los años que me enseñaron los valores que han guiado toda mi vida. Porque estoy convencida de que nunca es tarde para aprender. La cultura, la educación y el saber nos ayudan a comprender mejor la vida, a valorar lo que tenemos y a caminar con más esperanza por el mundo. Ese ha sido, y sigue siendo, uno de los mayores regalos que Dios me ha concedido.

Rosario Ruiz Martín,

abuela y madre de familia,

apasionada de la cultura y del saber

Redacción

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