Rafael Reche: «El ayer de los Universitarios mayores por el mundo, (Parte II)»

Al miramos en una foto nos damos cuenta, lo rápido que se envejece en el retrato. El reloj de la vida tiene demasiada prisa, justo al jubilarnos disponemos del instante para paramos, rumiar el que fuiste y resucitar al joven que te ha llevado a ser hoy esa mujer o ese hombre.

La mirada interior se despliega y un mundo nuevo se abre, escribo historias de vida, de un ayer cercano y a veces guardado en un baúl del recuerdo, de personajes de carne y hueso, cada uno abrió su propio camino, esculpió su propio destino.

Los pasos errantes comenzaron cuando fluía el momento, fluía su ser, fluían todas las fuerzas en una, para cargar la maleta, con todo lo imprescindible, atravesar el puente colgante entre su vida y la siguiente. Aguatan de pie, la separación, con las lágrimas retenidas y las añoranzas cargadas a sus hombros para encontrar un lugar alejado de sus orígenes, de su propio lenguaje, de sus seres queridos. En los años 60 muchos jóvenes emigraron a otro país, a otras tierras, en busca de un sueño.

Al día siguiente, no hay vuelta atrás, hay un comienzo, con la sensación que siente un náufrago en una playa desconocida, sin el cordón umbilical que lo ataba, le toca sobrevivir, abrirse a todo lo nuevo, asimilar todo lo extraño, avanzar en una selva entretejida de normas y costumbres diferentes, remontar la corriente con las moneda, el idioma, el clima ingrato, las comidas que desgajan el sabor, con la sensación pegadiza de aquel te mira con otros ojos, que se clavan, que te definen como foráneo.

Ellos, compañeros universitarios mayores, desnudan parte de su interior de un ayer, en un testimonio de su amor a la vida.

El joven Antonio Alcalde con su familia antes de partir a Alemania

Antonio Alcalde Castilla. Estudiante del Aula Permanente APFA, de la Universidad de Granada y perteneciente a la Asociación de estudiantes, ALUMA.

Antonio, un hombre pulido por el tiempo, con una vida que no le ha regalado nada, y que tampoco le pide nada, que ha aprendido a vivir sin privilegios, sufre en silencio el duelo de la pérdida reciente de su hijo por Covid y que ha cuidado con intensidad porque siempre fue un niño por su limitación de inteligencia.

Una tarde cualquiera de un día sin nombre, me lo encontraba por el barrio con su pitillo en la boca y paseando a su hijo, de quien no se separaba por su dependencia, solo se evadía en las clases de pintura, su caballete junto al mío, compartíamos bromas y me miraba con la cara socarrona cuando en mi lienzo dibujada un desnudo femenino. Sus modos y lenguaje del pueblo, mostraba un hombre natural y sencillo, un hombre bueno al que no le falta el sentido del humor.

Escribo a solas su historia, vuelo sobre los invisibles lugares e instantes caminados y la tinta negra abre sus alas, sobre la pantalla del ordenador, enfrente una persona que ha sufrido los avatares de la emigración y su lado duro. Mi compañera y amiga de la universidad APFA, poeta Maribel Martin en su obra “Dormir sobre cristales” da la solución ante las adversidades y aplicable a Antonio se trata de canalizar lo negativo que rodea la vida humana para convertirlo en fuerza creadora de vitalidad y optimismo.

Rondaban los años 60, tiempos malos para la agricultura y para la mayoría de los españoles. Antonio, el hijo primogénito de una familia de siete miembros, muchas bocas que alimentar para compartir un mismo pan, en una época de escasez.

Sus recursos provenían del trabajo de su padre en el campo, de sol a sol con un jornal de 100 pesetas (0,60€), cuando llegaba el verano dejaba en el pueblo a la familia y se trasladaba de temporero a Alemania, donde los sacrificios se compensaban con un mejor salario una hora 7 marcos (0,84€).

Una vez que Antonio cumplió los 18 años, partió al llegar el estío junto con su padre a Alemania. Estación a estación, transcurrió el largo viaje hasta llegar a la frontera. Hay que reconocer que a veces el destino juega malas pasadas y alimenta la historia y biografía de las personas. La fatalidad se presentó cuando su padre al mostrar el pasaporte, fue rechazado por encontrarse caducado. Antonio se encontró obligado a continuar solo a su destino en calidad de turista sin contrato. Una situación inimaginable, sin la protección de su padre en una tierra extraña, con un sello de hombre errante, 1.000 pesetas en la cartera (6€) como único capital para enfrentarse al día siguiente.

Antonio Alcalde emigró en los años 60 con 18 años

La escasa ropa de abrigo aliada con el hambre arrastraba a un frio pegadizo a su cuerpo.

Desconocía el idioma y la primera semana junto a un paisano de su pueblo trabajaron en una obra. El patrón nos le pagó el jornal aprovechando su situación irregular. Personas sin escrúpulos ante los esclavos sin cadenas, sin derechos, prisioneros de su propia pobreza.

Su situación se volvió critica cuando agotó el escaso dinero que trajo de España. El infortunio le golpeó, pero no lo paralizó, luchó para no regresar a su pueblo con las manos vacías. Los españoles emigrantes caritativos de la pensión donde se alojaba le ayudaron, en los momentos más críticos.

La doble soledad reinaba en las noches, sin el calor cercano de su familia y el desasosiego de encontrar trabajo, las lágrimas cubrían su rostro juvenil en la oscuridad de la humilde y ajena habitación, a sus 18 años se siente fuera de sí, desamparado, sin su envoltura de un joven que irrumpió en un mundo para hombres forjado y rudos.

En la tierra germana el invierno avanzaba a grandes pasos, lanzaba sus primeros cuchillos helados y los parajes se cubrían de blanca nieve.

Buscó el sol y lo había dejado olvidado en Andalucía. En estas condiciones trabajaba, a la intemperie, picando las calles en zanjas que no tenían fin. En cada jornada le marcaban los metros que tenía que avanzar, algunas con profundidad de 5 metros y sin medidas de protección en el trabajo. En el caso de no cumplir el cometido de la distancia requerida, le suponía el despido inmediato. Las rigideces de las condiciones laborales en Alemania eran inflexibles.

Un destello afectivo recibía de una familia alemana que les proporcionaban té caliente, para entrar en calor.

Antonio, en pocas palabras me resume como se sentía La vida en la ciudad de Colonia, consistía en: trabajar, comer, trabajar y dormir”.

Pocos meses más tarde se incorporó su padre, está vez “sin papeles” sin un contrato regularizado.

El miedo retumbaba en sus conciencias, saltaban de pensión en pensión para impedir que les localizarán, compartían alojamiento con otros emigrantes turcos, yugoslavos, italianos… En ese juego de la Oca de saltar de casilla en casilla, volvieron a la de salida, a la primera pensión. Allí una noche cruda, les alertaron los ladridos de los perros y las luces frías de las sirenas de los coches de policía, las sombras de hombres uniformados rodearon el edificio. Atrapado y sin salida, la fuerza de la realidad se imponía, el eco de unos pasos y unas manos ciegas lo esposaron, cautivaron el aliento de esperanza que lo llevó a Alemania.

Veinte largos días penó en una cárcel, su delito, ser turista y trabajar sin contrato. En época medieval a los condenados les suministraban pan duro y agua; en Alemania progresaron a mitad del siglo XX, a raciones de lechuga y mantequilla. Aislado como un animal en una jaula, con un compañero en la celda contigua que veía a través de un espejo sacado entre las rejas.

El final se echa encima con su sentencia de liberación de la cruz que supuso sus dilatados once meses, expulsado, extenuado, extorsionado y exasperado. Antonio partió rumbo al lado de la luz del Mediterráneo, al aire libre de una Barcelona que se expandía.

Naufragó en un país más adelantado, pero de arrecifes indecisos para su inocencia e inexperiencia

En la ciudad Condal, trabajó en varios talleres de hierro, hasta que en 1973 ingresó en Correos, no tenía horario y una paga justa en comparación con otros empleos. Por su mente circulaba la idea de abandonar el repartir cartas. El consejo de su abuelo, de que continuará en un oficio estable se convirtió en la tabla de salvación de su vida y del futuro que le espera.

Antonio, pintando a su abuelo e hijo

En la actualidad jubilado, realiza su sueño de pequeño pintar, una vez por semana asiste en el Taller de Arte y Creatividad, en las aulas de la Facultad de Bellas de Artes con los compañeros del Aula de Mayores (APFA).

Un hombre junto a su mujer que ha vivido entregado al amor a su hijo que desde que nació con limitación en su mente y problemas en movilidad, se han volcado en él, privándose de todo lo social, socio de ALUMA, pero no participó en comidas, viajes y actividades que lo alejaran de su niño de 35 años.

Antonio aún tiene lágrimas para llorar en los silencios para recordar a su hijo que partió a otro mundo con la primera ola del virus. Me comentaba con el corazón partido el día que lo enterraba que, por las restricciones sanitarias, otra vez la vida lo dejaba solo, sin la asistencia de su familia y amigos.

Cuando termino de escribir la historia de Antonio, me siento al lado de mi propia reflexión. ¿Cómo avanza de veloz la escritura del destino? Saldrá mañana el sol, por el horizonte y en todos partes, hay personas invisibles que huyen de su propia fatiga, que llevan encarnizada el hambre, que buscan el calor ante el frio de la guerra, refugio a la injusticia que les devora. Ellos, se precipitan: ante un muro, se adentran en un mar embravecido, en los bajos de un camión.

Aún conservo en mi interior los ojos del Subsahariano que en su cuerpo ligero saltó la primera valla de Ceuta, oculto baja su capa negra en una noche cerrada de verano, abrió los ojos en la otra orilla y me miró.

¡¡¡ FELIZ AÑO, 2021 !!! Continuaremos con otras historias….

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Rafael Reche Silva, alumno del APFA
y miembro de la JD de la Asociación
de estudiantes mayores, ALUMA.
Premiado en Relatos Cortos en los concursos
de asociaciones de mayores de las Universidades
de Granada, Alcalá de Henares, Asturias y Melilla.

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