Después de las lluvias caídas a finales de octubre, noviembre fue un mes de nieblas pertinaces. Por las mañanas, las calles del pueblo se mostraban desdibujadas por telones sucios de niebla que se cernían sobre los tejados. Nada se veía tras las últimas casas; todo parecía, en medio de aquella atmósfera gris, fantasmagórico, como si se tratara de la visión de una pesadilla. El instituto, que estaba en las afueras del pueblo, semejaba un buque encallado en un mar de niebla. La vida se presentaba distinta en aquellas mañanas de noviembre, como si hubiera perdido la normalidad que la presidía, la rutina con que se iban concatenando todas las acciones.
Las clases comenzaban a las ocho y media. Las luces del aula permanecían encendidas, ya que de lo contrario quedaban envueltas en una agria penumbra. Yo ocupaba entones uno de los primeros lugares, enfrente de la mesa del profesor; eso me obligaba a estar muy atento, a mantener una compostura correcta, lo cual era causa de cierta tensión. Las ventanas del aula estaban cegadas durante gran parte de la mañana por jirones mugrientos de niebla. Las clases resultaban más tediosas en aquel ambiente; se tenía la impresión de que la realidad había sido suplantada por otra, en la que las cosas se aparecían con un aspecto muy extraño. Se vivía bajo la tiranía de un tiempo turbio que inducía a la melancolía y al recogimiento, al recuerdo de sucesos pasados. La alegría parecía haber sido desterrada del mundo. Las horas pasaban muy lentamente, hasta que a partir de la una o de la una y media, más o menos cuando concluía la primera parte de la jornada en el instituto, se vislumbraba en medio de la niebla el medallón de un sol soñoliento, cuyos rayos apenas tenían fuerza. Poco a poco empezaban a atisbarse los contornos de las hazas más próximas, las siluetas de las tapias y de los tejados de las primeras casas del pueblo. La vida iba recobrando su apariencia ordinaria, el pulso que siempre había tenido.
Después de que se hubiera disipado la niebla, se descubría un cielo límpido, de un azul radiante, presidido por un sol lánguido, hasta que a las pocas horas, antes de las siete de la tarde, que era cuando terminaban definitivamente las clases, la niebla volvía a caer sobre el pueblo, sepultándolo en un sudario ceniciento.
En uno de aquellos días de noviembre, yo estaba sentado ante mi pupitre, repasando el tema que acababa de explicar el profesor de Literatura, un hombre serio que demostraba tener un gran amor por su materia, cuando sin saber por qué miré hacia un lugar del aula y me encontré con los ojos de Gabriela, que me miraban con franca determinación, como si pretendieran transmitirme un esperanzador mensaje. Nunca lo hubiera esperado; fueron unos segundos tan solo, durante los cuales mi corazón palpitó a un ritmo acelerado, soliviantado por la ternura con que aquellos ojos se habían detenido en los míos. Era una primera señal, tras la cual se sucedieron otras, de tal modo que Gabriela ya había dejado de ser una compañera más para convertirse en la dueña de mis pensamientos.
Nada fue igual desde entonces. Las nieblas de noviembre dejaron de ser desapacibles o abrumadoras para mí, ya que el amor que empezaba a insinuarse en mi corazón hacía más amable la realidad en la que durante aquel mes me había tocado vivir.





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