Filósofas y pensadoras del siglo XX. Simone Weil o la solidaridad radical (4/4)

IV. SIMONE WEIL: HEREJE DE TODAS LAS ORTODOXIAS

En su biografía, señala L. Boella, comparecen la experiencia del trabajo en una fábrica y en el campo; la enseñanza de Filosofía en el Liceo de Le Puy y de Roannne; la guerra de España, el viaje a Alemania en 1932-33, en vísperas de la llegada al poder de Hitler; importantes amistades con Alain, Albertine Thévenon, Gustave Thibon, P. Perrin, Simone Pétrement; la experiencia de la belleza del arte y de la naturaleza, vivida sobre todo en Italia, en 1937-38, en contacto con el arte románico y la música de Monteverdi; la práctica del pensar como libre fluir de la conciencia y la meditación (1).

Su bagaje vital, espiritual e intelectual es impresionante: experimentará una profunda y dolorosa, por frustrada, conversión religiosa católica, varios desengaños políticos; afrontará el conocimiento de la geometría no euclidiana y de la teoría de los quanta; conseguirá dominar el sánscrito y redactar una serie de escritos tan densos y profundos como El conocimiento sobrenatural, Hechar raíces, La gravedad y la gracia o sus Cahiers, que encierran el cegador brillo de sus reflexiones filosóficas. Tal como ella misma afirma en algunas cartas, hubiera deseado vivir más vidas (para dedicarse a los pobres, para escribir poesías, etc.). Y en efecto, en cierta medida lo consiguió. En el breve arco de su existencia, asumió los más diversos papeles y vivió las más plurales vidas: pensadora original, profesora de filosofía de Liceo, obrera industrial, campesina, sindicalista revolucionaria —a veces próxima al trotskismo, otras al anarquismo— antifascista y antihitleriana, mística, hereje cristiana gnóstica (2).

Pero lo que más sobresale es su independencia de pensamiento y su rebeldía: Simone Weil fue hereje de todas las ortodoxias, como ella misma reconoció en diversas ocasiones: en primer lugar, de la ortodoxia hebrea-sionista y feminista (3), como ya hemos comprobado; después lo fue de la ortodoxia cristiana católica: considérese al respecto que, en varias ocasiones, Simone Weil dio pruebas de sentirse atraída por los gnósticos, y más concretamente por Marción y Valentín. Su dualismo místico-religioso, sus alabanzas a los cátaros, a los maniqueos y a otras sectas gnósticas su repulsión por ciertos pasajes del Antiguo Testamento, sus consideraciones sobre la desgracia y el pecado, su concepción de la creación como kénosis o «vaciamiento divino», como una “retirada” de Dios o “abdicación” divina, recogiendo así, dado su sincretismo, las teologías hebreas del Zimzum, vinculándolas enseguida con el anonadamiento de Jesús en su encarnación, en ilustrada opinión de J. I. González Faus (4) , y por último, su vida ascética y su muerte —que algunos han comparado con el ritual de la endura practicado por los perfecti, los sacerdotes cátaros—, serían otros tantos rasgos que acercarían su filosofía a la de los gnósticos (5).

Charles Moeller

Tanto es así que Charles Moeller incluye, en el primer tomo de su Literatura del siglo XX y Cristianismo, un capítulo dedicado a la pensadora mística francesa («Simone Weil y la incredulidad de los creyentes») en donde examina con profundidad este aspecto de su pensamiento religioso —expresado sobre todo en su El Conocimiento sobrenatural—, y, tras condenarlo como herético con contundencia, tiene, no obstante, la generosidad de reconocer que esta mártir de la caridad cristiana, Simone Weil, «valía, por su vida, más que el pobre sistema gnóstico que se esforzaba en construir». Y añade que «Simone Weil, que creyó obrar siempre de acuerdo con su conciencia y murió a los treinta y cuatro años, en plena juventud, por haber sacrificado su vida en provecho de sus hermanos pobres, está en la paz de Cristo» (6).

Fue también hereje con respecto a la ortodoxia política partidista, pues siempre se mostró reacia a los partidos políticos, ella nunca se afilió a ninguno. Recordemos que, en 1943, en su Nota sobre la supresión general de los partidos políticos, define a éstos como unos «organismos pública y oficialmente constituidos para matar en las almas el sentido de la verdad y de la justicia», el espíritu de partido le parecía una «lepra» que en todas partes está ganando terreno (7). Y en otra ocasión, en sus Escritos de Londres y últimas cartas, llegará a afirmar: “Salvo raras excepciones, un hombre que entra en un partido adopta dócilmente la actitud de espíritu que expresará más tarde con estas palabras: «como monárquico, como socialista, pienso que…» ¡Es tan cómodo! Porque no es pensar. No hay nada más cómodo que no pensar”.

Cubierta de ‘Ensayos sobre la condición obrera’

Fue asimismo heterodoxa con respecto a la ortodoxia marxista (8), puesto que su experiencia laboral la llevó a comprender y verificar lo que antes sólo había entrevisto acerca de la teoría marxista. Así, en el primer capítulo de sus Ensayos sobre la condición obrera (9), Simone Weil denuncia la contradicción en que Marx incurrió al sostener que su revolución no consiguió emancipar a las clases trabajadoras, ni tampoco liberar al hombre del trabajo. Para Simone Weil, el marxismo no era más que una «utopía»: sobre todo si se toma en cuenta que Marx no explicó por qué las fuerzas productivas habrían de tender a un crecimiento y un desarrollo tales que la productividad no reclamase más que un esfuerzo mínimo, aliviando así el peso de la necesidad y, en consecuencia, de la coacción social «hasta que la humanidad alcance al fin un estado, propiamente hablando, paradisíaco».

Tampoco se libró de su rechazo crítico la ortodoxia comunista en general, ya que había descubierto las disfunciones del comunismo y la hipocresía del régimen soviético que, bajo una apariencia de libertad, de hecho, implantaba una dictadura, reprochando sarcásticamente a los pensadores de la Revolución «trabajadora de los pobres» el no haber pasado por la experiencia de la fábrica. Ni tampoco se libró, más en concreto, la ortodoxia estaliniana (10). E incluso no dudó en expresar sus críticas hacia el trotskismo (11) y, a pesar de sus demostradas simpatías libertarias, también hacia el anarquismo (12), cuando la ocasión lo requirió.

Simone Weil, rebelde y hereje de todas las ortodoxias, sí, pero también, y, sobre todo, mártir de la solidaridad y piadosa defensora de todos los desfavorecidos, de todos los humillados y oprimidos de la tierra, por los que generosamente inmoló su vida.

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1) Laura Boella, op. cit., p. 38.

2) Laura Boella, op. cit., Idem.

3) Según L. Boella, Simone se sustrajo voluntariamente, de cualquier encasillamiento, papel o medida externa: ya se tratase de las señales identitarias de su ser o condición femenina, del horizonte protector de la familia, del partido o de la clase social. Se expuso efectivamente en total desnudez a cualquier tipo de asimilación. Y se pregunta si su proclamado antifeminismo no fue sino un modo radical de afirmar la propia unicidad frente a cualquier medida del mundo masculino (véase L. Boella, op. cit., p. 36).

4) J. I. González Faus, op. cit. p.12. En El conocimiento sobrenatural, Simone explica así su concepción de la creación como kénosis: “La creación es una kénosis… La creación y el pecado original no son más que dos aspectos, para nosotros diferentes, de un único acto de vaciamiento de Dios. Y la encarnación y la pasión son, asimismo, aspectos de este estado. Dios se ha vaciado de su divinidad y nos ha colmado de una falsa divinidad. Vaciarnos de ella; este es el fin del acto que nos ha creado. Dios, con su voluntad creadora mantiene mi existencia para que yo renuncie”.

5) Sobre su orientación hacia el gnosticismo, además de la obra de Charles Moeller citada en el texto, véanse: P. Danon, À propos du catharisme, CSW, t. XII, nº 2, junio 1989, p. 177: Maura A. Dalyin, Simone Weil gnostique? CSW, t. XI, nº 3, septiembre de 1988; A. Biron, Simone Weil et le catharisme CSW, t. VI, nº 4, diciembre 1983.

6) Charles Moeller, Literatura siglo XX y Cristianismo, El Silencio de Dios, tomo I, capítulo: «Simone Weil y la incredulidad de los creyentes», Gredos, Madrid, 1966, pp. 291-331.

7) Escritos de Londres y últimas cartas, Trotta, Madrid, 2000, p. 10.

8) Marx solo se había limitado a reemplazar el espíritu escondido (Hegel) que actúa en el universo y tiende indefinidamente a la perfección por la materia, motor de la historia, atribuyéndole también una perpetua aspiración a lo óptimo. Calificó al marxismo de «forma inferior de la vida religiosa» en la medida que «atribuye a la materia la fabricación automática del bien», Simone asume la crítica que Alain ya les hacía a los discípulos de Marx: que era una Teología sin Dios. (Cfr. Silvie Courtine-Denamy, op. cit., pp.105-109).

9) Simone Weil, Ensayos sobre la condición obrera, Ediciones Nova Terra, Barcelona, 1962.

10) Desde el verano de 1934, expresó sus temores respecto a la política de alianza con la URSS, defendida por el partido comunista francés. Desde entonces, Simone no cesará de denunciar las miras imperialistas del comunismo, no tanto por razones económicas como por razones éticas y culturales (posición bastante minoritaria en aquella época). Está contra Stalin, la URSS y el PC. Tras su regreso de la guerra de España tratará de convencer a Malraux de que el régimen de Stalin es tan opresivo como el fascismo.

11) Simone Weil reseñó para Libres Propos el estudio de Trotski ¿Y ahora? Incluso lo invitó a alojarse en casa de sus padres con su hijo, Léon Sédov, donde sostuvieron vehementes discusiones sobre la revolución y sobre el partido comunista alemán. Cfr. Silvie Courtine-Denamy, op. cit., pp. 130-136.

12) En particular le pareció decepcionante la actitud de Durruti, al que sin embargo admiraba, que no dudó en fusilar a un jovencísimo falangista a quien dio un plazo de veinticuatro horas para enrolarse con los anarquistas y que se había negado a ello.

 

 

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Tomas Moreno Fernández,

Catedrático de Filosofía

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Un comentario en «Filósofas y pensadoras del siglo XX. Simone Weil o la solidaridad radical (4/4)»

  • el 9 abril, 2024 a las 12:24 pm
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    Un querido y culto amigo me sugiere que «aclare» algo más el concepto de «kénosis» en S. Weil. La pensadora y mística francesa habla de «la fuerza de gravedad y la gracia» de la vida. Nosotros existimos, estamos «puestos fuera» (como le etimología del término indica), lejos de Dios, que se ha retirado al fondo para que nosotros podamos ser. «Por amor ha consentido Dios no serlo ya todo, para que nosotros seamos algo». Pero, dado que existimos, estamos sometidos a la fuerza de gravedad, a «la fuerza centrífuga de Dios» que nos empuja lejos de Dios y sólo nos permite marchar en la dirección de la conservación y el crecimiento, en la dirección de nuestras necesidades materiales. La gracia es excepción. Aquí Dios nos atrae a Sí: «por amor debemos consentir en no ser nada, para que Dios vuelva a serlo todo». «La gracia es plenitud, pero sólo tiene acceso cuando encuentra un vacío para recibirla, siendo la misma gracia la que crea este vacío». la angustia se transforma en seguridad mediante la gracia.

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