Edvard Munch, retrato de Friedrich Nietzsche. Munch Museum, Bjørvika, Oslo, Noruega

Los filósofos, las mujeres y el amor: Friedrich Nietzsche (2ª parte) (3/8)

III. DOMINACIÓN MASCULINA Vs. SUMISIÓN FEMENINA

Una tercera divergencia expresiva del conflicto entre los sexos es la representada por el antagonismo que existe entre varón y mujer en lo referente a su interacción amorosa, en la que se manifiesta la dominación masculina frente a la sumisión femenina: el débil se somete, el fuerte domina. Y no sólo es consciente de ella y la subraya, sino que postula que las notas o cualidades distintivas de ambos sexos deben desarrollarse cada vez más. No se debe cesar de ahondar en el abismo que los separa. La diferencia femenina está, pues, connotada como debilidad y sumisión, en contraposición a la fuerza y al dominio, que son características masculinas (1).

La vida del varón, o por lo menos del “varón profundo”, que es el que a Nietzsche le interesa, está regulada por su voluntad que demanda dominio y propiedad, en este caso sobre la mujer. La vida de las mujeres carentes todas ellas de voluntad está predestinada a la sumisión.El primero manda, se redime de su esterilidad en el dominio sobre aquello que puede procrear; la segunda obedece, pues gracias a ello logra su más alto fin: dar a luz, ser madre. No acertar en el problema básico “varón y mujer”, negar que aquí se dan el antagonismo más abismal y la necesidad de una tensión eternamente hostil, soñar aquí tal vez con derechos iguales, educación igual, exigencias y obligaciones iguales: esto constituye un signo típico de superficialidad […]. Por el contrario, un varón que tenga profundidad, tanto en su espíritu como en sus apetitos […], no puede pensar nunca sobre la mujer más que de manera oriental: tiene que concebir a la mujer como posesión, como propiedad encerrable bajo llave, como algo predestinado a servir y que alcanza su perfección en la servidumbre” (MBM, § 238, p. 186).

Uno de los corolarios que de ello se deriva es su modo peculiar de atracción recíproca y su diversa actitud en buscar y vivenciar el amor, ya que sus vidas, sus apetencias y deseos difieren sustancialmente por razón de su diferencia sexual. En lo que se refiere a la forma de entender y vivir el amor la diferencia entre los dos sexos es radical. Los sexos no vivencian el amor de la misma manera ni aman del mismo modo. Y es, efectivamente, en la relación amorosa donde tal vez más diáfanamente muestra Nietzsche él afán de posesión masculina y la pasiva sumisión femenina: “El carácter distintivo del hombre es la voluntad, y el de la mujer la sumisión; tal es la ley de los sexos, ¡dura ley para la mujer!” (GC, § 68, p. 71) (2).

En La genealogía de la moral sostiene Nietzsche, como una dimensión antropológica de la(s) mujer(es), que el amor es algo que les afecta intensamente en su interrelación con el varón, hasta el punto de no poderlo tomar nunca en segundo lugar, sino como la dimensión más profunda, a la cual se añaden con cierta palidez las demás. Y subraya cómo su vivencia del amor es radicalmente diferente. A pesar de todas las concesiones que está dispuesto a hacer a las preocupaciones de la monogamia, jamás admitirá que pueda hablarse de derechos iguales del hombre y de la mujer en el amor: no existe tal igualdad de derechos. “El hombre y la mujer entienden por amor una cosa diferente, y una de las condiciones del amor entre los dos sexos es que a los sentimientos del uno no corresponden en los otros sentimientos idénticos” (GC, § 363, p. 197). Para la mujer el amor comporta, pues, sumisión, entrega absoluta, abnegación y abandono de sí misma:

“Lo que la mujer entiende por amor es clarísimo: abandono completo en cuerpo y alma (no sólo abnegación) sin miramientos ni restricciones. A la mujer le avergonzaría y asustaría, por el contrario, una entrega sujeta a cláusulas y restricciones. Supuesta esta carencia de condiciones, su amor es una verdadera fe, su única fe” (GC, § 363, pp. 197-198).

Para el hombre, por el contrario, el amor nada tiene que ver con la renuncia de sí o el abandono femeninos:

“El hombre, cuando ama a una mujer, le exige este amor, y por lo mismo que se lo exige, está él a cien leguas de las hipótesis del amor femenino; suponiendo que haya hombres que sientan la necesidad de aquel abandono completo, esos hombres no son hombres. Un hombre que ama como ama una mujer se convierte en esclavo; pero una mujer que ama como aman las mujeres resulta una mujer de cuerpo entero. La pasión de la mujer con esa absoluta renuncia de sus derechos personales, supone precisamente que no existe de la otra parte un sentimiento análogo, una necesidad semejante de renunciamiento, pues, si ambos renunciasen a sí mismos por amor, ¿qué resultaría?… ¡Qué sé yo! Acaso el horror del vacío (GC, § 363, p. 198).

Sin embargo, el amor es “posesivo” en ambos casos. El hombre “quiere poseer” (3) a la mujer como una propiedad, como ya hemos visto. La mujer, por su parte, quiere “ser poseída”, desea y quiere ser “esa propiedad” del varón. La mujer quiere ser tomada y aceptada como propiedad, quiere fundirse en la idea de propiedad y posesión, por eso desea un hombre que la tome, que no se abandone y entregue él mismo, sino que, al contrario, quiera y pueda enriquecer su yo, mediante una adición de fuerza, de dicha, de fe; para eso se entrega. La mujer se entrega, el hombre la toma (GC, § 363, pp. 198). Ello no obsta para que la mujer quiera también poseerlo sólo para ella: “La mayoría de las veces, la forma como las mujeres aman a un hombre de valor es quererlo sólo para ellas. Si no se lo impidiera su vanidad, lo encerrarían bajo llave: pero su vanidad les impulsa a exhibirlo delante de los demás» (HDH, § 401, p. 230) (4).

En La gaya Ciencia, el amor, todo amor y especialmente el “amor sexual”, es identificado como codicia, como instinto de posesión, como deseo de propiedad, como algo que es nada más que la expresión más natural del egoísmo:

“Pero el amor sexual es el que más claramente se delata como deseo de propiedad. El que ama quiere poseer él solo a la persona amada, aspira a tener poder absoluto sobre alma y cuerpo, quiere ser el único amado, morar en aquella otra alma y dominarla […]. Sorprenderá que esta salvaje codicia, esta injusticia del amor sexual, haya sido glorificada y divinizada en todas las épocas, hasta el punto de que tal amor se haya hecho brotar la idea general del amor en oposición al egoísmo, cuando aquél es precisamente la expresión más natural del egoísmo” (GC, I, §14,pp. 43-44).

Pero este egoísmo frecuentemente va en el hombre unido a una cierta forma de violencia, que encubre y al mismo tiempo revela un miedo inconfesable. La postura del varón en la relación amorosa y sexual es siempre, comenta Eva Figes (5), la del guerrero vigoroso para el que el ataque es en realidad una forma de defensa: “¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!”, advierte la vieja en Así habló Zaratustra. (6). Esta escandalosa sentencia sobre el látigo (que en realidad no es de Zaratustra, ni de Nietzsche, sino de una mujer vieja, conocedora de los “misterios” de la mujer) (7) delataría, según la autora, un azorado terror del hombre frente a la mujer, un incierto peligro que ellas siempre comportan, como se evidencia en este texto: “¿No es mejor caer en las manos de un asesino que en los sueños de una mujer lasciva?” (AHZ, I, “De la castidad”, 90). O en este otro: “Dos cosas quiere el hombre auténtico: peligro y juego. Por ello quiere él a la mujer, como el más peligroso de los juguetes” (AHZ, I, De las mujeres viejas y jóvenes, p. 106).

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1) En efecto, todas las teorías misóginas han fijado como esencial de la feminidad el valor de la debilidad.

2) La Gaya Ciencia, trad. de Pedro González Blanco, Sarpe, Madrid, 1971. En adelante: GC. Merece la pena insertar el aforismo completo (nº 68, del libro segundo de La Gaya ciencia) del que se toma la cita, titulado Voluntad y sumisión y que dice así: “Llevaron a un mancebo a presencia de un sabio, a quien dijeron: “Mira, éste está en camino de dejarse pervertir por las mujeres”. El sabio meneó la cabeza y se echó a reír. “Los hombres –dijo- son los que pervierten a las mujeres, y todo aquello en que falten las mujeres deben pagarlo los hombres y ser corregido en ellos, pues el hombre es quien ha creado la imagen de la mujer, y la mujer se ha hecho con arreglo a esa imagen.” “Eres demasiado benévolo con las mujeres –dijo uno de los presentes-; no las conoces.” El sabio contestó: “El carácter distintivo del hombre es la voluntad, y el de la mujer la sumisión; tal es la ley de los sexos, ¡dura ley para la mujer! Todos los seres humanos son inocentes de su existencia, pero la mujer lo es doblemente; toda dulzura y toda suavidad para con ella son pocas.” “Qué dulzura ni qué suavidad –dijo uno entre el público-. ¡Lo que hace falta es educar a la mujer!” “Mejor es educar a los hombres” –contestó el sabio, e hizo seña de que le siguiera el mancebo. Mas el joven no le siguió.” (Ibid, 71).

3) Nietzsche relacionará también el instinto sexual, ya lo señalábamos, con la sed de poder, la voluntad de poder o de dominación: “Cuando la excitación sexual aumenta, mantiene una tensión que se descarga en el sentimiento de poder: queremos dominar; un signo del hombre más sensual, la decadencia del instinto sexual se manifiesta por la relajación de la sed de poder, la conservación y la nutrición y a menudo el placer de comer se presentan como sustitutos (VP, § 149). Se comprende en qué sentido el hecho de que en la Antigüedad “la sexualidad haya sido venerada religiosamente” (VP. § 340) valga como síntoma de salud de la civilización antigua. No es una casualidad que uno de los primeros escritos de Nietzsche haya versado sobre el principio de la lucha en Homero: el instinto sexual se plantea como Wettkampf cuyo fin es el devenir y la vida(VP, § 461). Si se lo ignora o se lo subestima, es una temible enfermedad del poder.

4) Humano, demasiado humano, trad. de E. Fernández González y E. López Castellón, M. E. Editores, Madrid, 1993. En adelante: HDH.

5) Eva Figes, Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad, op. cit., p. 135-136.

6) AHZ, De las mujeres viejas y jóvenes, p. 107. Según Elisabeth Förster-Nietzsche («Friedrich Nietzsche und die Fragüen seiner Zeit», E. H. Bech’sche Verlag, München, 1935) esta frase puesta en boca de una mujer, la vieja, da a entender no tanto el pensamiento de Nietzsche al respecto, sino la propia actitud de la mujer para con las mujeres: que las mujeres piensan peor de sí mismas, que lo que pudiera pensar de ellas un hombre. Por eso en MBM (IV, 86), atribuye Nietzsche a las mujeres un descontento continuo de su situación, no sólo en el plano de la rivalidad mutua, sino en un auténtico desprecio por lo femenino, un desprecio “impersonal” por “la mujer”. En Lucerna, cuando se retrataron con Rée, Nietzsche puso un látigo en manos de Lou para que ella lo agitara sobre ellos dos.

7) Expresiones como estas, que inducen a la violencia contra las mujeres, no son infrecuentes en Nietzsche, por ejemplo: “Sacado de viejas novelas florentinas, y además – de la vida: buona fémina e mala fémina vuol bastone (“tanto la mujer buena como la mala precisan el palo”) Sacchetti, Nov. 86” (MBM, IV, “Sentencias e interludios”, § 147, p.106).

Tomás Moreno Fernández

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