Isidro y su burrita Molinera

Pedagógicas misiones vs. Misiones pedagógicas (Pedagogía Andariega)

Va siendo hora de hacer justicia y poner las culturas rural y urbana cada una en su sitio. No me pronunciaré sobre cuál es más civilizada o más avanzada; pero sí es momento de poner pie en pared ante tanta desconsideración, abuso e ignominia como venimos sufriendo desde hace décadas en el mundo rural.

Las Misiones Pedagógicas, puestas en funcionamiento durante la Segunda República Española y objeto hoy de nuestra reflexión, siguen viéndose como una iniciativa ilustrada digna de imitación: «Llevar la cultura —decían— donde no llegan la escolaridad ni la imprenta». Pero la realidad fue que aquel “benéfico programa” se convirtió, en muchos casos, en una forma de colonización, en una invasión en toda regla. A la luz de hoy, aquellas Misiones se transformaron, a nuestro entender, en una falta de reconocimiento y consideración hacia los pueblos; en una auténtica grosería hacia las gentes a las que iban destinadas.

Porque aquellas Misiones Pedagógicas, alentadas desde el Ministerio y servidas a la carta por una juventud estudiantil urbana, idearon un apostolado cultural invasivo que, cruzando los caminos de la España rural con bibliotecas, teatros y lienzos reproducidos de museos de arte, pretendía salvarnos de la “ignorancia”, como si de nuevas misiones evangelizadoras se tratara. Federico García Lorca, uno de aquellos voluntarios, cayó también en ese impulso inicial; pero supo rectificar a tiempo: buscó y halló en lo rural los recursos temáticos, poéticos y estilísticos que mayor hondura y proyección le proporcionaron.

Hoy, casi un siglo después, aquella rémora de las Misiones Pedagógicas sigue resultando sangrante y usurpadora. Porque ¿quién, y desde dónde, se planifican los distintos modelos educativos que se imponen a nuestros hijos? ¿De dónde proceden la mayoría de los maestros y profesores que imparten clase en los colegios e institutos de nuestros pueblos? ¿Dónde se elaboran los tutoriales y recursos digitales que se dictan desde las instancias educativas? ¿Dónde se sitúan, y qué modelos renovadores se pregonan como “ideales”, en las Facultades de Pedagogía? ¿Desde dónde se manejan los medios de comunicación que nos atosigan con sus artificios y motivaciones? Y las bibliotecas escolares y los libros de texto, ¿qué empresas editoriales, qué autores y con qué temáticas saturan nuestras estanterías?

No se trata de ir contra nada ni contra nadie; se trata, simplemente, de poner las cosas en su justo lugar. La ciudad se ha convertido en megáfono, en laberinto sin salida, en hojarasca sin raíces, en velocidad sin destino. La cultura que se creía universal ha olvidado los saberes que no se cultivan en el asfalto, sino en las manos y los pies de quienes bregamos por huertas, talleres y veredas. La ciudad se ha desconectado de la tierra que la sostiene. La educación que se nos impone necesita ser interpelada.

De ahí precisamente, de esta necesidad de renovación, nace nuestro proyecto revulsivo: las Pedagógicas Misiones. De ahí surge este vehículo transformador que utiliza una energía didáctica limpia y solidaria: la Pedagogía Andariega.

Lo rural no es un paraíso perfecto, lo sabemos; pero la despoblación, la precariedad y el expolio nos están haciendo mucho daño. Por eso queremos compartir la esencia de lo sensorial y lo auténtico.

El desarraigo se ha hecho verbo entre los habitantes de las ciudades. La urbe se ha convertido en un espacio sobrado de recursos artificiales, pero falto de los naturales; un lugar saturado de información, pero carente de sabiduría. Su ritmo es tan acelerado que ha normalizado la desconexión. Su alienación mecánica y tecnológica ha olvidado que somos bípedos y que tenemos un cuerpo que necesita moverse para aprender. Muchas vidas pululan por sus calles sin un suelo fértil, sin un hábitat genuino donde desarrollar el aprendizaje en plenitud.

Si el siglo XX llevó la ciudad a los pueblos, el XXI debe llevar el pueblo a la ciudad. No como reliquia colonial, sino como vanguardia de futuro. No para salvar nada ni a nadie, sino para sembrar y enseñar a observar y crear caminando.

En este tiempo de crisis ecológica y social, de inteligencia artificial y manipulación anodina, el campo, los polígonos industriales y los barrios periféricos representan el centro vital, la inteligencia natural y la autenticidad que necesitamos.

Desde nuestra Pedagogía queremos aportar una sostenibilidad real, no teórica; un sentido de comunidad hecho de vínculos humanos y afectivos; una conexión directa con el territorio como aula infinita; oficios y saberes que sostienen la vida y dan respuesta a nuestro deseo de aprender; capacidad de resiliencia ante la precariedad; un progreso habitado que cuide de unos y otros; una historia, memoria y cultura populares que conformen patrimonio y casa común.

Con nuestra Andariega planteamos iniciativas realistas y poderosas: saberes que tienen en la manipulación y la experimentación sus libros de instrucciones; maestros panaderos, pastores, alfareros, hortelanos, albañiles de ladrillo, adobe y piedra seca; trovadores… Con ella promovemos talleres científicos como auténtica cultura viva. Favorecemos intercambios educativos: escuelas urbanas que viajan al campo y comunidades rurales que viajan al barrio. Impulsamos proyectos híbridos donde se entrelazan arte, naturaleza y juego a pie de territorio. Ritualizamos nuestra presencia mediante romerías pedagógicas y rutas andariegas, con el fin de desvelar su geografía oculta. Potenciamos, en fin, bibliotecas vivas en las que los autores son los propios niños y jóvenes.

Acompañados de nuestra burrita, reivindicamos también el papel que estos animales desempeñaron en nuestro bienestar, alentando el respeto y agradeciendo que nos ayuden a descubrir, con sus pisadas, que bajo cada calle late una historia, un urbanismo, una naturaleza soterrada.

La cultura rural, de la mano de nuestra Pedagogía Andariega, no es un eco ni una rémora del pasado: es el futuro. Porque hoy, más que nunca, la ciudad debe volver a beber de las fuentes que la hicieron posible; debe reinventar una escuela que se atreva a caminar.

Reclamamos, en fin, nuestras Pedagógicas Misiones: no para llevar la cultura donde supuestamente falta, sino para devolverla allí donde ha perdido su verdadera carta de naturaleza. Una invitación a que los pueblos se conviertan en faros que orienten una educación más auténtica y más ajustada a nuestra condición humana.

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(En preparación)

Isidro García Cigüenza

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