Cuando camino con la burra Molinera por estas serranías, de pueblo en pueblo o de colegio en colegio, no llevo solo alforjas, talleres y libros escritos por los propios niños y jóvenes: llevo conmigo un símbolo vivo del paso lento y del alma abierta al encuentro, al aprendizaje. Allí por donde pasamos, la gente se detiene, sonríe, me pregunta y comparte. Su sola presencia convierte el encuentro en conversación, y la distancia en proximidad. Porque, como suelo decir: «La burra es el pasaporte que nos abre el corazón y la curiosidad de la gente con quienes nos topamos».
En la tradición rural, los burros no solo han sido un medio de transporte humilde y resistente, sino auténticos compañeros de viaje para exiliados, mujeres, ancianos y niños. Este animal, de carácter paciente y dócil, cargó durante siglos con los pesos físicos y emocionales de quienes, viviendo en precariedad, caminaban despacio, al ritmo y la cadencia de sus posibilidades.
Se trata de un animal que durante milenios ha caminado junto al ser humano sin pedir más que comida y respeto. Ha cargado leña, harina, ladrillos, semillas y sueños. Ha sido, sin embargo, injustamente tratado como símbolo de ignorancia o torpeza, cuando en realidad su presencia encerraba una sabiduría profunda, ancestral y serena. Para vergüenza humana, aún es posible ver en algún museo escolar las «orejas de burro» que colocaban los maestros encima de la cabeza de los niños más torpes o díscolos.
Quienes caminamos junto a ellos sabemos que no obedecen por imposición, sino por confianza; que no se dejan llevar a la fuerza; que, si se detienen, es porque han sentido algo que el humano aún no ha visto —un peligro, un barrunto, una curiosidad—. Tienen un sentido agudo del entorno, saben observar y actúan con prudencia y dignidad. No se precipitan, son precavidos, no se dejan engañar por voces estentóreas y sabelotodo; antes bien, escuchan al territorio antes de pisarlo.
Por eso nuestra burra Molinera —insistimos— no es solo un animal de compañía. Es una maestra cuyo ejemplo no está en palabras, sino en los hechos. Con su estar callado, nos recuerda cómo se debe habitar el mundo de la educación: con sencillez, inteligencia, tozudez y ternura.
Mi burra, si no la azuzas, nunca lleva prisa. No hiere el terreno con la soberbia del caballo, sino que lo acaricia con humildad. No exige ni da lecciones ex cátedra; antes bien, enseña a observar. En ella, como decíamos, no viajan solo nuestras mochilas y pertrechos didácticos, sino también nuestra forma de estar en el mundo: sin superioridad, sin prisa, con los sentidos por delante.
Los burros, al igual que aquello que procuramos ejemplificar con nuestra Pedagogía Andariega, son animales de memoria y de vínculo. Recuerdan los senderos, las voces, los olores, las querencias y los aprendizajes. Cuando se manifiestan, lo hacen de verdad. No son serviles, pero sí profundamente leales. En su relación con la naturaleza no arrasan ni dominan: habitan. Se adaptan a los climas extremos, se orientan con precisión, soportan la escasez y, cuando hay abundancia, no toman más de lo que necesitan. No compiten ni se imponen como hacemos nosotros.

Para nuestra Pedagogía, Molinera no es solo una burra. Es un puente entre generaciones. Su paso lento da tiempo a la palabra, y su figura convoca la memoria rural, la hospitalidad antigua y el asombro infantil: pausa que nos invita a acercarnos a los demás con sencillez y ganas de compartir.
Por eso decimos que ella es nuestra llave y nuestro espejo. Caminar a su lado es reconocer que todo aprendizaje comienza por el saludo, el interés y la observación. Es recordar que el vínculo se crea no desde el exabrupto, el título altisonante o la autoridad impuesta, sino desde la presencia humilde: esa que deja huella sin apenas hacer ruido. También que la auténtica sabiduría no está en lo que otros nos cuentan (por muy inteligentes, deslumbrantes y tecnológicos que se presenten), sino en uno mismo.
Donde vamos con Molinera, las puertas se nos abren antes de tocarlas, y la gente nos ofrece lo que tiene y conoce: agua, sombra, refugio o conversación.
En la literatura y la memoria de los pueblos, los burros han sido siempre compañeros de quienes no tenemos prisa, de quienes cargamos saberes sin arrogancia, de quienes aprendemos del camino mientras caminamos.
Recordemos al Lázaro de Tormes, que en sus primeros pasos de mozo pobre seguía a su amo ciego «como asnillo», aprendiendo del hambre y del mundo. O a Sancho Panza, que no entendía de libros de caballería pero sí de la vida real y que, montado en su rucio, se convirtió en sabio popular sin haber pisado ninguna universidad ni haber leído ningún libro. Pensemos también en Juan Ramón Jiménez y su Platero, o en las fábulas morales de Iriarte y Samaniego.
Resumiendo: su presencia a nuestro lado, allá donde quiera que vayamos, recuerda a quienes nos topamos que, en clave didáctica, la verdadera fuerza está en el apoyo mutuo, en respetar los ritmos y en no sobrecargar. Que enseñar y aprender es un camino que se construye paso a paso, con compromiso, con calma, trabajo y colaboración. También que la paciencia, la humildad y la fuerza serena son necesarias para acompañar a los más vulnerables —niños y jóvenes— en sus desplazamientos por las veredas de la auténtica enseñanza.






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