Estoy solo. Por diversas razones que a veces no me gusta recordar, me quedé soltero. Vivo desde hace años en un apartamento de la capital que compré después de que vendiera la casa del pueblo. He trabajado en diversos oficios, en los cuales he procurado cumplir siempre con mis obligaciones, con las tareas que me correspondían; el último en el que he estado empleado ha sido el de administrativo de una gran empresa, con el que he ganado un buen dinero. Después de haber cotizado lo suficiente, no hace mucho que he decidido jubilarme, por lo que desde entonces me encuentro más tranquilo, sin la responsabilidad ni la presión que se derivan siempre de un trabajo.
La soledad no me abruma, pues estoy ya acostumbrado a ella. Es un estado que a veces incluso deseo, como me ocurre esta noche de invierno. Tengo la televisión apagada, pues no soy adicto a ella; de hecho, me paso días enteros sin verla. Me gusta más leer o escuchar música. Una de mis grandes pasiones ha sido siempre la lectura; me aficioné a leer desde muy temprano, desde los últimos cursos que estuve en el colegio. Los libros me sirvieron, de alguna manera, de refugio. Ahora estoy leyendo una novela reciente en la que se cuenta la historia de un hombre que se siente perdido en el mundo en el que vive; no es mi caso, aunque se le parece bastante. La novela está muy bien escrita; priman en ella lo narrativo y lo descriptivo. Lo que predomina en los tiempos actuales es, ciertamente, la variedad en la literatura; yo no tengo una preferencia especial por ningún género, pues todos me parecen interesantes.
He rellenado, pues, la soledad con abundantes lecturas, ya que al leer la he poblado con los personajes que en los libros he encontrado; he oído sus voces y recreado sus figuras casi como si los tuviera presentes. La imaginación es, sin duda, una de las grandes facultades de las que dispone la mente humana; con ella se evade de una realidad hostil, se traslada a otro mundo, viaja por países lejanos, por territorios fantásticos; con ella vence dificultades, resuelve problemas, inventa, concibe proyectos nuevos.
No, no me importa estar solo; me siento de algún modo acompañado de las personas a las que he conocido y querido alguna vez, cuyo recuerdo conservo. Hay ratos en que me asomo a la ventana y contemplo la calle, por la que circulan multitud de vehículos; observo a los transeúntes que caminan por las aceras y con los cuales me identifico porque son seres semejantes a mí. No soy, como se ve, un misántropo por ansiar la soledad. Es una costumbre, un modo de vida al que me he amoldado después de muchos años.
Curiosamente, nunca me ha dado por escribir. Me refiero, claro está, a textos de intención literaria. No los he escrito porque no he sentido la necesidad de hacerlo o porque no me he considerado capacitado para ello. Me he conformado con leer, con disfrutar con lo que otros mejor facultados que yo se han decidido a escribir. Yo creo, con todo, que no hubiera sido un buen escritor; recuerdo que en las redacciones que componía en el colegio o después en el instituto no me expresaba con soltura ni precisión. No he nacido con ese don o tal vez no lo he sabido encontrar y desarrollar; quizá no lo pueda saber nunca, porque es algo que ya no me planteo siquiera. Lo tengo, simplemente, como una posibilidad perdida.
Es de noche. Por la noche todo parece diferente; uno es más propenso a sentirse solo, lo rodea por momentos un silencio oscuro, en el que su espíritu se sumerge. Semeja ese silencio un mar hondo, un mar que anega y que abraza a quien en él se adentra. Es una impresión que me asalta con frecuencia después de que caiga la noche y los ruidos se extingan. Es cuando tengo conciencia de lo que soy, cuando ajusto cuentas con lo que he vivido. Hay pensamientos que solo aparecen entonces, después de que empiece el último tramo del día. Son pensamientos en los que uno no cae antes, con el ajetreo cotidiano; hace falta estar solo, cercado de silencio, para discurrir sobre ellos. Son momentos gratos en los que me encuentro conmigo mismo, con el ser que dentro de mí habita. Nada me distrae de lo que pienso, como me ocurre ahora; puedo estar horas, sentado en el sillón de este cuarto, divagando sobre lo que por mi cabeza va pasando, a veces cosas incluso sin sentido, sin un sentido inmediato, recuerdos tal vez que aparecen y que conforman una maraña en la que me pierdo. En la novela se usa una técnica narrativa, el monólogo interior; lo mío es eso, monólogos interiores, algunos muy largos; podría escribirlos acaso y componer con ellos fragmentos de una novela, de una novela que sin embargo no publicaría nunca. Es lo más parecido a un sueño; a mí me encanta, por cierto, reproducir aquellos sueños de los que después, al despertarme, me acuerdo. Son historias confusas en las que aparece una realidad distorsionada, con escenas muy extrañas en las que el sujeto que sueña se halla y en las que ocurren sucesos inesperados, situaciones absurdas a las que debe enfrentarse.
Uno se acostumbra a pensar y a soñar cuando permanece mucho tiempo solo. Es una costumbre que he ido adquiriendo a lo largo de los años. Cuando vivía en el pueblo con mis padres y mis hermanos, era de otra condición. La compañía de los seres queridos me obligaba a ser comunicativo, a participar más de los diálogos. Nunca he sido insociable; mi soledad no es una forma de huida, como sucede en otros casos. A veces imagino que estoy dialogando de nuevo con mis padres o con alguno de mis hermanos y que les refiero lo que pienso, sin ningún tipo de reservas. La ausencia de ellos no la acuso: mis padres murieron hace tiempo y mis hermanos viven en otro sitio, lejos de aquí; entre ellos y yo, no hay distancias: a mis padres los continúo sintiendo vivos y a mis hermanos los quiero tanto que no me parece que están lejos, sino que continúan acompañándome, igual que cuando convivía con ellos en la casa del pueblo.
Bien pensado, no estoy solo; me siento acompañado no solo de ellos, sino también de otra gente con la que he tenido algún trato. La presencia física no es lo que importa en muchas ocasiones, ya que no es una condición indispensable para que uno se sienta unido con la persona que tiene delante. Es más importante lo que se siente, el amor que se profesa a determinados seres, aunque no se hallen presentes. En la soledad me acompañan sus espíritus, porque los espíritus no se han ido si continuamos vinculados por amor con ellos.
La soledad es mala cuando aísla al sujeto, cuando establece un muro que lo separa de la sociedad. Tal situación puede ser causada por diversos motivos, normalmente de tipo psicológico. En ella entonces se generan muchos males, de los que es posible que uno no escape nunca si no cuenta con alguna clase de ayuda. Pero ese no es mi caso, como se habrá visto. En mi soledad no hay dolor ni tristeza, aunque haya días que sufra por algo o que me encuentre melancólico o nostálgico; sin embargo, son estos unos sentimientos pasajeros que pronto se sustituyen por otros de índole positiva.
Me he acostumbrado a vivir solo, por lo que no me resulta extraño, sino que lo veo incluso natural. Creo que me he hecho de una condición, de una condición solitaria, de la cual no me avergüenzo. Es lo que importa: uno debe asumir lo que es, las cualidades que tiene o que ha ido adquiriendo a lo largo de los años, porque la personalidad se va forjando poco a poco, a medida que pasa el tiempo. La condición solitaria no ha de entenderse como negativa, aunque muchos me puedan tener por un bicho raro, como vulgarmente se dice. Yo soy, simplemente, así, de modo que la opinión ajena no me afecta. Tengo la seguridad de que no he podido ser de otra manera y de que es cosa, a fin de cuentas, del destino. Cada ser humano es único e irrepetible; por mucho parecido que pueda encontrarse entre dos caracteres, siempre hay diferencias que los distinguen. Las experiencias pasadas me han enseñado a respetar al prójimo, aun cuando halle en él rasgos que no me agradan o que son contrarios a los míos. El respeto es uno de los valores que deberían primar en las relaciones humanas, ya que constituye un principio fundamental para que estas funcionen bien, para que prevalezcan unos intereses comunes.
Es de noche, como he referido antes. En las horas que todavía restan para que me acueste, me dedicaré a pensar sobre esto que he expuesto. Precisamente una de las ventajas que tiene el hecho de vivir solo es que se puede hacer lo que se quiere, lo que en cada momento se antoje.





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