Posiblemente Botticelli sea uno de esos pintores cuyo nombre, al menos, le suena a todo el mundo. Forma parte desde hace décadas, junto a los más grandes genios del Renacimiento italiano —Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y Rafael—, de las escasas lecciones de Historia del Arte que se imparten en el sistema educativo español. ¿Quién no ha oído hablar de sus más célebres pinturas, La primavera y El nacimiento de Venus? Son dos de las obras más conocidas y admiradas del arte universal, al igual que La Gioconda, el David o La escuela de Atenas, de los otros creadores citados.
Con Botticelli entramos, en la segunda mitad del siglo XV, en el momento cumbre del Quattrocento: la corte, en Florencia, de Lorenzo el Magnífico, de la poderosa familia Médici, riquísimos banqueros convertidos en mecenas y que terminarán ennoblecidos y con varios papas y reinas en su linaje. Por eso cabe esperar que las obras de tan relevante pintor estén solo en los grandes museos italianos o de otros países, como la propia España. De hecho, las dos mencionadas antes, con la mitología clásica como protagonista, se conservan en la Galeria degli Uffici, una de las más importantes pinacotecas del mundo, mientras que, en nuestro país, el Museo del Prado exhibe tres tablas de la Historia de Nastagio degli Onesti, también del afamado artista florentino.

Pero una obra de él, ¡solo una!, tenemos en Granada, en la valiosa colección de imágenes devocionales que la reina Isabel la Católica donó a su templo funerario, la Capilla Real. En la sacristía, hoy espacio museístico, encontramos, junto a un Cristo de Perugino —otro artista del Quattrocento—, la Oración en el Huerto de Botticelli. Es una tabla de pequeño tamaño (53,6 x 37,9 cm), realizada en los años finales del siglo XV y de temática religiosa, puesto que representa uno de los pasajes más conocidos de la vida de Jesús —contado por los evangelistas—, situado entre la última cena con sus apóstoles y el prendimiento que hizo posible la traición de Judas.
La composición está muy cuidada: en la parte inferior duermen tres apóstoles, sentado uno, de físico envejecido, y tumbados dos más jóvenes —y de indudable parecido—, por lo que ocupan todo el ancho de la pintura. Pese a la incomodidad del lugar escalonado parecen hacerlo profundamente, ajenos a lo que ocurre muy cerca, y están descalzos, posando sus pies desnudos sobre el feraz suelo. Tras ellos hay una cerca de madera que encierra un sepulcro bajo un promontorio y, justo sobre este, vemos a Jesús arrodillado recibiendo el cáliz de un ángel que desciende del cielo. El promontorio actúa, por tanto, como pedestal y sobre él se sitúa al protagonista. Los árboles a un lado y otro, que parecen inclinarse hacia el centro, enmarcan aún más la escena principal, orientan hacia ella la mirada del espectador.

En los colores es el verde el que predomina —como en otras pinturas de Botticelli—, no solo por los árboles y arbustos, sino por todo el terreno, como de fértil pradera o de recortado jardín —ya en La primavera representaba más de 190 especies distintas de plantas—, y por el manto de uno de los apóstoles. El rojo —que destaca la figura de Jesús—, el azul, el marrón terroso o el dorado dan contraste a la pintura, que muestra el episodio de día y sin claroscuros. Y es este contraste delicado, en el que no hay estridencias, el que le da belleza.
Sin duda, la representación de Botticelli coincide más con la narración de Lucas, que es el único que afirma que, estando Jesús orando de rodillas, “Se le apareció un ángel del cielo, que le confortaba”. En cambio, la cercanía de tres de los apóstoles dormidos, así como la referencia al cáliz, sí está en los restantes evangelistas. Para Mateo son Pedro y “los dos hijos de Zebedeo”, y la frase dicha por Jesús “Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz”. Según Marcos, tomó consigo “a Pedro, a Santiago y a Juan” y en la oración las palabras de Jesús fueron “Abba, Padre, todo te es posible; aleja de mí este cáliz”. En ninguno de los evangelios hay una descripción del sitio: “un lugar llamado Getsemaní”, según Mateo —y lo mismo indica Marcos—, mientras que Lucas es el que habla del “monte de los Olivos”.

También Andrea Mantegna, otro gran artista del Renacimiento, había representado el tema unas décadas antes. Hay una Agonía en el Huerto suya en la National Gallery (Londres) y otra en el Museo de Bellas Artes de Tours. Quizás las principales semejanzas entre ellas y la de Botticelli estén en el lugar algo elevado de la oración y en el sueño profundo de los apóstoles, porque Mantegna, en ambas, introduce dos elementos que no están en la de la Capilla Real: una imponente ciudad amurallada muy cerca (Jerusalén) y la multitud que procede de ella y que se dirige a apresar a Jesús. Como si quisiera enlazar con el siguiente capítulo evangélico, que es el prendimiento.
La de Botticelli es, por tanto, más sencilla, limitada estrictamente a la oración de Jesús, que ocupa el lugar preeminente. Más parecida a composiciones de Leonardo y de Rafael, de simplicidad intencionada para que nada distraiga, nada reste atención a lo único importante. Tampoco hay dramatismo, sino una clara aceptación sin dolor de lo que representa el cáliz. Es el idealismo renacentista, inspirado en el arte clásico de la Antigüedad grecorromana y contrario a los aspavientos, a los gestos de intensidad expresiva, sino proclive a la mesura, a la serenidad, al desapasionamiento. Desde luego, todo un lujo contar en Granada con esta pequeña obra de uno de los más grandes pintores del arte universal.





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