La clase de Religión: cuando las preguntas nacen en el aula

«Maestro, ¿por qué pasan cosas malas si Dios es bueno?» La pregunta surgió en mitad de una clase, sin previo aviso. Como tantas otras veces, apareció de forma espontánea mientras hablábamos de la vida, de lo que vivimos cada día y de las cosas que a veces no entendemos.

Quien piense que una clase de Religión consiste únicamente en explicar contenidos quizá se sorprendería al escuchar algunas de las conversaciones que nacen dentro del aula. Con frecuencia las preguntas de los alumnos no tienen que ver con el libro, sino con la vida. Hablan de la muerte de un abuelo, del sufrimiento de alguien cercano, de situaciones que han visto en las noticias o de conflictos que viven en su entorno.

Dibujo de un niño, intentando mostrarme su cruda realidad, padres divorciados enfrentados

Recuerdo en una ocasión a un alumno que levantó la mano, y con una pregunta que dejó a toda la clase en silencio:

«Maestro, si mi abuelo ha muerto… ¿dónde está ahora? ¿Puedo hablar con él? ¿Sigue estando conmigo?»

En apenas unas palabras aparecían tres dimensiones muy profundas de la experiencia humana: la dimensión trascendente, que se pregunta por lo que hay más allá de la vida; la dimensión espiritual, que expresa el deseo de mantener un vínculo con quienes ya no están; y la dimensión emocional, que necesita comprender y elaborar la pérdida.

Preguntas como esta muestran que la clase de Religión no se limita a transmitir contenidos, sino que abre un espacio donde estas dimensiones pueden ser escuchadas y pensadas.

Son preguntas que no pertenecen solo a los niños. Son preguntas que acompañan al ser humano desde siempre y que las distintas tradiciones religiosas han tratado de iluminar a lo largo de la historia.

En medio de esas conversaciones aparece a menudo una reflexión muy sencilla y muy profunda a la vez: la libertad del ser humano. Muchos alumnos se preguntan por qué existe el mal si Dios es bueno. Poco a poco descubren que el mal no nace de Dios, sino de las decisiones humanas.

Decidimos si nos enfrentamos a los problemas o pasamos de ellos. Hay que poner medios para que los niños puedan afrontar sus miedos

La libertad es un regalo enorme, pero también una responsabilidad. Si el ser humano estuviera obligado siempre a hacer el bien, no sería realmente libre. La posibilidad de elegir implica también la posibilidad de equivocarse. No es una idea nueva. Incluso en el cine y en los cómics aparece una intuición parecida cuando se repite aquella frase tan conocida: “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, popularizada por el personaje de Spider-Man. La libertad humana es, en cierto modo, ese gran poder que cada persona recibe… y del que también es responsable.

En ese camino de reflexión aparece muchas veces el núcleo del mensaje cristiano: el mandamiento del amor. Cuando Jesús resume toda la ley en una sola frase —«amaos los unos a los otros como yo os he amado»— está mostrando una forma de entender la vida en la que el amor se convierte en el criterio fundamental de nuestras decisiones.

Un desplegable para niños de 1º de Primaria, donde se refuerza la imagen clara del “cuidado” del amor

Los alumnos entienden con sorprendente claridad algo muy profundo: donde hay amor hay respeto, cuidado y entrega. Cuando aparece el egoísmo, comienzan muchas de las situaciones de conflicto y sufrimiento que vemos a nuestro alrededor.

Por eso la clase de Religión se convierte muchas veces en un espacio donde los alumnos pueden detenerse a hablar de lo que viven y de lo que sienten. En medio de un sistema educativo que necesariamente se centra en contenidos y competencias, este pequeño espacio permite también trabajar algo que forma parte esencial de la vida humana: las preguntas, las emociones y el sentido de lo que vivimos.

La realidad que rodea hoy a muchos niños tampoco es sencilla. Familias rotas, conflictos, enfermedades o las guerras que aparecen cada día en las noticias forman parte del mundo que ellos perciben. Ante todo eso, los alumnos necesitan también lugares donde poder expresar sus dudas y tratar de comprender lo que ocurre.

A veces da la impresión de que el sistema educativo empuja a los alumnos a ser cada vez más racionales y técnicos, centrados en aprender contenidos y resolver ejercicios. Todo eso es necesario. Pero educar no consiste únicamente en adquirir conocimientos. Educar también significa ayudar a las personas a comprender su propia vida.

Y en ese camino, muchas veces, las preguntas de los alumnos nos recuerdan algo muy sencillo: que el ser humano sigue buscando sentido, verdad y esperanza… y que la fe continúa siendo para muchas personas (desde distintas tradiciones religiosas) una luz desde la que mirar la vida.

Juan Francisco Casas Muñoz
Maestro de Religión en centros públicos de Granada
Diplomado en Magisterio y Licenciado en Ciencias Religiosas

Redacción

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