A mi amigo Isidro García Cigüenza,
gran amante de los animales y de los caminos
Cuando su padre se hizo mayor, Damián se encargó del cultivo de las tierras. Desde pequeño había aprendido junto al padre todos los oficios del campo, en unos tiempos en los que todavía gran parte de ellos se realizaban con animales, pues aún no habían llegado al campo las nuevas maquinarias. Damián era hijo único; debido a sus especiales condiciones y a su físico poco agraciado, no había encontrado mujer que lo quisiera como marido. Todos los intentos de acercarse a algunas vecinas del pueblo que eran de su agrado habían resultado baldíos, por lo cual había sufrido más de un desengaño. Era tenido en el pueblo por un ser dotado de escasas capacidades, de una bondad extrema que no se consideraba quizá propia de un hombre, de un hombre además que se dedicaba a la dura tarea de labrar la tierra. Con cuarenta y cinco años, que eran los que entonces tenía, había asumido su estado de soltería, sin que se planteara ya pretender de nuevo a ninguna mujer.
A pesar de que no tenía todavía una edad avanzada, Damián parecía más viejo de lo que era, tal vez por las fatigas que a lo largo del tiempo había padecido. Era cenceño, con el cuerpo algo encogido, de piernas arqueadas; su cara, como la de cualquier campesino, era morena, con numerosas manchas. Tenía la nariz muy larga, los ojos pequeños y hundidos. A pesar de su aparente endeblez, no daba muestras nunca de cansancio, sin duda porque estaba acostumbrado a resistir los trabajos.
Por su corto periodo de escolaridad, apenas sabía leer y escribir; leía mal, con muchas interrupciones, sin hacer las pausas donde correspondía, y la escritura era, por la misma razón, bastante defectuosa, con trazos inseguros y continuos errores de ortografía. A causa de su falta de instrucción y de cultura, hablaba de un modo embrollado, con una pronunciación incorrecta; más que hablar, semejaba que mascullase las palabras, muchas veces mal empleadas, con el orden de sus sílabas cambiado. Se diría por momentos que usaba otra lengua, pues recurría a términos de la jerga del campo o a vocablos muy antiguos.
Damián nunca iba solo al campo, ya que siempre lo acompañaba una mula vieja a la que él tenía un gran afecto. Unas veces iba montado en ella y otras a pie, tirando con suavidad de las riendas del animal. Al contrario de otros labradores, él no había querido desprenderse, con la irrupción de los tractores, de aquella mula con la que había arado las tierras. Cuando se los veía a los dos juntos, daba la impresión de que se entendían, de que existía entre ambos un lenguaje secreto con el que se comunicaban. Damián, de hecho, en ocasiones le hablaba; le dirigía palabras de cariño o le confiaba sus propios sentimientos, seguro de que la acémila era capaz de comprenderlo.
Ya no la usaba para el trabajo, pues estaba vieja y era mejor no forzarla demasiado. Mientras él trabajaba, la dejaba pastando en el cornijal de un haza o en un balate. La mula era paciente; aguardaba a su amo hasta que este decidía regresar al pueblo, casi siempre a una hora avanzada de la tarde, cuando el sol derramaba su última luz rubia por los campos.
Nunca se había visto en el pueblo tanto entendimiento entre un hombre y un animal. Eran verdaderamente admirables las atenciones que Damián tenía con su mula. Había dispuesto en el corral una cuadra para ella sola; siempre procuraba que estuviera bien surtida de heno y de agua y que no permaneciese mucho tiempo sucia. Lo primero que hacía, apenas se levantaba, era visitar a la acémila y quedarse con ella en la cuadra un rato, acariciándole la cabeza y el lomo. Cualquiera habría pensado que profesar tanto cariño a un animal era extraño, pero a Damián nunca le había importado lo que la gente de su pueblo opinase sobre él.
Sabía que la mula no tardaría mucho en morirse, pues era ya bastante mayor; pero no quería pensar demasiado en ello. Cuando ocurriera, tendría que aceptarlo, porque era una ley de la naturaleza contra la que nada podría hacer.





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