Victor Kravchenko

La radio en la literatura: ‘Yo escogí la libertad’

La desconfianza de Stalin por cuantos le rodean es patológica [435]
La retirada del leninismo era simplemente una maniobra táctica [427]

En esta ocasión las pocas referencias radiales -apenas dos-, en este gran volumen-testimonio de uno de los más grandes funcionarios soviéticos que, tras mil peripecias, lograría escapar del Paraíso proletario y se quedaba en los Estados Unidos.

El autor narra, de forma pormenorizada, todo lo que fue su vida, su familia, su medio. En definitiva todo lo que dejó atrás a sabiendas de que nunca volvería a tener oportunidad de estar con ellos para iniciar un futuro sumamente incierto en el lado contrario ideológicamente hablando. Eran los tiempos duros de la Guerra Fría y donde las huidas a Occidente se pagaban con la muerte.

De hecho a estas alturas de la historia no se aclaró cómo este alto funcionario acabaría su vida en los Estados Unidos. Técnicamente lo vendieron como suicidio, muchas voces simplemente consideran que fue ejecutado por el todopoderoso servicio secreto soviético; especialmente su hijo.

Sin duda una de esas obras que abre espíritus; muestra la cruda realidad de los regímenes totalitarios y que -aquí en España-, siempre, siempre, nos han tratado de vender como el paraíso en la Tierra. Sin ir más lejos ahí tenemos todo lo que PODEMOS nos ha montado: menos mal que vinieron a redimir la política y acabar con la “casta”. Han demostrado que eran peores que los ya conocidos haciendo bueno el dicho de “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Esa continuada expulsión del sistema de estos personajes también nos hacen tener esperanzas en que el autoritarismo o régimen de terror que tan magistralmente relata Kravchenko, no se expanda a pesar de esos alienadores fenómenos que aparecen en todos los países arrasados por el idealismo ideológico.

Parece que no acabamos de aprender [quizá otra vez se cumple: nadie escarmienta en piel ajena] y de nuevo están saltando las chispas, el dolor, la indolencia o la chulería que siempre acaba comportando sangre, sudor y lágrimas como dijo Churchill.

El libro es denso, no es fácil de leer y, sobre todo, entender el enorme sacrificio que entonces significó para los rusos tener que lidiar con el gran régimen de terror que acabó implantando Stalin. Defenderse de una maquinaria secreta, perfectamente sincronizada y, además, derrotarla con la huida a Occidente.

Impresionante la erudición y genial el prólogo de Horacio Vázquez-Rial que ya nos advierte la poca difusión que tuvo la edición que se hizo en España en los años cincuenta. Digamos que determinadas obras “abren” la mente y, por consiguiente, no pueden estar a disposición de las masas por aquello de que es mejor mantenerlas ignorantes: que vivan de las consignas facilonas que los gabinetes de la estolidez les están lanzando de manera continua.

Dejemos las disquisiciones y vamos al tema que nos preocupa: LA RADIO EN LA LITERATURA. Como siempre, entre corchetes va la página donde está el párrafo correspondiente -apenas dos referencias-… Hoy en día forma parte del pasado y el oscurantismo de estos momentos parece que nos llevará, finalmente, al analfabetismo imperante de aquella genial novela de Umberto Eco -llevada al cine-. EL NOMBRE DE LA ROSA, donde el conocimiento estaba en unas manos, en este caso, muy concretas. Al ritmo que vamos, ese analfabetismo también se acabará por “comer” la realidad del futuro, porque “desmenuzar” los nuevos artilugios es algo cada vez es más difícil para un solo individuo. ¡Que les aproveche!

Cubierta edición española de ‘Yo escogí la libertad’ de Victor Kravchenko

“Pero volvamos al primer día de la guerra.

Aquella tarde hallé en la oficina del director al propio Mantitrov, a Yegorov y al director de una subinstalación, Larionov. Discutían de la guerra. La radio estaba conectada, esperando oír noticias. De repente, una voz se elevó sobre la música militar. En puro ruso anunció: “Ciudadanos de Rusia! ¡Pueblo ruso! ¡Atención! ¡Atención! ¡Aquí el cuartel general del ejército alemán!”.

-¿No sería mejor que apagáramos la radio? -dijo Manturov.

-¡No! Oigamos lo que este bastardo tiene que decir, -dijo Yegorov.

Durante veinticuatro años habéis vivido bajo el hambre y el miedo. Se os prometió una vida libre y os dieron una vida de esclavitud. Sois esclavos sin derechos humanos. Miles de vosotros mueren cada día en los campos de concentración y en las heladas estepas de Siberia. No sois dueños de vuestro propio país ni de vuestras propias vidas. En estos momentos se encuentran en las cárceles y en los campos de trabajos forzados miles de compatriotas vuestros. Vuestros gobernantes han destruido vuestra fe ortodoxa y la han reemplazado por el culto a Stalin.. ¿Qué ha sido de vuestra libertad de palabra y de prensa? ¡Mueran los parásitos del pueblo ruso! ¡Destruid a vuestros tiranos!

Después siguieron una serie de lemas antisemitas y antisoviéticos.-¡Apaga eso! -tronó Yegorov.

Manturov giró apresuradamente el botón del aparato. El silencio que siguió fue opresivo. Nos nos atrevíamos a mirarnos. Enseguida nos fuimos cada uno por nuestro lado, completamente turbados.

Al cabo de una hora volví a la oficina de Manturov. Quería consultarle algo sobre el hombre que sustituyó a Smolyaninov. Como siempre, entré sin llamar. Con gran sorpresa mía, encontré a Manturov y a Yegorov escuchando de nuevo la radio enemiga. Comprendí perfectamente su curiosidad. Por primera vez en una decena de años era posible oír denunciar en voz alta el régimen soviético en lugar de oír denunciar a otros regímenes.

“¡Venid a nosotros con las octavillas en la mano! -estaba diciendo el locutor alemán cuando entré-. ¡Será vuestro salvoconducto! ¿Por qué luchar por la esclavitud y el terror cuando los alemanes os traen una vida libre?”.

Manturov, al verme, juró y giró el botón. Yegorov, no menos desconcertado por mi llegada, se precipitó fuera de la oficina. Empecé a hablar del asunto Smolyaninov y de otras cuestiones urgentes de la fábrica. Manturov me interrumpió en medio de una frase:

-Dicho sea entre paréntesis, camarada Kravchenko: es mejor no mencionar que hemos oído propaganda alemana por la radio. Ya sabes… “Guárdame y te guardaré”.

-Apuesto a que medio Moscú la está oyendo -dije.

-Pero por poco tiempo. Acabo de recibir una llamada telefónica: mañana todos los aparatos de radio serán requisados.

-¿Requisados? ¿Para qué?

-Para regalarlos, supongo.

Eso fue precisamente lo que sucedió en Moscú y en el resto del país al día siguiente. Todos los ciudadanos, bajo amenazas de castigo, entregaron sus radios a la policía local. Más tarde vi montañas de aparatos en los depósitos de almacenaje. Mientras duró la guerra, sólo se permitió a los rusos escuchar las noticias por los altavoces conectados con las estaciones oficiales de radio.” [368/369]

“La habitación era enorme y alta de techos, formando un óvalo perfecto. En torno a sus paredes, color crema, se veían los retratos de todo el Politburró. Un gran aparato de radio de marca extranjera atrajo mi atención: a los sencillos mortales no se les permitía poseer radios durante la guerra. La mesa de conferencias, cubierta con una tapete verde, era lo bastante amplia para acomodar a treinta personas.” [414]

VICTOR KRAVCHENKO, Yo escogí la libertad. Ciudadela Libros. Madrid. Primera edición febrero de 2008, 490 páginas

Juan Franco Crespo

Ver todos los artículos de


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

IDEAL En Clase

© CMA Comunicación. Responsable Legal: Corporación de Medios de Andalucía S.A.. C.I.F.: A78865458. Dirección: C/ Huelva 2, Polígono de ASEGRA 18210 Peligros (Granada). Contacto: idealdigital@ideal.es . Tlf: +34 958 809 809. Datos Registrales: Registro Mercantil de Granada, folio 117, tomo 304 general, libro 204, sección 3ª sociedades, inscripción 4