Irene, con veinte años, era muy proclive a soñar despierta, a imaginar sucesos que desearía que ocurrieran. Era una tendencia que conservaba de la infancia, de los juegos en los que entonces se engolfaba; tal vez en el fondo continuaba siendo una niña, se decía a veces, cuando regresaba de una de aquellas ensoñaciones.
Ella era de una condición muy sensible que la había llevado a amar la literatura y a escribir sus propios textos, aunque eran solo tímidos ensayos. Tenía, quizá por eso mismo, un carácter reservado, si bien era algo que había asumido y que no le causaba ningún problema. En la facultad, había congeniado muy bien con María, una compañera de curso con la que la unía ya una gran amistad; tal era la intimidad que existía entre ambas, que se había atrevido a revelarle que escribía y a dejarle incluso algunas de sus composiciones para que las leyera. La opinión favorable de María acerca de ellas la había animado a continuar escribiendo. Verdaderamente, era una suerte contar con una amiga, con la cual podía compartir todo lo que quisiera.
Durante aquel curso, Irene estaba experimentando significativos cambios en su vida: no solo advertía los efectos de una buena amistad, sino que también se sentía cada vez más ilusionada con el contenido de las materias que había de estudiar y con los profesores que le impartían clase, como demostraban las notas que sacaba en los exámenes que venía haciendo. La visión de la realidad había cambiado notablemente para ella: aunque todavía tenía cierta inclinación a apartarse, ya no se sentía tan distante respecto a sus compañeros, lo cual hizo que su estado de ánimo fuera a menudo más elevado. La escritura no era ya un refugio o una evasión, como antes había sido; se había convertido en un hábito del que no podía prescindir, en un ejercicio que habría de resultarle muy provechoso; sus textos en prosa no se reducían a meras notas, ya que tenían poco a poco más complejidad y amplitud, hasta el punto de que algunos de ellos consistían ya en verdaderas narraciones, escritas con un estilo que no dejaba de tener un sello poético.
Tanto había variado Irene en su manera de sentir y de proceder, que por el mes de marzo dio en ceder a los encantos que para ella reunía uno de sus compañeros de la facultad. Era un chico aparentemente serio, con aire de tímido como ella, al que le gustaba sentarse siempre en primera fila, quizá porque así se concentraba mejor en las explicaciones de los profesores. Por las notas que obtenía, se infería que debía estar también muy interesado en los estudios y que se afanaba en lograr de ellos el máximo rendimiento. Era alto y delgado, con la cara angulosa, los labios gruesos, los ojos un tanto rasgados, de un tono verdoso. La verdad es que Irene no sabía qué era lo que más le había atraído de él, quizá el parecido que con ella tenía, la timidez y la gravedad con que solía mostrarse.
Un día, una mirada del compañero fue el detonante para que su corazón se sobresaltara y para que a partir de entonces ya no pudiera apartarlo de su mente. Era la primera vez que le ocurría, ya que nunca había sentido nada parecido por un chico; se diría que había vivido protegida por una especie de coraza que la había salvado de ser alcanzada por los dardos del amor.
Tras aquella mirada se sucedieron otras, cada vez más claras, más persistentes, por lo que fue creciendo su pasión, la arrebatadora ternura que le inspirada aquel joven que el destino había colocado en su camino. Lo tuvo durante un tiempo por un secreto, como tantos gustos y aficiones que a lo largo de los años había tenido. Un pudor exacerbado le impedía contárselo a su madre o a María, por lo que muchas veces se daba a imaginar que aquella relación, que solo se manifestaba en miradas, pasaba a convertirse en algo real; imaginaba que se encontraba a solas con el compañero en uno de los senderos que había alrededor de la facultad y que paseaba con él, hasta que llegado un momento, después de haber conversado largo rato, se declaraban el amor que mutuamente se profesaban. Unas veces el paseo concluía con aquella declaración, pero otras veces, en un acceso de osadía por parte de Irene, terminaba con un beso en los labios, un beso leve, delicado, con el que sellaban los dos el afecto que se tenían.
La realidad era muy distinta, sin embargo, a como ella la imaginaba, pues nunca se producía aquel encuentro, sino que todo se limitaba a lo que podían sugerir las miradas que uno y otro se cruzaban. Existía una distancia que los separaba y que hacía que siguieran siendo meros compañeros de clase. El amor exigía, sin duda, un esfuerzo para que se realizase, un esfuerzo que ninguno de los dos parecía dispuesto a hacer.
Sin haberlo previsto, una tarde que bajaba con María por la cuesta de la facultad, no pudo aguantar más y le confesó a la amiga lo que había empezado a sentir por Daniel, que tal era el nombre del compañero. María, como era natural, la escuchó con mucha atención, sorprendida acaso de aquella noticia que Irene le había revelado. Ella, que tenía ya novio desde hacía tiempo, contaba con una experiencia suficiente como para poder opinar sobre aquello, como así sucedió después de que Irene acabara su relato. «Debes tener paciencia, porque las cosas del amor siguen a veces un proceso muy lento ―le dijo―. Por lo que me has contado, algo parece sentir también Daniel por ti, porque esas miradas que te dirige obedecen a algún motivo. Lo que pasa es que los dos sois tímidos y no os atrevéis por ahora a dar un paso más, aunque yo estoy segura de que si es verdad que os queréis al final todo saldrá bien».





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