El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (97): Límites

La sensación de haber sobrepasado un límite no se olvida nunca. En la vida, ciertamente, hay límites, fronteras que marcan un territorio vedado. Uno, si se decide a atravesar esas líneas establecidas, sabe que corre riesgos imprevistos; se expone a un castigo que todavía no se imagina en qué consiste. Es una sensación que desconcierta y que abruma y que despierta en uno un instinto de autodefensa que quizá no tenía, igual que el de los primeros homínidos que habitaron la tierra. Yo creo que no hay nadie que no la haya experimentado en ningún momento; de algún modo, es lo que les ocurriría a Adán y Eva cuando se atrevieron a comer del fruto prohibido. Es algo connatural al ser humano, transgredir las normas o las leyes que se le imponen: siempre quiere más, ir más allá de lo comprende su mundo conocido.

Las primeras veces en que me asaltó tal sensación tuvieron lugar en una época muy remota de mi infancia, cuando de noche, en compañía de mis hermanos, sobrepasaba el límite de un pasillo, tras el cual se nos antojaba que había un espacio que para nosotros, a aquellas horas, no estaba permitido. Había allí, al fondo de aquel pasillo, un cuarto oscuro donde se almacenaban trastos viejos, muchos de ellos guardados en baúles antiguos, con las maderas guarnecidas con chapas de cobre. Cada vez que nos adentrábamos en aquel cuarto lóbrego y siniestro nos sentíamos embargados por la emoción de la aventura, por una mezcla extraña de ansiedad y de miedo que nos resultaba intolerable y que nos obligaba a retroceder sobre nuestros pasos casi enseguida. Teníamos la impresión, al volver al espacio luminoso y cálido del cuarto de estar, de que habíamos regresado a un mundo seguro, en el que estábamos a salvo de peligros.

Es algo que después se ha repetido de diferentes maneras. La conciencia de no haber respetado ciertas normas y de haber llegado a un lugar prohibido se ha reproducido en numerosas ocasiones, aunque sería casi imposible reseñarlas todas. En la adolescencia, que es un periodo de expansión, pensaba que todo estaba a mi alcance y más de una vez me excedí en mis propósitos. Creía, por ejemplo, que podía llegar a mi casa cuando quisiera y que mis padres debían ser permisivos conmigo, No había nada que se me resistiera: en nombre de la libertad, podía hablar en los términos que quisiera y expresar ante los mayores lo que me viniera en gana, sin ningún tipo de miramientos. Si se me reprobaba, me reafirmaba aún más en mi actitud, como si las objeciones o las críticas sirvieran para apuntalar mis ideas, para defenderlas con más vehemencia. En aquel tiempo no me quedaba ya ningún resto de mi antigua timidez; más bien quien me veía se daba a creer que había tenido siempre un espíritu intrépido, capaz de acometer las más arriesgadas aventuras. Mi ánimo experimentó, quizá por razón de la edad, un notable empuje: estaba convencido de que si me empeñaba podría lograr lo que me propusiese, incluso algún amor que al principio consideraba muy distante. Si no lo conseguí, no fue por falta de recursos o de acierto, sino porque mi interés se desvió hacia otros asuntos.

Más tarde, cuando tuve que elegir estudios, opté por el bachillerato de letras, en contra de todas las previsiones que se hubieran hecho acerca de mí. El de ciencias era el que preferían mis padres, de acuerdo con mis capacidades y con las ilusiones que tenían depositadas en mí. Suponía la elección una enorme contrariedad para ellos, al tiempo que me enfrentaba a un destino incierto, del que yo solo sería responsable. Parecía como si hubiese incumplido algo: de nuevo tuve la impresión de que había franqueado un límite y de que me hallaba, por propia voluntad, en un territorio extraño, sembrado de dudas y de amenazas, de las que no conseguiría liberarme. La inseguridad inicial la vencí con el convencimiento que tenía de que era yo quien me había de labrar mi futuro y de que no era cosa de otros lo que en él me encontrase.

Fue así como me hice mayor. Uno no se da cuenta de lo que ha hecho hasta que no ve sus logros, hasta que no ve los frutos de su decisión. Tuve suerte, la verdad: si hubiera sido de otro talante, tal vez me habría hundido, incapaz de superar todos los miedos que me hubieran sobrevenido después.

Los límites siempre están ahí; nadie los puede soslayar. Casi se diría que la vida está rodeada de límites: el nacimiento es en cierta manera un límite y la muerte también lo es. Cualquier empresa está acotada por líneas que las encierran y que de algún modo las definen, hasta el punto de que son precisamente esas líneas las que mejor perfilan sus características, las que establecen sus grados de productividad. No hay nada que no esté delimitado, que no esté circunscrito entre un principio y un final. Superar esas demarcaciones es siempre aventurado, como se ha comprobado cuando se acometen riesgos que no estaban previstos.

Quizá sea una cuestión de carácter: yo he sido siempre algo rebelde y contestatario. Me han atraído siempre los límites, me ha gustado bordearlos, quedarme en esa franja cercana que ya participa de lo que hay al otro lado. Posiblemente es una experiencia que muy pocos han tenido. La gente, por lo común, prefiere vivir segura, según los parámetros que le son impuestos: ello no solo le depara seguridad, sino también tranquilidad de conciencia. Yo, en cambio, no puedo concebir la existencia sin la transgresión, sin la asunción de un riesgo. Es posible que me haya equivocado muchas veces o que haya tomado decisiones improcedentes, pero también sé que el error o el desliz son inevitables y que si se corrigen pueden dar lugar a grandes avances. El ser humano aprende de sus fallos, alcanza un estado mejor cuando supera sus imperfecciones.

Debo confesar, no obstante, que cometí una gran equivocación. Fue en plena juventud, cuando más ufano me hallaba. Me había enamorado de una mujer a la que, por distintas razones, no debía pretender. Ella estaba comprometida ya con un hombre, que era además amigo mío. Durante algún tiempo me había contenido: había conseguido aparcar mis sentimientos, evitando que se manifestasen en presencia de ellos. Mi conciencia me obligaba a no inmiscuirse en sus vidas: tenía que dejar que su amor progresara y que fueran felices en el futuro. Sin embargo, ella era muy guapa y no pude evitar sentirme cada vez más atraído por su belleza. Era alta, con el pelo rubio; de sus grandes ojos, de un azul my claro, se desprendía siempre un fulgor primaveral. A sus naturales encantos unía una simpatía que la hacía muy desenvuelta y agradable en el trato. Yo, poco a poco, había tomado más confianza con ella, hasta que me convertí en un amigo. En unos días, esa confianza dio paso a un enamoramiento, al que cedí como se cede al empuje de una corriente. Me vi arrastrado, conducido hasta un extremo en que me resultó ya imposible contener los sentimientos. Fue entonces cuando decidí atravesar la frontera que me separaba de la novia de mi amigo: un día que no estaba él, sin pensármelo dos veces, le declaré lo que sentía; le dije que no podía vivir ya sin ella y que estaba dispuesto a abandonarlo todo por merecerla. Embargado de emoción, nervioso, aguardé su respuesta. La vi dudar, temblar casi como una niña. Al final me dijo que se lo pensaría, que no era cosa que pudiera dilucidar en un solo día.

Durante el tiempo que tardó en responderme, tuve muy claro que había sobrepasado nuevamente un límite, tras el cual no sabía lo que ocurriría. Había traicionado, sin duda, a un amigo, con el cual ya la relación no sería la misma en el caso de que su novia decidiera dejarlo por mí. El amor era como una gozosa herida que sentía en mi interior: sería muy difícil explicarlo con palabras corrientes. Yo era, a fin de cuentas, víctima de una pasión. Cuando algo resulta inevitable es porque forma parte del destino. Lo he entendido ahora, cuando recuerdo aquel suceso. Había perdido el control: mi suerte dependía de la respuesta que la novia de mi amigo me diera. Esperé más de una semana, ansioso por saber cómo acababa todo. Ya no podía volver atrás, no podía retroceder sobre mis pasos, como hacía con mis hermanos cuando me aventuraba de noche más allá de aquel pasillo, hasta aquel cuarto oscuro en el que parecía anidar algún misterio.

Un límite es una sola línea, pero es suficiente para cambiar el rumbo de una existencia. Es lo que me ocurrió a mí entonces: ella me dijo que no, que no quería dejar a su novio por mí; si me hubiera dicho que sí, tal vez mi mala conciencia no habría dejado de atormentarme por haber traicionado a mi amigo, por haberle robado a la mujer a la que él más ha querido. Hoy, a pesar de todo, me puedo considerar un hombre medianamente feliz.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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