Hay que educar inteligencia, voluntad y sentimientos
Acaba el curso, y alumnos y profesores rinden cuentas de su trabajo. Los primeros mediante sus notas, reflejo de su esfuerzo y dedicación; los profesores a través del nivel alcanzado por sus pupilos, y la incidencia que su magisterio tuvo en las vidas de sus discípulos, porque una buena educación precisa cultivar no solo la inteligencia, sino también voluntad y sentimientos.
El cultivo de la inteligencia no solo se desarrolla en la escuela, sino en ambientes muy distintos: hay familias, colegios, grupos humanos… inteligentes o no. Una ciudad inteligente es aquella que cuida la educación y la cultura, es decir, la que moviliza educativamente a la ciudad, dando tareas a todos. En una ciudad inteligente deben educar los guardias municipales, los conductores de autobuses, los ancianos, los profesores, los conserjes, las autoridades…En un estudio realizado en Chicago, había barrios bien cohesionados, donde se vivía en perfecta convivencia, por ejemplo, en el barrio italiano; y otros, incluso de nivel económico mayor, donde la convivencia era muy difícil.
Los sentimientos son estados de ánimo que nos acercan o nos alejan de los demás; y nos facilitan la felicidad. Para Goleman, la inteligencia emocional (mezcla entre inteligencia clásica y emoción), en un 80% es la base del triunfo en la vida, y no existe sin automotivación, voluntad o entusiasmo. Las personas desmotivadas no toleran la frustración ni el esfuerzo. Cuando falta motivación, hay que utilizar la voluntad, es decir, la capacidad de adelantar el futuro, renunciando a bienes inmediatos. De entre los sentimientos, el más importante es el amor, que hace eterno lo pasajero. Según Tomás Moro no hay crisis de la pareja o de la sociedad, sino de la persona. Somos un boomerang: si damos amor, recibimos amor. Hoy existe gran analfabetismo en el amor, porque las personas se están contaminando con el odio exterior reinante. Frente a él, hay que reivindicar el respeto, la palabra, el perdón y el amor
Educación y felicidad van íntimamente unidas, y no hay una educación valiosa si no logra alumnos más felices, considerando que la felicidad consiste en estar a gusto consigo mismo, mirando racionalmente la realidad y viviendo de forma coherente. “No está (la felicidad) en la parada, sino en el camino”, dice Sancho, en las bodas de Camacho. Según un adagio chino: “el que conoce lo exterior es erudito, el que conoce su interior es sabio; el que conquista lo exterior es poderoso, y el que se conquista a sí mismo es feliz”.
Ahora bien, es más fácil ser feliz en una sociedad justa, tolerante, pacífica y cohesionada, porque es en ella donde podemos adquirir una mayor conciencia social. Es ahí, según Goleman, donde más fácilmente se aprende la empatía, que nos permite sintonizar con el otro; el conocimiento racional del mundo para poder criticarlo, y enmendarlo, sin tópicos ni prejuicios; el cultivo de las emociones y la vivencia colectiva de estas; el desarrollo del tacto y la corrección en el trato; el autocontrol de nuestros actos; y la compasión o simpatía (sufrir con el sufre), que es la necesidad de apoyar al que lo precisa. Hoy, desgraciadamente, vivimos en una sociedad polarizada y cargada de odio, donde es difícil que ésta actúe de catalizadora de los valores enumerados. Si adquirimos conciencia de ello, y actuamos en consecuencia, podemos transformar esa dinámica.
[NOTA Este artículo de Juan Santaella se ha publicado en la sección de Opinión del diario Ideal, correspondiente al jueves, 23 de julio de 2026, pág. 21]





Deja una respuesta