El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (98): La vecina

Yo no soy de natural curioso. Si observo no es con la pretensión de no perder detalle de cuanto ocurre a mi alrededor, que es lo que les ocurre a otros, sino que lo hago por mero interés humano, porque me gusta sentirme ligado con quienes son mis vecinos o con quienes me cruzo a diario por la calle. Hace unos meses, a comienzos del curso, me mudé a un apartamento que está en uno de los barrios más antiguos de la ciudad. Como no dependo de nadie ni nadie depende de mí, dispongo de la facultad de elegir libremente lo que mejor se adapta a mis condiciones, lo que está más de acuerdo quizá con mis gustos literarios. Me gustan los lugares viejos, los rincones que están todavía varados en el pasado, en un tiempo lejano. Es tal vez una propensión que procede de mi espíritu nostálgico, imbuido de romanticismo. Soy, para que se tenga cabal idea de mi persona, profesor de literatura. No saqué las oposiciones, pero un día logré entrar de interino y desde entonces, casi sin interrupción, he continuado ejerciendo la profesión. La verdad es que dar clase, en los tiempos que corren, no depara tantas satisfacciones como deparaba cuando yo era estudiante, cuando el profesor era una autoridad a la que se respetaba. No es este un asunto solo de la enseñanza, sino que debería ser algo que se plantease toda la sociedad, porque si falla el sistema educativo, si no da los frutos que de él se esperan, es probable que dentro de unos años nada funcione bien en el país.

Como decía, me mudé a este apartamento. Está situado en una calle estrecha, de paredes agobiadas por el paso del tiempo. A ella confluyen otras calles, muchas de ellas escalonadas, empedradas de guijos, con revueltas y esconces que parecen anunciar un laberinto, una encrucijada de sueños. Desde mi ventana, que se halla en un segundo piso, yo me daba a observar por las tardes a la gente que pasaba. Pronto me di cuenta de que había personas que hacían el mismo recorrido diario, casi a la misma hora de siempre. Había un señor muy bien vestido que se paraba en una esquina y que se fumaba un cigarrillo antes de proseguir su camino; quizá se había tomado un café en un bar y, antes de llegar a su casa, procedía a aquella parada, en la que parecía meditar sobre los secretos de la existencia. También daba en pasar por allí un mendigo de andar renqueante, con la barba gris y la tez muy morena. A veces se detenía y miraba hacia las ventanas que tenía enfrente; yo, por un momento, creía que me veía y que incluso me hacía una seña, como si se hubiera alegrado de que alguien lo observase, de que alguien hubiera reparado en su astrosa figura. Había más tipos en los que yo casualmente me fijaba. A las siete menos cuarto aparecía por una de aquellas callecitas una anciana; iba vestida de negro, a la usanza de otros tiempos. Estaba encorvada, posiblemente por el peso de los años; a causa de su deformación, de su joroba prominente, andaba mal, con paso incierto. Su cabello gris lo llevaba recogido en un moño. Tenía el rostro surcado de arrugas. Podía tener ochenta años. A mí me conmovía su decrepitud, el desvalimiento en el que parecía haber concluido su vida.

Todo ello ocurrió durante los meses de octubre y noviembre, bajo una luz crepuscular que cada vez era más tenue. En diciembre yo estaba ya bien asentado en mi nuevo barrio, de modo que me movía con facilidad por él. Los sábados por la mañana solía ir al mercado municipal a comprar; algunas veces, al volver, me encontraba con la anciana, que salía de una tienda donde ella también compraba. Tenía una expresión melancólica en su cara avejentada; de cerca, parecía mucho mayor. A medida que pasaban los días, comprendía que salía de su casa dos veces al día, una, por las mañanas, para acudir a la tienda, y otra, por las tardes, para ir a misa. Nunca faltaba a la misa de siete de la iglesia más cercana. El resto del día no se la veía, ya que debía de permanecer encerrada en su casa. Era una mujer misteriosa, iba siempre ensimismada, abismada en un silencio impenetrable.

En enero, después de las vacaciones de Navidad, dejé de verla. Pensé al principio que había enfermado, quizá de una gripe, y que por eso no salía: no iba a la tienda ni asistía a la misa diaria. Me resultó, sin embargo, extraño cuando al cabo de dos semanas no había aparecido. Era posible que se hubiera cambiado de barrio, requerida por algún familiar que todavía tuviese. No pensaba que le hubiera podido pasar algo peor. Esperé un tiempo más, hasta que con un poco más de inquietud fui a preguntar por ella en la tienda, donde seguramente la conocían; era, al fin y al cabo, una clienta asidua. La tienda estaba regentada por dos hombres, de edades ya avanzadas; posiblemente eran hermanos. Pregunté a uno de ellos por la anciana; le dije cómo era, a qué hora iba a comprar allí por las mañanas. El tendero se mostró sorprendido: cuando acabé de hablar, me dijo que nunca había ido a la tienda una mujer con aquellas características. Tal vez estaba confundido, me dijo.

Yo no me lo podía creer. Con la misma preocupación, fui a la iglesia donde la anciana oía misa. Me atendió el párroco, un sacerdote calvo, con mirada entristecida. Creyó al principio que le hablaba de una feligresa que había fallecido, pero cuando le dije que era una mujer muy vieja y que vestía de negro me comunicó, no sin sorpresa, que quizá me había equivocado de persona.

Realmente, era muy raro. Ninguna explicación lógica se me ocurrió. Aquella anciana acaso procedía de un mundo que ya no existía, de un mundo que solo tiene cabida en la literatura.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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