Salvador Fernández-Vivancos Fernández: «La rueda de molino (3/7)»

TERCERA JORNADA

El suegro de Juanito fue de los primeros que se compró una mulilla mecánica hace una espuerta de años. Y era el dueño de ese terreno que ahora está cuajado de olivos.

Él y su mujer murieron hace decenios. Contaba que de joven y para poder mantener a su familia se alistó en la división azul. Estuvo en Italia y vio como Pio XII bendecía a los Panzer alemanes. Decía que al ver aquello dejo de creer. Estuvo en un campo de concentración ruso y para escapar tuvo que matar a un guardián. Venia cargado de melladas.

La acequia corría libre. Y en las pozas que se creaban, los niños veían los zapateros, libélulas, ratas de agua, mosquitos y arañas de todo tipo. Tanto los nombres de los insectos como el de las plantas variaban si se iba al pueblo de al lado.

Todos esos nombres se habrán perdido o estarán a a punto.

Una vez al año había que limpiar los cauces y el agua se cortaba una semana a tal fin. El curso se desviaba y los niños utilizaban su ausencia para jugar. Meterse por tubos con el peligro de quedarse atascado o que viniese el agua sin aviso.

Por eso, mucho tiempo después, cuando los hermanos se hicieron grandes. Les gustó tanto aquel libro de Gerald Durrell ‘Mi familia y otros animales’.

En la alameda los niños que vinieron de la ciudad se hicieron fuertes de tanto rodar por las pendientes o tirarse terrones en los que a veces dentro había una piedra. Hacían chozas en los arboles y llevaban al cinto con si fueran revólveres, cuchillos al estilo tarzán.

La alameda ya no estaba.

El hombre ya había visto huellas de gato en las estancias del molino. Cuando quiso subir a la parte de arriba sintió ruido y un cierto sentido de la prudencia le hizo desistir y salir.

La piscina se había convertido en un estanque pero el agua no estaba putrefacta porque plantas acuáticas la oxigenaban. Los arcos de hierro que lindaban eran una masa de hierbas ahogando al único rosal de copa que quedaba, sin embargo las cuatro higueras y el olivo centenario daban unos frutos como los del paraíso. De hecho la higuera es uno de los árboles del libro.

““Será como un árbol
plantado al borde
de la acequia da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tienen buen fin..”

Salmo 1


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Salvador Fernández-Vivancos Fernández

Licenciado en Derecho

exfuncionario de Justicia

y abogado

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