Siempre me ha parecido que he llegado tarde a todas las citas. La verdad es que se trata más bien de una certeza. La experiencia me ha demostrado que es así: quizá sea cosa del destino, de una condición de la que no pueda librarme. Si me pongo a repasar las veces en que me ha ocurrido, me doy cuenta de que nunca he llegado a tiempo, de que siempre me ha faltado poco para conseguir lo que me proponía.
La primera vez en la que fui consciente de ello ocurrió cuando se despertó en mí el amor. Tenía quince años; en la adolescencia los sentimientos suelen ser exaltados. Hasta entonces el amor se había presentado de forma muy tímida, como un afecto o una inclinación que no tuviera todavía un fin determinado; pero con aquella edad irrumpió de un modo claro, con una rotundidad inapelable. Yo estaba, como era natural, en aquel tiempo en el instituto; cursaba segundo de bachillerato. Me había empezado a atraer una compañera, sin que supiera muy bien por qué. Se llamaba Elena; era de estatura mediana, de talle escueto, con la cara ovalada, el pelo moreno. Quizá lo que más me había gustado de ella eran los ojos, de un tono castaño, de una expresión melancólica. A veces se me quedaba mirando en las clases, como si hubiera descubierto en mí una cualidad que le interesara. En pocos días, lo que había sido solo una atracción instantánea se convirtió en un profundo enamoramiento, en un inusitado ardor. Aquel sentimiento, insólito para mí, me causaba un hondo desasosiego cuando ella no estaba: el viento de la nostalgia me sacudía con fuerza, como a un árbol solitario en medio de un campo tomado por el invierno; la ausencia era una herida que no podía restañar de ningún modo, un fuego oscuro que corroía mi pecho. Tenía que verla para sentir un momentáneo alivio, para que aquel desasosiego no fuera tan acuciante.
Ya no me acuerdo de lo que duró exactamente aquel periodo, tal vez unos meses. Yo vacilaba, no me atrevía a decirle a Elena nada. Era entonces bastante tímido, dado a la reserva y a la introspección. Me costaba revelar a los demás lo que sentía, incluso a mis amigos más íntimos. Lo cierto es que cuando ya me hallaba más decidido ella empezó a salir con un compañero. Al parecer, él, más atrevido que yo, se me había adelantado en confesarle sus intenciones y ella, halagada por su declaración, se había animado a aceptarlo como novio. Fue, como se comprenderá, muy duro para mí: era la primera vez que el amor había prendido en mi corazón, de un modo que nunca más he conocido. Durante un tiempo estuve deprimido, sin comprender por qué Elena se había decantado por aquel compañero. Si ella no había encontrado en mí valores suficientes para quererme, era porque no los tenía. Llegué a verme casi como un ser inútil, desdeñado por carecer de aquello que Elena más apreciaba en un hombre. Le di muchas vueltas a mi desdicha, hasta que al final me dije que se había producido por no haber sabido llegar a tiempo, por no haberme presentado a la cita que con ella de alguna manera tenía.
La segunda vez que me sucedió fue ya en la universidad. Yo estaba en el tercer curso de Filología Hispánica. El trato con una compañera me había llevado a enamorarme de ella. Era distinta a Elena, con un tipo más elegante que el suyo, con una personalidad muy destacada. Tenía el cabello rubio, los ojos verdosos, con un mirar franco y sostenido. Andaba y se movía con donosura, con ademanes que parecían estudiados. Era alegre, se expresaba con desparpajo, sin temores ni comedimientos innecesarios. Siempre que hablaba conmigo, me miraba a los ojos, segura del efecto que causaban en mí sus palabras. Quizá era esto lo que me seducía, la seguridad que mostraba entonces. Yo necesitaba que alguien me atendiera y que tratara de complacerme. Ana, que así se llamaba, parecía haberse dado cuenta, pues una y otra vez insistía en mirarme de aquel modo. Fue así como caí de nuevo en la red que me tendía el amor, una red grande, de cordaje ancho, en la que me vi de pronto preso.
Según supe poco después, Ana tenía desde hacía más de un año novio. Por lo que fuera, había estado coqueteando conmigo, tal vez por mero juego o porque yo le cayese bien. Me había enamorado, por tanto, con bastante retraso de ella; si la hubiera tratado antes, todo habría sido distinto, porque yo intuía que nos podíamos haber llevado bien; teníamos tal vez caracteres que se atraían.
Podría referir más casos: se trata de oportunidades que he ido desaprovechando por mi falta de suerte. No solo en el campo del amor ha ocurrido, sino también en otros terrenos. Mi afición a la literatura me condujo a escribir, a imitar los modelos que tanto había admirado. Al principio había sido un ejercicio casi pueril, hasta que fue tomando soltura y consistencia. Tenía ya una edad relativamente avanzada cuando me dediqué de lleno a la escritura: había sobrepasado los treinta. Escribía principalmente cuentos, aunque después, animado por lo que hacía, di el salto a la novela; entre uno y otro género hay diferencias, como todo el mundo sabe. Con la novela me desenvolví mejor, quizá porque disponía ya de una experiencia adquirida. Poco a poco me sentía más satisfecho de lo que estaba escribiendo y un día, luego que hube acabado mi segunda novela, decidí enviarla a una editorial de importancia, con la cual podría conseguir una mayor proyección de ella. Tenía ya treinta y ocho años cuando lo hice. Posiblemente había esperado demasiado tiempo. Durante varios meses aguardé con ansiedad una respuesta; no había día en que no revisara el correo, deseoso de encontrarme con una sorpresa. Mantenía la esperanza de que el manuscrito enviado podía ser aceptado por la editorial. Era una esperanza ciega, alimentada por mis ganas de ver publicada la obra. Al final, al cabo de seis meses, me llegó la respuesta: en una carta escueta, escrita de un modo formulario, se me comunicaba que mi novela no podía ser incluida en el catálogo; se me animaba, a modo de consolación, a que siguiera intentándolo. Pensé una vez más que había llegado tarde, que quizá con otra edad sí se me hubiera aceptado.
Hoy, con cincuenta años, pienso lo mismo. Es algo que me ha marcado, un signo del que ya no podré desprenderme. Lo tengo bien asumido, aunque también creo que si no hubiera sido así, si en el amor no hubiera tenido tan mala suerte o si en la literatura no hubiera esperado tanto, tal vez no estaría escribiendo lo que ahora escribo.





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