Jean-Paul Sartre: El amor, la sexualidad y las mujeres (2/5)

2. SARTRE. LA FAMILIA. LA FORJA DE UN HOMBRE MISÁNTROPO Y MISÓGINO

I. Este hombre cáustico y arisco, super racional y destructivo, altivo y narcisista; este muchacho, rebelde y libertario, hipercrítico y de gesto a veces hosco y despreciativo; este niño tímido, acomplejado y solitario, llegó a escribir de su niñez frases como estas:“Detesto mi infancia y todo lo que de ella sobrevive” (1) (M, 137); “mis primeros años sobre todo, los he tachado” (M 199); “hasta los diez años, permanecí solo entre un viejo y dos mujeres” (M, 66), “envejecía en las tinieblas, me hacía un adulto solitario, sin padre ni madre, sin lugar ni hogar, casi sin nombre” (M, 94), “sin duda se habían equivocado de niño, de vocación” (M, 135). Y una reflexión algo más larga también en Les Mots:

Se pensará que tenía excesiva confianza en mí mismo; no: era huérfano de padre. Hijo de nadie, fui mi propia causa, colmo de orgullo y colmo de miseria. Había sido puesto en el mundo por el impulso que me llevaba hacia el bien. El encadenamiento parece claro: feminizado por la ternura materna, debilitado por la ausencia del rudo Moisés que me había engendrado, infautado por la adoración de mi abuelo, era puro objeto, destinado por excelencia al masoquismo, si al menos hubiera podido creer en la comedia familiar(2).

Portada de ‘Las palabras’ (Ed. Losada)

El joven Sartre experimentó, como reflejan estas citas, la existencia bajo el signo de una gratuidad radical. Leve, sin peso, falto de “lastre”, nos atreveríamos a decir, se siente un niño sin asidero, de una inquietante ligereza, recluido en una burbuja familiar: “No me sentía a gusto con mi físico”, confesaría en cierta ocasión. Nuestra descripción de la infancia de Sartre sigue necesariamente las propias indicaciones de su autobiografía, Les Mots (Las Palabras). Concebida en 1953, cuando Sartre tenía cuarenta y nueve años y “lanzado a la atmósfera de la acción”, concluyó que toda su obra anterior había estado dominada por una neurosis que había comenzado en su infancia. Trabajó en esa obra intermitentemente, y aunque es un libro breve, no lo terminó hasta diez años más tarde (1963). Por esta importante autobiografía de su época infantil será premiado con la concesión del Nobel de Literatura del año 1964, que rechazará por ser concedido por una “Institución burguesa y pro-occidental”. Más o menos el libro está compuesto de las mismas cantidades de enojo y de nostalgia que el resto de su obra.

Al mismo tiempo que la ausencia del padre provoca en Sartre esta impresión de vacío, la imagen misma de la paternidad aparece mezclada con la búsqueda de una especie de necesidad que le habría dispensado de elegirse a sí mismo; deja entrever, en filigrana, el perfil de una especie de despotismo inherente a la calidad paterna, buscado y, al mismo tiempo, rehusado por el niño:

Este padre ni siquiera es una sombra, ni siquiera una mirada: hemos pisado algún tiempo, él y yo, sobre la misma tierra; eso es todo. Más que el hijo de un muerto, se me ha hecho entender que yo era hijo del milagro. De aquí procede, sin ninguna duda, mi increíble ligereza. No soy un jefe, ni aspiro a serlo. Mandar, obedecer, todo es uno. El más autoritario manda en nombre del otro, de un parásito sagrado —su padre; transmite las arbitrarias violencias que él mismo sufre. En mi vida he dado una orden sin reír, sin hacer reír: es que no estoy roído por el cáncer del poder: no me enseñaron la obediencia” (M, p. 12-13).

La frustración del padre opera de modo ambivalente: le priva de una “justificación” radical y, al mismo tiempo, le facilita como “un porvenir hecho con el pasado” del padre, para repetir los términos de Les Séquestrés; es una solidificación anterior a toda posible libertad. El niño quiere que este “peso”, le exima de la obligación de elegir, y, al mismo tiempo, lo rehúsa. Los textos manifiestan claramente una especie de resentimiento ante la ausencia del padre, ante la falta de su presencia:

No hay padre bueno: es la regla. Que no se culpe a los hombres, sino al vínculo de la paternidad, que está podrido. Hacer hijos: no hay nada mejor: tenerlos: ¡qué iniquidad! Si hubiera vivido, mi padre se habría acostado sobre mí con todo su peso, y me habría aplastado. La suerte quiso que muriera joven. En medio de los Eneas que llevan sobre las espaldas sus Anquises, paso de una orilla a la otra, solo y detestando a estos genitores invisibles que cabalgan sobre su hijo para toda la vida. He dejado detrás de mí a un joven muerto que no tuvo tiempo de ser mi padre y que, ahora, podría ser ya mi hijo. ¿Fue un bien o un mal? No lo sé; pero suscribe sin ningún reparo el veredicto de un eminente psicoanalista: no tengo Super-yo” (M., p. 11) (3).

Eneas llevando a su padre Anchises (Detalle)

El paso desde una situación real, la de Sartre, que perdió a su padre cuando tenía dos años, a un juicio de valor sobre la paternidad en general es sin duda el punto más difícil de captar y comprender en el itinerario sartriano tal como se nos describe en Les Mots. Lo que se adivina es que la “liquidación de los valores paternos”, de la que Sartre habló a propósito de Jean Genet, y que él mismo parece realizar previamente, tiene sus raíces en una ausencia dolorosamente sentida. La imagen del padre que se habría acostado sobre su hijo para toda su vida no sólo evoca la del padre en Les Séquestrés, sino, principalmente, la de la Carta al padre, de Kafka. Parece como si el padre solo pudiera ser, mientras vive, ese pesado Anquises que los Eneas llevan toda la vida sobre sus espaldas, sin tener nunca la posibilidad de verse al fin libres, derechos, con los hombres altos bajo el cielo (M. p. 14).

La especie de desenvoltura con que Sartre habla aquí de la relación de paternidad “un muerto había vertido las pocas gotas de esperma que constituyen el precio ordinario de un hijo” se explica en primer lugar por una ausencia, un vacío, por la obsesión de un vacío, aunque estos términos parezcan paradójicos”, sostiene Charles Moeller (4). Lo más curioso es que este Eneas tiene al mismo tiempo necesidad de este Anquises sobre sus espaldas para hallar una justificación a su vida (mal orientada, pues debería, en cierto modo, dispensarle de buscar en sí mismo su propia responsabilidad).

Durante la última enfermedad de su padre, Sartre fue puesto al cuidado de una nodriza, y casi murió de enteritis y quizás, añade, de resentimiento. Cuando recuperó la consciencia, fue, conjetura Moeller, en el regazo de una madre que se había convertido en una extraña. Más adelante en su autobiografía, sin embargo, Sartre se lamenta de la ausencia de un padre, que, imagina, le habría dado la estabilidad y el auto-respeto que le habrían ayudado a determinar su futuro. A falta de la dirección que un padre podría haberle dado, dice: “Nadie, empezando por mí mismo, sabía por qué demonios había yo nacido… Yo no era sustancial ni permanente, no era el futuro continuador de la obra de mi padre, no me iba a dedicar a la producción de acero. En una palabra, no tenía alma”. Algo de su ser había sido destruido, según la terminología que emplea. Charles Moeller señala en su análisis que estamos siguiendo que “parece que nunca ha tenido Sartre una experiencia esencial de la paternidad” (5) y recuerda asimismo “el íntimo lazo que une el sentido de Dios y el sentido de la paternidad” (6). Baste recordar aquí que Sartre perdió a su padre cuando todavía era niño y que su madre inmediatamente contrajo segundas nupcias. La situación de Sartre es análoga a la que conoció Baudelaire. Si leemos a esta nueva luz el estudio dedicado por Sartre al poeta francés (7), no podemos hurtarnos a la impresión de que en la vida del autor de las Fleurs du mal encontró un drama análogo al suyo propio: privado de su padre, enfrentado con un padrastro del que sentía celos y miedo, Baudelaire vivió siempre con un sentimiento de culpabilidad: puso en su madre un afecto represado, pues estaba “helado” por la austeridad de la “general Aupick”, su madre Caroline (8). Asimismo, de esa vivencia puede proceder el sentimiento de culpabilidad, de sentirse “bastardo”, de “estar de más”, de estar ahí, inútil, para nada. O, en definitiva, la convicción de que la vida es “una pasión inútil”, que sintió siempre y inconsolablemente Jean-Paul Sartre.

II. Sin embargo, la nostalgia más sentida, significativa y pregnante deSartre se centraba en su madre. Según su descripción, ella era femenina y fraternal, y ambos madre e hijo hacían una pareja cuyo amor recíproco absorbía a ambos. “Mi madre era mía, nadie me disputaba mi pacífica posesión de ella”, recuerda. “Nada sabía yo ni de violencia ni de odio. Me ahorré el duro aprendizaje de los celos”. Un resultado de esta intimidad con su madre, dice, es que la imagen de la madre-hermana siempre le atrajo y se reflejó en sus escritos. Sartre experimenta la presencia de su madre como la de una hermana.

Viuda desde muy joven, vive en casa de sus padres, muy eclipsada, y duerme en la misma habitación que su único hijo: no constituye un peso. No hay ninguna presencia maternal en la vida del joven Sartre: ¡no hay abusiva Genitrix! En consecuencia, Sartre experimenta la relación entre hermano y hermana como el único vínculo que significa algo para él:

Si hubiera sido hermano, habría sido incestuoso. Soñaba con ello. ¿Derivación? ¿Disimulo de sentimientos perdidos? Es muy posible. Tenía una hermana mayor, mi madre, y deseaba tener una hermana menor. Todavía hoy –1963—es sin duda el único vínculo de parentesco que me conmueve. He cometido el grave error de buscar con frecuencia entre las mujeres esta hermana que no había tenido lugar: sentenciado y condenado en costas. Ello no impide que, al escribir estas líneas, se apodere de mí, otra vez la cólera que sentí contra el asesino de Camille: está tan reciente y tan viva, que me pregunto si el crimen de Horace no es una de las fuentes de mi antimilitarismo; los militares matan a sus hermanas ¡Cómo le habría ajustado yo las cuentas a aquel miserable! ¡Para empezar, al poste! ¡Y doce balas en el cuerpo! (M, p. 41-42).

Sartre mismo hace notar las huellas fantasmales en sus primeros escritos:

Durante mucho tiempo he soñado con escribir un cuento sobre los hijos perdidos y discretamente incestuosos. Podrían hallarse en mis escritos huellas de esos fantasmas: Orestes y Electra en Les Mouches, Boris e Ivich en Les Chemins de la liberté, Frantz y Leni en Les Séquestrés d’ Altona. Esta última pareja es la única que pasa a los actos. Lo que principalmente me seducía en este vínculo de familia, más que la tentación amorosa, era la interdicción de “hacer el amor”: fuego y hielo, delicia y frustración mezcladas… el incesto me complacía, si no pasaba de platónico” (M. p. 41, n. 1).

Cabe preguntarse, se interroga Charles Moeller si la ausencia en la obra de Sartre de un amor generador o comunicador de vida no se explica por ese fantasma del hermano y la hermana (9). Esa imagen de la madre-hermana se reflejó también, como sostiene Ben-Ami Scharfstein, en su unión con Simone de Beauvoir. Los lazos familiares le ligaban, mantiene él, no tanto por su tentación amorosa como por su tabú contra hacer el amor. Brevemente: Cuando su madre le leía relatos él sólo tenía ojos para ella y oídos para aquella voz suya “turbada por la servidumbre”. Su relato los aislaba a ambos como “dos corzas en un bosque”, y su interpretación al piano de Chopin o de Schumann el romanticismo de la música inundaba su ser (10).

Simone de Beauvoir, joven

“Sartre encuentra en la joven Simone de Beauvoir, la hermana que andaba buscando. En su autobiografía Les mots había escrito: “Frecuentemente he cometido el error de buscar entre las mujeres esa hermanita que no había existido”. La Beauvoir, tres años menor que Jean Paul, hija de buena familia, de formación conservadora, burguesa y católica y en proceso de búsqueda de su propia independencia e identidad, será la elegida. A partir de entonces, y durante los dos primeros años, compartirán confidencias, lecturas, discusiones, inquietudes y búsquedas filosóficas. Su madre lo educó imprimiéndole una cierta indeterminación sexual, quería una niña; su aislamiento en una casa con ella y su anciano abuelo hizo el resto: ordenó al barbero de la familia que le cortara sus “encantadores rizos o tirabuzones”, que le asemejaba a “una muñeca blandengue” cuando tenía 7 años. Su ojo derecho perdía visión y bizqueaba.

Niño solitario, pues, sin amigos e inseparable de su madre. “Ella me llamaba su escudero, su hombrecito. Yo le contaba todo”. El abuelo, aunque no era un sustituto satisfactorio de un padre, fue de gran influencia sobre su vida, supervisó los primeros años de su educación. No fue escolarizado hasta los diez años (11). El estudio del abuelo, lleno de libros, era como un santuario para el niño, en el cual satisfacer su anhelo de relatos. Aprendido el alfabeto consiguió leer sin ayuda, su primer libro, medio leyéndolo, medio descifrándolo, “cuando llegué a la última página, sabía leer”. La biblioteca, confiesa, era el mundo en un espejo”, el manoseo y el contacto físico con ellos, además de su lectura, constituyeron su pasión infantil. Careció de una educación religiosa: su abuelo, protestante, ridiculizaba el catolicismo y sus historias de milagros, y la abuela no creía en nada. Su necesidad de Dios, sentía Sartre retrospectivamente, estuvo vegetando en su corazón durante una temporada hasta desaparecer. Lo más probable, conjeturó él, es que Dios muriese porque él no había llegado a conocer a su propio padre. La abuela, Louise Guillemin, una mujer aliada a su hija, para soportar al anciano y represor patriarca familiar.

Desde muy pequeño el pequeño Poulou, como le llamaban, fue construyéndose su mágico mundo literario. Muy pronto empezó a escribir aventuras cuyo héroe era él mismo. Escribía, dice, para huir de los mayores, pero sólo existía para escribir. Niño aislado, “niño impostor”, apartado de la verdadera infancia y viviendo de libros y de su imaginación su orfandad de padre constituía, piensa, una contribución importante a su apartamiento. Toda esta vida terminó abruptamente en 1916, cuando Sartre tenía once años, al casarse su madre con un ingeniero naval, Josep Mancy, dejando al niño una temporada con sus abuelos. Los años de 1916 a 1920 los describe como “los tres o cuatro años peores de mi vida”. Su relación con su madre fue frustrante y quisquillosa y en el colegio su conducta era también hostil, colérica y agresiva con sus compañeros y con el padrastro, de una indisimulada frialdad y distanciamiento personal.

En La plenitud de la vida, el segundo volumen de su autobiografía, Simone de Beauvoir describe a Sartre como un joven intensamente curioso e intensamente subjetivo, poco dispuesto a distinguir entre su propia visión y el mundo real que veía, siempre aspirando a la especie de totalidad sintética que encontraba en el estoicismo o en la filosofía de Spinoza, pero siempre atento a lo concreto e individual. Cuando conoció el método husserliano de la fenomenología —que podía hacer filosofía de cualquier cosa— se puso pálido de emoción: “Allí estaba precisamente aquello que había estado anhelando durante años. Describir los objetos tal como los veía y tocaba y extraer filosofía del proceso”. Jaspers, Freud y, sobre todo, Adler fueron determinantes en su concepción psicológica. Fue bajo la influencia de Adler como Sartre trató de describir a las personas en función de los roles o papeles que desempeñaban, sustituyendo el concepto de inconsciente por el de “mala fe”.

Junto con Simone, le atraían los sueños, la imaginería onírica, la anomalía de la percepción y la anormalidad psicológica, qué el mismo había vivenciado en su niñez cuando recordaba las dos voces que le habían hablado en su cabeza cuando era un niño y hablaba consigo mismo: “en mi cabeza le dijo a su madre en cierta ocasión hay alguien que habla”. En su inicial madurez, con treinta años, en 1935, habiéndosele suministrado una dosis experimental de mescalina comenzó a alucinar y cayó en una preocupante depresión. Temió volverse psicótico, pero los síntomas cesaron al cabo de seis meses. Más tarde, observó con interés a los internos de un hospital psiquiátrico. Tal vez, podemos preguntarnos si el héroe de La náusea, Roquentin, refleja la crisis psicológica que Sartre experimentó en esa época.

Desatendiendo la denuncia que Sartre hace en Les Mots de su primer yo, hay en él mucho del niño que cuya continua orfandad del padre continuaba oprimiéndole. Su protesta contra el abuelo que explotaba a su madre y la apartaba y se apropiaba de él, como un pseudo-hijo, y sus celos e incomodidad con el padrastro, el mezquino ingeniero, se convertirían en denuncia contra la sociedad burguesa, justificando incluso la violencia para terminar con ella. Su vacío durante la infancia ha permanecido soterrado toda su vida y su miedo y fascinación por la muerte le impulsarán a escribir con urgencia, deprisa, porque dentro de unos pocos e inciertos años posteriores, tal vez ya no podría escribir nada, pensaba. Su temor estaba justificado, diez años después, con setenta años cumplidos reveló que había perdido casi toda la vista de su ojo bueno, el izquierdo, y ya no podría leer, ni casi escribir, su raison d’être.

Su padrastro murió en 1945, cuando el filósofo contaba cuarenta años, y fue entonces cuando accedió a vivir con su madre, como ésta quería: Este es mi tercer matrimonio, dijo ella con satisfacción. Anne-Marie, su madre, murió en 1969, cuanto Sartre ya había cumplido los 59 años. Ben-Ami Scharfstein señala al respecto este rasgo de su personalidad: “Parece que la intimidad de Sartre con su madre durante la infancia le llevó a preferir la compañía de las mujeres a la de los hombres, aunque las mujeres deben al menos tener un aspecto agradable. Las mujeres feas, dice, le enferman. Se siente en sintonía con las mujeres porque la situación de éstas, tal como él la ve, ha hecho de ellas esclavas y cómplices a la vez. Dando a su preferencia por la compañía femenina una más obvia afirmación erótica, dice que uno tiene una relación más rica con una mujer que con un hombre aun cuando no se vaya a la cama con ella. El deseo de Sartre de ser un universal singular, interno y externo, uno y varios al mismo tiempo, parece ser un deseo erótico, de la clase que revive los años felices en que él y su madre eran uno y juntos repelían el mundo de los hombres” (12).

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1. Citamos por la primera edición de Les Mots (M) Gallimard, París, 1964.

2. Ibid, pp. 91-92.

3. Se hace referencia en este texto a un famoso grupo escultórico de Lorenzo Bernini en el que aparecen Eneas, Anquises y Ascanio realizada entre 1618 y 1619. Se expone actualmente en la galería Borghese, de Roma, Los tres personajes forman el linaje heroico central de la Eneida de Virgilio. Representan tres generaciones claves en el mito de la fundación de Roma: el anciano padre Anquises, el héroe-hijo que carga con el legado familiar (Eneas) y el joven sucesor (nieto) que asegura el futuro de la estirpe (Ascanio).

4. Charles Moeller, pp. 451- 453.

5. Ibid., p. 59.

6. El abuelo de Sartre, Charles Schweitzer –de la familia del célebre Albert Schweitzer, médico altruista, filósofo y teólogo, Premio Nobel de la Paz en 1952– es omnipresente en Les Mots. Reemplaza y al mismo tiempo destruye la imagen del padre en la imaginación del niño. Sartre lo describe como un patriarca, como una caricatura del Dios Padre colérico del Antiguo Testamento, de barba encanecida, amarillenta por el tabaco, y la paternidad ya no le divertía. Dice de él: “me adoraba; era evidente. ¿Me amaba? En una pasión tan pública, me resulta difícil distinguir la sinceridad del artificio… Yo dependía de él para todo: el adoraba en mí su generosidad”. (Ibid pp. 455-456).

7. Charles Moeller afirma haberse inspirado en Homo Viator (París, 1944, de Gabriel Marcel) en el análisis que hace de la noción de “paternidad” sartriano. En su opinión, para Marcel, la ausencia total de sentido de la paternidad puede explicar la incapacidad sartriana de comprender el problema de Dios. Idea que inspira prácticamente todo el pensamiento del autor de Etre et avoir.

8. Jean-Paul Sartre, Baudelaire, ed. Gallimard, París, 1947.

9. La relación entre Charels Baudelaire y su madre Carolina Aupick fue intensa, tormentosa y ambivalente (de amor-odio), marcada por una profunda dependencia emocional y constantes conflictos económicos. Cuando contaba con 5 años compartían una vinculo casi edípico. Esa relación se fracturó cuando se casó con el general Jacques Aupick. El poeta vivió esa unión como una traición y desarrolló un fuerte rechazo hacia su padrastro.

10. Charles Moeller, op. cit. p. 454.

11. Ben-Ami Scharfstein, Los Filósofos y sus vidas, op.cit., p.354.

12. Ibid., op. cit, p. 361.

íNDICE DE ESTA SERIE:

2. SARTRE. LA FAMILIA. LA FORJA DE UN HOMBRE MISÁNTROPO Y MISÓGINO

3. EXCURSUS SOBRE EL AMOR Y LA SEXUALIDAD EN SARTRE

4. UTILIZACIÓN DE IMÁGENES ESTIGMATIZADORAS DE LA MUJER: ABERTURA Y VISCOSIDAD

5. LAS MUJERES DE SARTRE: SIMONE DE BEAUVOIR Y OTRAS

Tomás Moreno Fernández

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