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Rosario de relatos y poemas (7): De aquellas escuelas a las de hoy

Cuando recuerdo mi niñez, vuelven a mi memoria aquellas mañanas de escuela, los cantos que entonábamos en el recreo y las oraciones con las que comenzábamos el día. Eran otros tiempos, muy distintos de los que viven hoy nuestros niños y niñas, pero también fueron años que nos dejaron enseñanzas que nunca se olvidan.

Todas las mañanas, a primera hora, rezábamos:

Señor Dios omnipotente, sé que estás en el sagrario.
Has guardado mi sueño y me has dado llegar al principio de este día.
¡Gracias, Señor!

Después comenzábamos nuestras tareas. Y, cuando llegaba el recreo, íbamos en fila a beber agua y a llenar las botellas en la fuente. Mientras caminábamos, cantábamos canciones que todavía recuerdo con cariño:

Vamos todos al sagrario,
que Jesús llorando está,
pero viendo tantos niños
muy contento se pondrá.

Vamos, niños, a la iglesia,
que Jesús nos va a escuchar,
y viendo tanta compañía
muy feliz se sentirá.

No llores, Jesús, no llores,
te venimos a adorar.
Pajarillos de los bosques,
venid todos a cantar;
con vuestros más bonitos trinos
le podamos consolar.

Florecitas de los parques,
venid todas a inhalar
vuestros más bellos aromas
a Dios toda caridad.

Serafines de la gloria,
venid todos a cantar
a Jesús sacramentado,
que está oculto en el altar.

Niñas en el aula ::Generada con IA

También aprendíamos otras canciones y oraciones que nos ayudaban a memorizar lo que estudiábamos. Recuerdo, por ejemplo, aquellos versos que decían:

Tengo un alma que no muere,
tengo un alma que salvar;
si la salvo del pecado,
cierto se condenará.

La palabra que Cristo nos dio,
venid a escucharla
con fe y con amor.

Y había otra canción que decía así:

Cincuenta escaleras de oro, cincuenta perlas preciosas y cinco caballeros que iban en busca de una reina para llevarle una bella corona.

Son recuerdos que permanecen en la memoria, aunque hayan pasado tantos años.

Nuestra clase era un bajo particular alquilado por el Ayuntamiento. Allí estábamos casi cincuenta niñas, desde primero hasta quinto. Mi maestra tenía cinco grupos en una misma clase, y cada mañana nos ponía el trabajo que debíamos realizar. Tenía varias pizarras y en ellas escribía las tareas de cada grupo.

Muchas veces, las mayores les dábamos de leer a las más pequeñas. Así aprendíamos nosotras y ayudábamos a las demás. Las niñas de Infantil estaban en otro bajo, con doña María.

Aquella escuela era muy diferente de la de hoy. Había pocos medios y muchas necesidades, pero también había maestras que trabajaban con dedicación y niñas que deseábamos aprender. Por las tardes, seguíamos estudiando y repitiendo las lecciones mientras cosíamos y bordábamos.

Recuerdo que aprendíamos los ríos, los cabos, las provincias y los límites de España. Repetíamos:

España limita al norte
con el mar Cantábrico
y con los montes Pirineos,
que la separan de Francia;
al sur, con el estrecho
de Gibraltar.

También íbamos nombrando las provincias de Andalucía: Almería, Granada, Málaga, Jaén, Córdoba, Sevilla, Cádiz y Huelva. Y las de otras regiones, como Madrid, Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara.

Niñas se divierten en la fuente de la plaza junto a dos burritos ::Generada con IA

Los ríos también los aprendíamos de memoria. Recitábamos dónde nacían, por dónde pasaban y dónde desembocaban. Así, de tanto repetir, aquellas lecciones se nos quedaban grabadas para siempre.

Cuando miro hacia atrás, pienso que aquella era una vida muy esclava. No teníamos las comodidades ni los medios que existen ahora. Muchas familias trabajaban de sol a sol para poder salir adelante, y los niños y niñas aprendíamos con lo poco que había.

Recuerdo también que, cuando era más pequeña, en aquellos años duros de la posguerra, se repartía leche americana en la escuela. Venía en unos tarros muy grandes, y una mujer del Ayuntamiento la preparaba y la repartía entre los niños y niñas de las escuelas en unas jarrillas de lata. A las familias que tenían más necesidades les daban también, además de la leche, queso, mantequilla y harina. Una sobrina mía se crió con aquella leche.

Hoy, cuando pienso en todo aquello, doy gracias a Dios por los avances que hemos vivido. Qué afortunados son nuestros niños y niñas de hoy, que tienen maestros y maestras tan profesionales, tantos medios a su alcance y tantas oportunidades para aprender cada día. Lo que tenemos hoy es un tesoro.

Por eso, cuando veo la escuela de hoy, pienso que no debemos desaprovecharla. Debemos valorar esa educación tan culta, esas enseñanzas tan buenas y todo lo que se hace para que nuestros niños aprendan y progresen.

No debemos olvidar de dónde venimos. Antes, la mayoría de las cosas costaban mucho esfuerzo. Hoy tenemos libros, materiales, ordenadores, bibliotecas, aulas preparadas y maestros que trabajan para que ningún niño se quede atrás. Tenemos oportunidades que nuestros padres y abuelos no tuvieron.

La cultura y el saber engrandecen a las personas. Nos dan luz, nos ayudan a comprender la realidad y nos enseñan a actuar con responsabilidad. Por eso debemos aprovechar lo que tenemos y enseñar a nuestros niños a valorar la escuela, a respetar a sus maestros y maestras y a cuidar todo aquello que les ayuda a aprender.

Que nuestros niños y niñas sigan creciendo con cultura, con buenos sentimientos y con deseos de hacer el bien. Que no se cansen de aprender, que respeten a los demás y que sepan aprovechar las oportunidades que Dios les ha dado.

Así, con cultura, con conciencia y con buena fe, el mundo brillará un poco más cada día.

Y yo, que viví aquella escuela de hace tantos años, solo puedo decir:

¡Gracias, Señor, por todo lo que hemos avanzado y por las oportunidades que hoy tienen nuestros niños y niñas!

Estas canciones las cantábamos en los años cincuenta, las recuerdo como si estuviera con mis amigas en la plaza de mi pueblo.

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MUÑEQUITA

Tengo, señores, una muñequita,
que es un encanto, es un primor.
Le di por nombre Blanca Lilita,
¡oh, si la vierais tan chiquitita!
Es entre flores, la primera flor.

Sus dientecitos son dos sartales
de blancas perlas de ignoto mar.
Guindas partidas, rojos corales:
sus labios rojos son dos panales
que miel destilan al decir «mamá».

¡Es mi muñeca madrugadora!
Es muy hacendosa, sabe bordar.
Es diplomada, es profesora,
siempre sonriente, nunca me llora.
Ella no sabe lo que es llorar.

Cuando tiene sueño, sus ojos cierra
y sueña con ángeles del cielo azul,
que bajan siempre a su cunita
a ver el alma de mi Lilita
tras los senderos del blanco tul.

Cuando termine, no digáis nada,
porque hace un momento se ha dormido.
Está en la cuna mi ángel querido
y si hacéis ruido… la despertaréis.

CUANDO MI BARCO NAVEGA

Cuando mi barco navega por la orillita del mar,
pongo atención por si escucho una sirena cantar.
Dicen que murió de amores quien sus canciones escuchó…
Yo doy gustoso la vida, si es por amor.
Corre, vuela, junto a las olas del mar,
¡quién pudiera a una sirena encontrar!

TRES POLLITOS

Tres pollitos tiene mi tía, tiene mi tía, tiene mi tía,
uno me canta, otro me pía, otro me toca la sinfonía.
¡Atención que va a empezar la sinfonía oriental!
Somos pollos, pío pío,
muy pollitos, pío pío,
y nos quieren, pío pío, desplumar.
Y los gallos nos detestan, pío pío,
y nos echan, pío pío, del corral.

Rosario Ruiz Martín,

abuela y madre de familia,

apasionada de la cultura y del saber

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