Esta mañana -jueves, 23 de julio- muy temprano, mientras disfrutaba de un café frente al mar en la playa de Torrenueva Costa, ocurrió algo que consiguió apartar mi mirada del Mediterráneo. De repente, una marea de camisetas de colores comenzó a recorrer la arena. Rojas, verdes, azules, naranjas…
Más de un centenar de niños caminaban con bolsas verdes en la mano, agachándose una y otra vez para recoger todo aquello que otros habían dejado atrás.
No era una excursión cualquiera.
Era una auténtica lección de educación.
Movida por la curiosidad, me acerqué para preguntar qué estaba ocurriendo. Allí conocí a Alicia, una de las monitoras del Campamento Mar Azul, que junto a otros compañeros me explicó el proyecto con una sonrisa que transmitía exactamente lo mismo que veía en los niños: ilusión.
El Campamento Mar Azul, organizado por el Club Atletismo Ciudad de Motril, tiene su sede en el CEIP Pío XII de Torrenueva Costa y se desarrolla desde la última semana de junio hasta principios de agosto, ofreciendo una alternativa educativa y de ocio que facilita además la conciliación de muchas familias durante el verano.

Pero lo que más me sorprendió no fue la cantidad de actividades que realizan.
Fue la filosofía que hay detrás.
Me contaban que, además del deporte, las actividades acuáticas, los talleres o las excursiones, trabajan hábitos saludables desde primera hora de la mañana, promoviendo desayunos con productos de la Costa Tropical como el aguacate gracias a la colaboración de la Fundación Miguel García Sánchez. Porque educar también es enseñar a cuidar de uno mismo y valorar lo que tenemos cerca.
Y, sin embargo, la actividad de hoy tenía otro objetivo.
Cuidar de todos.
Mientras los observaba recoger colillas, plásticos, envoltorios y pequeños residuos, no podía evitar hacerme una pregunta.
¿Cómo es posible que tengan que ser 150 niños quienes recojan la basura que otros adultos han decidido abandonar en la playa?
Quizá la imagen más impactante no sea la de las bolsas llenándose.
Quizá sea la de los pequeños haciéndolo con una sonrisa.
Sin protestar.
Sin preguntar de quién era aquello.
Simplemente porque entienden que la playa también es su casa.
Y ahí está la verdadera enseñanza.
Siempre decimos que los niños son el futuro.
Pero, viendo escenas como ésta, uno tiene la sensación de que muchas veces también son el presente.
Porque mientras algunos adultos siguen dejando una lata, una botella o una colilla sobre la arena pensando que “no pasa nada”, ellos dedican parte de sus vacaciones a recoger lo que otros ensucian.

Hoy aprendí que educar en valores no siempre necesita un aula.
A veces basta una bolsa verde, un grupo de monitores comprometidos y 150 niños convencidos de que cuidar el planeta merece la pena.
Ojalá esta iniciativa se replique en muchos más campamentos de verano y en muchas más playas.
Porque el mejor legado que podemos dejar a nuestros hijos no es una playa limpia.
Es enseñarles a no ensuciarla nunca.
Y, después de ver esta escena en Torrenueva Costa, me quedé con una última reflexión.
No debería sorprendernos ver a niños cuidando del planeta; al contrario, es motivo de orgullo. Lo que realmente debería hacernos reflexionar es que todavía haya adultos que sigan ensuciándolo.
Ojalá llegue el día en que estas iniciativas no sean necesarias porque todos entendamos que la playa no necesita que la limpien después, sino que la respetemos desde el principio.
Mientras ese día llega, hoy un grupo de niños y niñas que, con una bolsa verde en la mano y una enorme sonrisa, nos han dado una lección que muchos mayores aún tenemos pendiente.






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