Don Luis de la Fuente. Reflexión sobre «La fuerza de liderar con valores»

No levantó la voz. No buscó un culpable. No señaló a nadie”.

Mientras millones de personas analizaban alineaciones, tácticas o resultados, Luis de la Fuente seguía haciendo aquello que mejor sabe hacer: confiar en los suyos.

Quizá esa sea su mayor victoria. No los títulos que ya ha conquistado o que pueda conquistar, sino haber conseguido que un grupo de grandes futbolistas termine sintiéndose una auténtica familia.

Porque los títulos se celebran. Pero los liderazgos se recuerdan.”

Vivimos en una sociedad en la que, con demasiada frecuencia, se confunde el liderazgo con la autoridad, la firmeza con los gritos y la exigencia con la falta de empatía. Parece que un buen líder es aquel que impone, señala errores o busca culpables cuando las cosas no salen bien. Sin embargo, de vez en cuando aparece alguien que nos recuerda que existe otra forma de dirigir. Una forma más humana. Más cercana. Más auténtica.

Ese alguien tiene nombre y apellidos: Luis de la Fuente.

Su historia al frente de la selección española no comenzó hace unos meses. Ni siquiera hace unos años. Lleva más de una década acompañando a muchos de los futbolistas que hoy forman la selección absoluta. Antes de compartir con ellos los grandes escenarios del fútbol mundial, ya los dirigía en las categorías inferiores. Vio crecer a jugadores como Unai Simón, Rodri o Mikel Merino desde la Sub-19. Antes de levantar títulos, dedicó años a formar personas, a crear vínculos y a sembrar confianza.

Quizá por eso hoy no dirige simplemente un equipo. Dirige una familia.

Más allá de los resultados deportivos, Luis de la Fuente ha demostrado que un grupo de grandes futbolistas solo puede convertirse en un verdadero equipo cuando antes se convierte en una comunidad de personas. Porque los partidos se juegan con los pies, pero los equipos se construyen desde el corazón.

Durante estos años hemos visto a un entrenador que habla con respeto, que protege a sus jugadores incluso en los momentos más difíciles, que comparte los éxitos y asume las responsabilidades cuando llegan las críticas. Un entrenador que no busca protagonismo, sino que lo entrega a quienes saltan al terreno de juego. Un líder que entiende que la confianza genera compromiso, y que el compromiso acaba convirtiéndose en entrega.

Esa confianza no se queda solo en las palabras. En una ocasión, hablando de Mikel Merino, llegó a decir que «si hace falta, iría a recogerle en brazos a su casa». Más allá de la expresión, el mensaje era profundamente humano: te espero, confío en ti y sé que, cuando vuelvas, lo darás todo por este equipo. Pocas frases describen mejor la diferencia entre utilizar a las personas mientras son útiles o acompañarlas hasta que vuelven a ponerse en pie.

No es casualidad que, cuando fue criticado por convocar a futbolistas lesionados o lejos de su mejor estado de forma, mantuviera la serenidad. Donde muchos veían un riesgo, él seguía viendo personas en las que confiaba. Sabía que, cuando estuvieran preparados, responderían. Y el tiempo terminó dándole la razón.

Después de cuarenta y siete días de convivencia llegó a afirmar que nunca había visto un comportamiento tan ejemplar dentro de un grupo humano. No hablaba únicamente de fútbol. Hablaba de personas. De un vestuario en el que todos trabajaban por el mismo objetivo, donde nadie era más importante que el compañero y donde el éxito siempre pertenecía al grupo.

Quizá por eso pudo pronunciar una frase que resume mucho mejor que cualquier análisis táctico el verdadero logro de esta selección:

«Es un orgullo inmenso ser español y sentir que hemos conseguido unir a todo un país».

Detengámonos un instante en esas palabras.

Porque durante noventa minutos desaparecen las discusiones, las rivalidades y los colores que durante toda una temporada separan a millones de aficionados. Ya no importa si uno celebra los goles del Real Madrid, del Barcelona, del Atlético de Madrid, del Athletic Club, del Betis o del Sevilla. Durante ese tiempo todos celebran los mismos goles, todos abrazan el mismo escudo y todos sueñan con el mismo objetivo.

Y entonces uno comprende algo.

Luis de la Fuente no ha ganado partidos porque tenga grandes futbolistas.

Ha ganado partidos porque primero consiguió unir a las personas.

Esa diferencia lo cambia absolutamente todo.

No deja de ser una valiosa lección para nuestra sociedad y también para la educación.

Los alumnos no recuerdan durante toda su vida al profesor que más gritó. Los trabajadores no admiran al jefe que más miedo infundió. Los hijos tampoco olvidan al padre o a la madre que más normas impuso, sino a quienes estuvieron presentes cuando más los necesitaban.

Las personas seguimos, casi siempre, a quienes nos hacen sentir importantes, respetados y capaces.

Los grandes líderes no fabrican obediencia. Despiertan confianza.”

Con el paso del tiempo, incluso muchos de quienes más desconfiaban de Luis de la Fuente han terminado reconociendo su forma de liderar. No porque haya respondido a las críticas con palabras, o haya “pasado facturas”, sino porque lo ha hecho con serenidad, coherencia y trabajo. Porque el liderazgo auténtico no se impone de un día para otro; se gana poco a poco, con hechos mucho más que con discursos.

Y, sinceramente, pienso que todo esto va mucho más allá del resultado de una final.

Si España levanta el trofeo, será una inmensa alegría para todos.

Pero si no lo consigue, la enseñanza seguirá siendo exactamente la misma.

Luis de la Fuente ya nos ha mostrado cuál es el camino para construir una selección fuerte: confiar en las personas, defenderlas cuando más lo necesitan, exigir desde el respeto y poner siempre el «nosotros» por delante del «yo».

Esa victoria nadie podrá arrebatársela.

Hace más de dos mil años, Jesús también reunió a un grupo de personas muy distintas entre sí. No eligió a los más importantes ni a los más preparados. Caminó con ellos durante años, los corrigió con paciencia, creyó en ellos incluso cuando fallaban y nunca les pidió aquello que Él mismo no estuviera dispuesto a vivir. Antes de enseñar a amar, amó. Antes de hablar de servicio, sirvió. Antes de pedir entrega, se entregó.

Salvando las enormes distancias entre el deporte y el Evangelio, existe una enseñanza común: los grandes líderes no construyen equipos; construyen personas. Y cuando construyen personas, los equipos o resultados terminan llegando solos.

Los títulos pasarán. Llegarán nuevos campeones, nuevos entrenadores y nuevas generaciones de futbolistas. El deporte, como la vida, siempre continúa.

Pero permanecerá el recuerdo de quienes demostraron que existe otra forma de liderar.

Una forma que no necesita levantar la voz para hacerse escuchar.

Que no necesita señalar culpables para exigir compromiso.

Que no necesita imponerse para ser respetada.

Porque el respeto genera confianza.

La confianza crea compromiso.

Y el compromiso convierte un grupo de personas en una familia”.

Si esos principios han sido capaces de unir a futbolistas que durante todo el año defienden escudos distintos, ¿qué no podrían conseguir en nuestra sociedad?

Imaginemos por un momento un país donde el respeto estuviera por encima del enfrentamiento; donde el bien común pesara más que el interés personal; donde el ejemplo valiera más que los discursos.

Seríamos una nación mucho más fuerte. No solo en el deporte, sino también en nuestras familias, en nuestras escuelas, en nuestros lugares de trabajo y en nuestra forma de convivir.

PASE LO QUE PASE EN LA FINAL, Luis de la Fuente ya habrá conseguido una de las mayores victorias que puede alcanzar un líder: demostrar que todavía es posible unir a personas muy diferentes bajo un mismo escudo.

“Porque las copas llenan las vitrinas, pero

Los valores son los que llenan el corazón y construyen el futuro”.

Juan Francisco Casas Muñoz
Maestro de Religión en centros públicos de Granada
Diplomado en Magisterio y Licenciado en Ciencias Religiosas

Redacción

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Comentarios

Una respuesta a «Don Luis de la Fuente. Reflexión sobre «La fuerza de liderar con valores»»

  1. José Ruiz García

    Magnífico artículo, Juan Francisco.

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