Una tarde de verano, a una hora en la que el calor ya había remitido, me ocurrió algo extraño en la vega que no puedo dejar de referir. Sucedió hace unos años; la verdad es que no sé por qué lo he mantenido en secreto tanto tiempo, quizá porque no me he atrevido a revelarlo al considerar que los demás podrían creer que se había tratado de una alucinación o de un hecho que ha sido inventado simplemente por mí. Cada cual podrá pensar, cuando lo relate, lo que quiera, igual que pasa en realidad con cualquier suceso que se cuente.
Me había alejado más de lo acostumbrado. Por un camino que discurría entre plácidas hazas sembradas de maíz, había llegado hasta el límite de una frondosa chopera, en la cual me había internado alguna vez. Después de haber alcanzado aquel punto, me había quedado parado, sin saber si seguir. El sol había comenzado a declinar, desparramando sus oros por la vega. Reinaba en aquel lugar entonces un silencio absoluto, un silencio sobrecogedor. Transcurrieron unos momentos de indecisión, durante los cuales continué detenido, justo donde principiaba la chopera. Aquella tarde no tenía nada que hacer, por lo que resolví que podía alargar el paseo. Sin embargo, de pronto me pareció advertir un brillo extraño entre las hojas de uno de los chopos. Era un rayo de luz que se había posado en una rama, un rayo refulgente que no debía proceder del sol que declinaba. Dudé un instante si no se trataba de un espejismo, provocado acaso por la soledad del sitio; pero después tuve claro que no era producto de una impresión mía, sino que era en efecto un rayo muy brillante que casi cegaba al mirarlo. No sé lo que tardó en apagarse, quizá veinte o treinta segundos, durante los cuales pude pensar que estaba siendo testigo de un fenómeno que no era normal. Aquello verdaderamente carecía de una explicación lógica; había sido un rayo, un resplandor muy intenso que había quedado prendido de la rama del chopo y que quizá encerraba un significado o un mensaje que estaba dirigido precisamente a mí, aun cuando en aquel momento yo no lo supiera interpretar.
En la vida no suelen producirse hechos como aquel; ocurren acaso de vez en cuando, en momentos especiales. Quizá se debiera al encanto o a la magia que tenía aquel lugar a una hora determinada de la tarde, a una serie de factores que concurrieron entonces. Había sido, con todo, un suceso inaudito que escapaba a la realidad. Yo, por lo menos, así lo tengo, por lo que prefiero no darle más vueltas. Pertenece quizá más al mundo de lo soñado, al campo de la irrealidad. Por eso he dado cuenta de él en este relato, en esta especie de crónica de lo que me sucedió aquel día de verano en un paraje solitario de la vega.
Lo real convive con lo maravilloso: es algo que he aprendido con el tiempo, aunque lo maravilloso es ciertamente más raro, ya que solo se manifiesta en contadas ocasiones, en instantes determinados. Basta con creer en esto, con no quedarse con lo que acaece a diario. Es cosa tal vez del alma, de un estado del alma que propicia que ocurra algo prodigioso. Desde que vi aquel rayo o aquel resplandor tan intenso, no he dejado de esperar que de un momento a otro vuelva a producirse un suceso extraordinario. Quizá sea esta espera el mayor aliciente de la vida, ya que lo peor es la costumbre, la adecuación a una rutina, a una repetición de actos que siempre conducen a lo mismo. Con el cultivo de la fantasía se evita, por el contrario, caer en el conformismo, así que es necesario cultivarla para seguir creyendo en el misterio.





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