Del 1 al 3 de julio, el municipio granadino ha acogido la tercera edición del festival, dirigida por Alicia Choín y Antonio J. Caballero, con el taller de escritura creativa como corazón de una cita en la que quien presentaba una noche podía estar leyendo su propio poema la siguiente.
Del 1 al 3 de julio, Cenes de la Vega volvió a llenarse de versos. Fue la tercera edición del Festival de Poesía De Seda y Oro, dirigido, como en las dos anteriores, por Alicia Choín y Antonio J. Caballero. Detrás, otra vez, el Ayuntamiento de Cenes de la Vega, la Diputación de Granada y la Biblioteca Pública Municipal Elena Martín-Vivaldi.
En el cartel, obra de Sergio Rojas, había un verso a modo de advertencia: «Lo que no sirve para nada es lo único que nos salva», clara alusión al conocido ensayo de Nuccio Ordine, titulado La utilidad de lo inútil.

Cada noche tuvo quien la abriera: Mariola Fernández el miércoles, Brigi Egea y Antonia Pérez el jueves, Raimundo Iáñez y Ana Alganza el viernes. Casi ninguno venía de fuera, porque la mayoría escribe también en el taller de Escritura Creativa, así que quien presentaba una noche podía estar leyendo su propio poema la siguiente.
El taller
Buena parte del año del festival no pasa por el escenario. Pasa por el taller de escritura que coordinan Antonio J. Caballero y Alicia Choín, del que salió el cuadernillo Libreto de Seda y Oro.
Cristina Zarca hizo hablar a la muerte en primera persona -sin gótico, sin sustos, como quien presenta a una vieja conocida-. Al lado, Curro Checa dejó un templete quieto en medio de una plaza mientras la vida seguía pasando alrededor. ¿Y si la prisa fuera el problema? Eso pregunta, sin decirlo del todo, Brigi Egea, que escribió un elogio de la lentitud, la vida bebida a sorbos lentos. Ana Alganza, mientras tanto, soltó un jilguero y dejó que la sintaxis volara con él.

Otros textos hablaban de fechas. Hay una fecha -1986- que a José Antonio Rodríguez le sirvió de resorte para volver a una Granada que se transformaba. Candela Toro, en cambio, prefirió una orden por título: Bájale la voz a eso, Lucía, y todo lo que se calla debajo en la violencia de género. Luis García Doménech se rió de sí mismo llamándose «juntaletras» y contando su propio miedo a la página en blanco; Carlos María Orcaizaguirre, más serio, se preguntó dónde viven los recuerdos cuando el sitio ya no está.
Y así también, otras autoras, como Antonia Pérez convirtió su Oración en refugio, ante la pérdida inexorable del padre, con más recogimiento que rezo. Raimundo Iáñez se quedó con las huellas que el viento borra y que el suelo, tozudo, recuerda. E Inés Ruiz -que firma como Habitante del Borde– metió las moscas y el sudor justo donde otros ponen el campo idílico. Hay más nombres en el cuadernillo; si bien estos fueron los que leyeron el miércoles en el acto celebrado con el taller de escritura creativa y literaria.
Los invitados
Los tres eventos estuvieron presentados por Monserrat Muñoz, y Tacho Ladrón de Guevara, alcaldesa y conceja de Cultura, respectivamente, y por Elisa Hurado y Maribel Valenzuela del área de cultura, la primera y de comunicación, la segunda. Siete poetas han subido las dos noches, más un cantautor. Cada uno trajo un poema que el grupo Alendra ya había convertido en canción, con Álvaro García al piano y a la guitarra, Carolina como voz solista, y Mamen y Titi coristas.
La presentación de los componentes del taller de escritura que se ofrecieron a leer sus textos, la hizo Mariola Fernández. El jueves presentaron Brigi Egea y Antonia Pérez, y el viernes Ana Alganza y Ray Iáñez.

El jueves abrió el Festival, la cónsul honoraria de Francia en Granada, Françoise Souchet, para quien esta edición confirmaba el buen trabajo que se había hecho en las dos ediciones anteriores. Con elegancia y espíritu de fraternidad y amor por la cultura dió paso a la poeta Katia-Sofía Hakim. Uno de sus poemas fue Halógena, en el que se habla de un insecto que se quema sobre una bombilla mientras, al lado, alguien escribe; lo que queda no es el cuerpo, es el olor del tiempo de las derrotas. Sabina Bengoechea, en Compartiendo leyendas, puso a dos personas tumbadas en la hierba a contarse la historia entera del mundo, hasta que el relato se les vuelve piel. De Juan José Castro se escuchó Si han de decir entonces, un elogio que rechaza el elogio fácil: pide que recuerden a su padre por lo esencial, aunque también por los méritos. Un poema calladamente desgarrador. Y cerró Rosa Morillas, con una educación sentimental hecha de cosas menudas -el padrenuestro, el NO-DO, Dylan, Sinatra– que termina en inglés y sin escapatoria: «I am alone again, naturally».

Al viernes le tocó al cantautor Danieldoce -Daniel Morales Escala-, que convirtió Qué bien te sienta la vida en una declaración de amor al paso del tiempo donde cada arruga cuenta como una obra bien hecha. Mario Rodríguez se fijó en una mendiga que carga sus bolsas por la calle y preguntó con ironía y ternura por lo incómodo: qué llevamos dentro que ya no sirve y aun así no soltamos: ¿por qué no podemos o por qué no hemos aprendido a deshacernos de lo que ya no nos sirve? Paula R. Bouzas metió los accidentes de una vida en un alambique y dejó Destilación abierta a una duda, si es que tenemos algún poder sobre lo que esa vida termina destilando. Cerró la noche Juan Manuel Navarro Alfaro con El alma sorprendida, que le da la vuelta al milagro: lo que te rompió es lo mismo que te repara. Un alma, la del autor de La mujer de esparto, experta en la respiración salmódica del poema.
En la plaza, Line comentaba su agradecimiento a las “hadas” de Alendra, al acompañamiento de Álvaro y a la sensibilidad de los poetas, todo le había hecho sentir mucha emoción. Livia decía el viernes por la noche que había sentido en su corazón como si se hubiera hecho un “lifting en el alma”; el poeta Mario Rodríguez afirmaba haber sentido una experiencia muy especial e inolvidable. Flotaba en el aire una sensación de reparación y de encuentro con cierto sentido de la vida a través de la poesía. El poeta Fernando Jaén, que estaba el viernes entre el publico, señaló que había sido una noche mágica. Teresa refería la sensibilidad de la poesía que se había hecho encuentro en la plaza, y, también, Jennifer contaba su emoción contenida. Paco y Carmen unían el amor, la fe y la cultura, y Nino sentenciaba que el festival había estado lleno de magia y encuentro. La poeta Rosa Morillas hablaba de que todos somos iguales y que todos queremos las mismas cosas y por eso su poesía, la poesía, había llegado tan hondo. Aresu comentaba el asombro propio como potencia para transformar el mundo.

El texto de despedida, firmado a cuatro manos por Choín y Caballero, tira del filósofo Gadamer para explicar lo que pasó esos días: la fiesta como la forma más plena de comunidad, ese sitio raro donde nadie es un extraño. Cerca andaba Paul Celan, para quien un poema podía ser un apretón de manos. Y una frase de María Zambrano quedó flotando: quien escribe no busca salvarse solo, prefiere hacerlo acompañado. El misterio se entrevé mejor, más amplio, en los rostros convocados en el yo-tú, como nos dejó escrito Buber.
Al fondo, la imagen que le da nombre al festival: una seda que se teje despacio y que, sin que nadie sepa muy bien cómo, se acaba volviendo oro.
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