José A. Delgado: «Aromas»

La vida está hecha de aromas. La vida es la sucesión de los olores agradables que hemos inhalado desde la niñez hasta la vejez. Y aunque nos hagamos mayores, después de tantos años, todavía siguen ahí escondidos en esa parte de la memoria donde se guardan los recuerdos que nos impactaron.

Se me quedó grabado el olor de la vieja goma de borrar “Milán” (y digo vieja porque nació en 1918) con la que desaparecían los tachones que echábamos en la plana limpia de nuestro recién estrenado cuaderno “Rayas”. Nos daba mucho pudor comprobar que con nuestros rayajos lo estábamos prostituyendo, tal era su blancura; el de los lápices de colores “Alpino” pues nos parecía un milagro ver el cromatismo que adquiría la página coloreada; o la esencia que desprendía la tinta que reposaba sobre el tintero de plomo colocado en un agujero de la parte superior del pupitre que compartías con tu compañero. No se me puede olvidar el aroma de los cromos de futbolistas, de actores de cine y de cantantes al abrir el sobrecito donde venían envueltos. Así mismo, nunca sabías si los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín, del Guerrero del Antifaz o de El Capitán Trueno te atrapaban más por los hechos que narraban o por el perfume que desprendían, especialmente si el ejemplar era nuevo y no de segunda mano.

En nuestro tiempo no existía la laca, esa sustancia líquida e incolora que se emplea para fijar el peinado, pero no importaba. Y es porque lo que sí asentaba, y bien, el pelo al cuero cabelludo era el fijador, una especie de pasta viscosa de color verde que nos ponían las madres para colocar el tupé rebelde en su sitio, el elemento más significativo del peinando, y que no había viento huracanado capaz de menearlo: desprendía un aroma dulzón que nunca olvidaré. Igualmente me parecía sublime la fragancia que emanaba la colonia sin marca (dado que se compraba a granel) que me echaba el peluquero al finalizar el pelado.

Cómo no recordar la esencia del picón creado por los piconeros, uno de los espectáculos con los que disfrutábamos los niños. Se trataba de un producto muy menudo que se obtenía con las varetas de los olivos y con el que nos calentábamos durante los inviernos. Estos avezados profesionales apilaban miles de ramas en forma de montaña y les prendían fuego por debajo: después de cuatro horas ya estaba preparado para transportarlo a la carbonería. El momento más esperado era cuando daban por terminado su trabajo y los niños pasábamos a la acción recogiendo las varetas sobrantes con las que nos decorábamos la cara como fieros comanches. Durante la recolección de la aceituna al ser transformada en aceite en las almazaras, todo el pueblo se impregnada del aroma a “oro verde”; también la cafetería a la que cada domingo iba para que mi abuelo me soltara la paga rezumaba un olor intenso a café tostado; o los jazmines del patio donde los jóvenes movíamos el esqueleto durante el guateque. Si conseguías que tu chica pegara su cara junto a la tuya, hecho éste que ocurría sobre la sexta canción de “Los Pekenikes”, la esencia del olor de su pelo te duraba toda la semana hasta el siguiente guateque.

La matalahúva (“pimpinela anisum” o anís) es una planta muy delicada que crece en terrenos especiales del campo junto a los olivos. Me colocaba dulcemente con los puros que hacíamos con las hojas blancas de nuestro cuaderno. Estos puros nos los fumábamos en grupo en el gallinero del cine de verano “el Recreo” contemplando las películas de Joselito, Marisol o Antonio Molina. Los granitos de anís, al quemarse, olían muy bien e impregnaban de un agradable aroma todo el recinto, incluido el palco donde se sentaban los espectadores pudientes. Pues bien, parece ser que a estos remilgados el olor no les gustaba, y al grito de ¡fuera!, ¡fuera!, ¡fuera!, nos invitaban a marcharnos. Nosotros nos resistíamos, pero algunas veces éramos desalojados por los municipales de forma violenta. Entonces reclamábamos que nos devolvieran el dinero de la entrada alegando que en ningún sitio estaba escrito que no se podía fumar matalahúva: ¡una batalla a todas luces perdida!

Las comidas, ¡cómo no!, tienen su sabor; pero el de las guitarras era especial con el añadido que se complementaba con el aroma que desprendían, muy característico y penetrante. Se trata de un potaje de habas secas y berenjenas con su correspondiente sofrito que toma este nombre de la forma de guitarra que tiene el haba partida por su mitad: cada vez que veo las habas en cualquier comercio me viene el olor de este alimento. Otro aroma, ahora de mayor que siempre recuerdo, es el que desprende el vino fino de la “Raja” de la taberna de “En Ca Pepe”. Dicho vino era servido directamente de la barrica a la copa que los clientes tomábamos aposentados en unos veladores de mármol blanco. Este caldo, de enorme calidad, duerme guardado durante muchos años en “La Rajá”. Esta barrica se llamaba así porque tiene en su vientre una raja por la que muy lentamente supura el vino dándole a la grieta un aspecto de cera derretida. Solo los valientes se atreven a beberlo.

Los otros olores, que también han formado parte de mi vida y que no he podido olvidar, han sido el del queso amarillo que nos daban en la escuela, el del pan recién hecho al abrirlo para hacer el hoyo, el de las plumas del pollo mojadas en agua hirviendo para desplumarlo y hacer el arroz, el del horno cuando elaborábamos los dulces de Semana Santa y el de la tierra mojada por la lluvia cuando escampaba y salí el sol. Los aromas de mi vida. ¡Qué agradables recuerdos!

José A. Delgado

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