No hay nada en la vida que no tenga un sentido, un significado profundo. Aunque se crea que las acciones son rutinarias y que están encaminadas a un fin concreto, siempre existe un designio misterioso que las dirige y orienta, un empuje ciego que las mueve para que se cumpla. Es algo de lo que uno se da cuenta al cabo del tiempo, después de un periodo más o menos de prueba. Es muy difícil, ciertamente, creer en lo que no se ve, en lo que está más allá de la realidad que captan los sentidos. La rutina aliena, convierte al individuo en un ser que se limita a seguir una serie de pasos, de los cuales no osa desviarse por considerarlo innecesario o inútil. Durante muchos años, yo me he visto involucrado en esa alienación y he pensado que no debía salirme de la cadena, porque si lo hacía corría el riesgo de perderme.
Sin embargo, a partir de un momento, como dije, empecé a advertir que estaba equivocado y que la vida no es tan simple como parece. Fue algo así como una revelación, como una idea que de pronto comenzó a aletear en mi conciencia. Consideré, tras ese momento de inspiración, que nada tendría valor en el mundo si no existiera una verdad oculta que lo sustenta, por lo que llegué a la conclusión de que debía cambiar el concepto que había tenido de las cosas, de las decisiones que se toman para conseguirlas.
Con esta nueva mentalidad, viví de un modo muy distinto a como antes había vivido, sin los rigores y el pragmatismo que me habían guiado. Era muy sencillo, ya que no había de estar pendiente de los resultados, de los logros que obtuviera de mis actuaciones. Nadie, en realidad, me habría de examinar de lo que hiciera o de lo que dejara de hacer. Lo importante consistía en creer que mi existencia obedecía a un proyecto y que los actos que emprendiera formaban ya parte de él, así que solo tenía que cumplir con lo que me correspondía, tal vez desde antes que naciera. Ese era el sentido, el significado profundo al que me refería al principio, con el cual todo cobra importancia. Cualquier instante es decisivo, ya que está integrado en un plan, en un conjunto en el que las piezas se hallan perfectamente encajadas, con una trabazón entre ellas que asegura su estabilidad.
El azar no existe, como muchos piensan; cada hecho es ejecutado por una voluntad, por un deseo de llevar algo a cabo, aunque sea mínimo, un suceso que parece trivial. Es una obra que por sí misma tiene repercusión y que por tanto debe ser apreciada de forma particular, como si constituyera la plasmación de un objetivo prioritario, del cual depende el cumplimiento de los siguientes propósitos. La vida, según esta manera de pensar, ya no se reduce a un mero existir, a una mera sucesión de acontecimientos; la vida, tal como yo la vi desde que se produjo en mí aquel cambio, es lo más valioso que se tiene, ya que consiste en el mayor regalo, en el mayor don que se recibe cuando se nace.
Nada hay, en efecto, intrascendente. El sol que anuncia el día por la mañana es una llamada a la esperanza, ya que invita a confiar en el porvenir. El café con el que uno espabila la mente, a veces en compañía de los amigos, se convierte en el punto de inicio de una larga jornada, cuyos frutos se irán concatenando. Cada una de las labores que se realizan es un paso que se da, un nuevo avance en el camino que estaba previsto desde el inicio. Los descansos que se toman en el transcurso de esas tareas sirven para reponer fuerzas, con las cuales habrá que seguir progresando. La jornada es larga, pero acaba siendo productiva; se compone de etapas, de fases distintas que es necesario cubrir para alcanzar el final. Los momentos de fatiga son inevitables, pero han de superarse con la confianza que ya se tiene, con el empuje que se ha ido renovando. El sol, al llegar a su ocaso, indica el término del día, tras el cual se sucederán el crepúsculo y la noche. El espíritu se siente colmado de bienes, henchido de plenitud, cuando se han cumplido los deberes. Es un premio, una clara señal de que todo se ajusta a un alto destino. La conformidad con este hecho es lo que otorga al alma la mayor alegría, el más hondo gozo de cuantos pueda sentir. Ya la rutina ha desaparecido, pues lo que se vive no es una prolongación de lo anterior, sino que constituye una novedad, una oportunidad única que se aprovecha en el devenir del tiempo. Solo basta saberlo para considerarse importante, para comprender que se ocupa un lugar en el gran espacio del mundo y que en ese lugar se ha de culminar una extraordinaria empresa, con la cual se beneficiarán otros, porque no hay nada que no esté interrelacionado con otras realidades. Lo que se culmina no es algo individual, pues se encuentra incorporado a una empresa más grande, con la cual se logra la felicidad universal.
Desde que lo sé, trato de vivir con intensidad cada instante, ya que es lo que me asegura que me hallo en la ruta verdadera. Cada instante es irrepetible; es una ocasión que de improviso se presenta y que debo explotar como si fuera la última, porque tal ha de ser la actitud con que se afronte la existencia.
Es el alto destino al que aludía, el punto supremo al que se dirigen todos los pasos, al que se encaminan todas las voluntades, unidas por un acuerdo unánime, por un anhelo común de encontrar un significado trascendente a los quehaceres y a las ideas que los presiden.
El sol que se derrama por los campos, la lluvia que vela el paisaje en una tarde de invierno, las arboledas teñidas de ocre y amarillo en el otoño, el río de aguas diáfanas que hacia el mar avanza, las montañas con un turbante de nieve que al fondo se elevan, la callejuela empedrada en la que suenan los pasos insomnes de un caminante, la torre vetusta de una iglesia que sobre un racimo de tejados se alza, el atardecer de verano que se demora en un recodo del tiempo…, son estampas con las que mi alma queda embelesada, atraída por su extraordinaria belleza.
La sensibilidad se agudiza en quien descubre el verdadero sentido de la existencia, el fin al que se encaminan todos los actos que en su discurso se realizan, el alto destino que la gobierna. El deleite que proporciona la contemplación de la belleza, manifestada de diversos modos, es el último bien que se deriva de aquel descubrimiento. El alma, llegada a tal extremo de sensibilidad, goza de las gracias innumerables que a su alrededor encuentra, hasta el punto de que se siente afortunada, bendecida por quien las ha creado, por un Dios que es amor y entrega infinita. El agradecimiento que profesa a ese Dios que la bendice le sirve de eterno aliento, la lleva a verse unida con él, con el autor de la creación. Nada habrá ya que la aparte de esa unión, porque el amor que por él experimenta, en respuesta al suyo, es indestructible.
Dios propicia el encuentro: al alma que lo busca le facilita el camino, le guía los pasos para se halle con él, con el Amado al que ansiosamente ha buscado desde que él se le reveló varias veces y la dejó herida, llagada de un amor insaciable. Dios no defrauda: ilumina y se une a quien ha decidido seguirlo, a quien se ha desprendido de afectos mundanos para amarlo a él.
La fe induce a tener esperanza, aun cuando haya todavía momentos de cierta tibieza, en los que se ha dejado de sentir a Dios, como si se hubiera alejado o se hubiese escondido, porque es propio de la naturaleza humana que ocurra. La esperanza, que renace siempre, ayuda a seguir caminando, a no ceder en la determinación; es un sol que ilumina y que, después de un periodo de ocultación, vuelve a brillar con más fuerza, si cabe, que antes.
Tras la noche llega el día, anunciado por un fulgor sonrosado, por una corona de lumbres que aparece tras los montes del oriente, por una corona fúlgida que luego deviene en un sol altanero. Cada jornada es un adelanto de lo que se vivirá después, luego de que se cruce el umbral de la muerte, porque la muerte es solo un tránsito hacia la vida que no termina. Dios siempre se anticipa, da muestras de lo que el alma se encontrará en el cielo, en el reino de amor prometido, donde ya no habrá distancias ni sombras veladoras, pues todo ha de ser en él claro, gozo concentrado en un instante que se repite eternamente.
Cada tramo de la existencia tiene un valor, ya que forma parte de un itinerario, de un plan establecido. Es necesario creer para que los tramos de existencia que se recorren cobren importancia, para que nada de lo que suceda quede aislado, como un objeto que se arrumba porque ya no sirve. A lo largo del camino cualquier experiencia es válida, cualquier pensamiento que se tenga es útil para alcanzar la meta. El sentimiento de gratitud engrandece el espíritu, disponiéndolo para afrontar el futuro con ánimo encendido, con voluntad creadora. Se agradece el hecho de estar vivo, de poder disfrutar del presente, de caminar con la certidumbre de que Dios no se equivoca. La vida es maravillosa si con esa actitud se contempla, pues ha sido diseñada para que el ser humano la goce, para que se recree con cada una de sus manifestaciones, aunque en un principio estas no revistan la apariencia que se desea. Con el tiempo se llega a tener una valoración más justa de las cosas, pues hay vivencias a las que en su momento no se les da la relevancia que merecen. Del pasado siempre se saca alguna lección, aunque es natural que a veces se añore. Las oportunidades perdidas ya no vuelven, por lo que no queda más remedio que aprovechar las que a continuación se presenten, ya que no habrán de faltar ocasiones de las que se pueda obtener un gran beneficio. Siempre hay que pensar que lo mejor está aún por llegar, quizá el mayor tesoro, un tesoro de orden espiritual que reconforte y anime a seguir caminando.
El deterioro de la mente proviene del cansancio; el corazón, si deja de conmoverse, también se desgasta. Son la fe y la esperanza que de ella se genera las que rejuvenecen, las que insuflan nuevos bríos y calor a la mente y al corazón para que den cada vez mejores frutos. De ese modo los contratiempos contribuirán a que el individuo se haga más fuerte, a que se crezca ante ellos. Los contratiempos son en realidad inevitables, de tal manera que no se puede concebir la vida sino como una continua lucha, como un intenso combate contra la adversidad, contra los males de diverso signo que a lo largo de los años sobrevienen. Se trata de pruebas que se han de superar con la seguridad que reporta la fe en el Señor, la conciencia de que se está cumpliendo con un trascendental deber. Es lo que otorga la paz de espíritu, la satisfacción de haber combatido, de haber disfrutado de los bienes que deparaban los instantes vividos. Es una paz que no debería confundirse con la que se obtiene después de un enconado conflicto, con la que se produce tras un duro enfrentamiento; no consiste en una tregua, acordada con bandos contrarios, con individuos que tienen ideas y pensamientos distintos. Es un estado que nace del interior de la persona, de lo más profundo del ser, como algo íntimo que resulta del amor y la armonía que reinan en el espíritu.
Ninguna fuerza podrá oponerse ya a quien ha hallado la verdad que alumbra, la luz que no engaña y que conduce a la gloria. Dios, con su amor infinito, desbrozará el camino que lleva hasta él, igual que guio y protegió a su pueblo escogido para librarlo de la persecución de Egipto. Él obra maravillas, favorece al humilde y al desvalido y derriba del trono al poderoso. Es un Dios que asiste y que envía el alimento necesario para continuar avanzando en medio del desierto. Todo obstáculo se salva y todo retorcimiento se endereza con su asistencia, con su aliento que nunca falta.
Siempre hay que tender la vista hacia el horizonte que delante de sí se tiene, tratando de vislumbrar lo que detrás de él hay, porque solo así se encuentra un sentido a lo que se discurre o a lo que se hace en un determinado momento, en un presente que se antoja continuo. Hay, en efecto, algo más, una plenitud que está esperando, una alegría que se prolonga si no se pierde la fe, si se sigue confiando en el Todopoderoso.
El prodigio ocurre cuando se posee tal mentalidad, cuando ya nada es como se había creído. Se ha producido un cambio significativo, a partir del cual lo que acaece no es visto como fruto de la casualidad. Cualquier imagen que ofrezca la naturaleza será bella, aun cuando esté difuminada por la lluvia o tenga los colores deslavazados del invierno. Los campos en los que predominan los grises y los sienas, aunque los ilumine un sol enfermo, tienen un encanto que no se halla en otras épocas del año. Un chopo, desnudo de hojas, parecido a una estatua desangelada, es una figura atractiva, lo mismo que lo será cuando se cubra de fronda y se revista de gracia en la primavera. Los días fríos en los que sopla un viento impetuoso parecen el anuncio de un tiempo nuevo, de un tiempo de restauración. La nieve que tapiza las altas montañas es un símbolo de la pureza, de la belleza sin mácula que las almas tienen cuando al cielo aspiran.
Para un espíritu sensible y renovado, no hay nada que sea desagradable o triste o carente de valor. Es un espíritu que transforma lo que ve, convirtiéndolo en objeto admirable, digno de ser representado de una forma artística. Siempre halla un significado profundo gracias a la intuición que tiene, al elevado vuelo que lo transporta.
Ha llegado un momento en que solo aspiro a estar en paz conmigo mismo, con lo que he sido en el pasado, aunque en él haya cometido numerosos fallos. Con esta actitud aguardo el porvenir, un porvenir que a buen seguro estará cargado de continuas sorpresas. Verdaderamente resulta inaudito: a veces tengo la impresión de que lo que vivo es un cúmulo de vivencias o de que viene a ser un resumen de todo cuanto he experimentado. No me mueven ya deseos espurios, sino una determinación firme, surgida del discernimiento a que he llegado después de haber comprendido cuál es la alta misión que he de cumplir.





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