Imagen alegórica (creada por IA) del camino hacia la felicidad bajo la inspiración de tres autores fundamentales citados en el texto.

José Antonio Fernández Palacios: «En busca de la felicidad: una meditación»

«Más que el hedonismo, lo que habría que inculcar en los individuos es el “espíritu de resistencia” para que así, al menos, sean capaces de hacer frente dignamente a las dificultades propias de la vida»

La pregunta por la felicidad es tan antigua como la propia humanidad. Ha acompañado a filósofos, religiones, sistemas políticos y a cada individuo que, por los azares de la existencia, siente en su fuero interno la necesidad de darle una respuesta más honda. De ahí que, a raíz de una dura experiencia personal que he tenido que afrontar, esa pregunta haya adquirido para mí un renovado interés. A fin de ensayar una respuesta a la misma, echaré mano de un artículo periodístico (“En busca de la felicidad”) del prestigioso psiquiatra Enrique Rojas que, años atrás, trabajé con mis alumnos de bachillerato en clase. A veces, uno redescubre textos que parecían agotados y que proyectan una insospechada luz nueva.

Enrique Rojas, en su escrito, maneja una concepción muy clara de la felicidad: esta consiste en una sensación duradera y agradable que resulta de constatar que, a lo largo de la vida, se han cumplido en gran medida nuestros planes iniciales. Esa formulación, tan serena como exigente, presupone la existencia de un proyecto de vida previo, algo que muchos olvidan. No se puede ser feliz sin haber querido algo con profundidad; tampoco cuando se desea en demasía, hasta el punto de que la realidad no puede estar a la altura. La felicidad requiere dirección y mesura, dos bienes escasos en tiempos acelerados.

En el decurso de la historia, se han ofrecido múltiples contestaciones en ese sentido. Para Aristóteles, la felicidad consistía en el cultivo de la vida contemplativa, en el despliegue de la razón —esa facultad específicamente humana— hasta su culminación. Frente a ello, Epicuro proponía un camino más humilde: la ataraxia, la ausencia de turbación, el sosiego interior. Las religiones monoteístas situaron la plenitud en la trascendencia; el budismo, en el nirvana que extingue el deseo. Incluso los proyectos políticos, como el comunismo, soñaron con una felicidad colectiva erigida sobre la abolición de la propiedad privada y la supuesta llegada de una humanidad reconciliada consigo misma. Distintas respuestas a un mismo anhelo.

Rojas, sin embargo, aborda la cuestión desde una perspectiva contemporánea y psicológica. Para él, la felicidad depende de cuatro pilares fundamentales: amor, trabajo, cultura y amistad. Conviene detenerse, a continuación, en lo que afirma respecto de cada uno de ellos.

Del amor, que colma las necesidades afectivas del ser humano, señala Enrique Rojas algo esencial: «No hay felicidad sin amor ni amor sin renuncias». Cuando existe verdadero cariño dentro de una pareja, pueden afrontarse las dificultades de la vida; pero cuando el amor falla, los demás logros no compensan esa carencia. Amar, además, implica convivir con otro ser humano —necesariamente imperfecto— y, por tanto, saber aceptarlo, con sus defectos y sus virtudes, así como transigir en lo necesario, siempre dentro de ciertos límites.

El segundo pilar es el trabajo, entendido no como mera obligación, sino como espacio de realización individual. Rojas reivindica el amor por el trabajo bien hecho, por la profesionalidad rigurosa, por el gusto de cuidar los detalles. En un mundo donde la prisa degrada la excelencia, sus palabras suenan casi a proclama moral.

El tercer elemento es la cultura, que, más allá del disfrute que puedan proporcionarnos sus diversas manifestaciones, constituye un manto protector frente a la intemperie vital. Quien posee cultura no está nunca del todo desamparado: comprende mejor el mundo, interpreta sus golpes con más recursos y se siente menos perdido en medio de la incertidumbre. La cultura —lecturas, arte, conocimiento— no es un lujo, sino una forma de sostenerse en pie.

Finalmente, en la amistad halla el sujeto bienes de inestimable valor: apoyo, comprensión y enriquecimiento personal a través del intercambio de ideas y experiencias. Como señala atinadamente Fernando Savater en Ética para Amador, «Como no somos cosas, necesitamos “cosas” que las cosas no tienen»; entre ellas, la amistad ocupa un lugar preeminente.

Pero la felicidad no es sólo construcción: también puede ser obstaculizada. Rojas identifica dos grandes enemigos: no tener una concepción razonable de la felicidad y poseer una personalidad poco equilibrada. El primer problema puede darse por defecto —cuando uno no sabe lo que quiere— o por exceso —cuando se pretenden metas desmesuradas que inevitablemente llevarán a la frustración—. El segundo impide convivir con los demás y convierte la vida en una secuencia de fricciones que amargan incluso los momentos luminosos.

Asimismo, Enrique Rojas critica con acierto el hedonismo contemporáneo, esa mentalidad ampliamente difundida que convierte el placer inmediato en criterio último de la vida y que, en consecuencia, representa una «mala escuela» para arrostrar la existencia. Los individuos imbuidos de esa lógica se hallan mal preparados para encarar los golpes que, de manera inevitable, la vida les depara: si todo debe ser fácil y gratificante, cualquier dolor se vuelve insoportable. De ahí que su planteamiento converja con el del pensador Heleno Saña, quien subraya la necesidad de fomentar en las personas, antes que nada, un auténtico «espíritu de resistencia», capaz de permitirles, al menos, hacer frente con dignidad a las dificultades inherentes a toda trayectoria vital.

Ese estoicismo que, a fin de cuentas, es lo que está reivindicando Heleno Saña permite comprender un fenómeno que, a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, acostumbrados a vivir rodeados de comodidades y confort, nos resulta profundamente paradójico: que algunas personas hayan sido capaces de sentirse felices incluso en medio de circunstancias extraordinariamente adversas. Los casos de Tomás Moro, Václav Havel o Víctor Frankl constituyen buenos ejemplos de ello. El primero, filósofo y político inglés, autor de la célebre Utopía, afrontó la prisión y la muerte antes que renunciar a sus convicciones religiosas y reconocer la supremacía de la nueva Iglesia de Inglaterra creada por Enrique VIII. El segundo, escritor, dramaturgo y futuro presidente de Checoslovaquia, sufrió persecución y encarcelamiento por su oposición al régimen comunista de su país. Y el tercero, psiquiatra austríaco de origen judío y autor de El hombre en busca de sentido, sobrevivió a los campos de exterminio nazis para afirmar posteriormente que incluso allí había descubierto el sentido de la vida y la dignidad del ser humano. En todos ellos la felicidad no parece identificarse con el bienestar material ni con la ausencia de sufrimiento, sino con la conciencia de servir a una causa o unos valores considerados superiores. No en vano, para el antiguo estoicismo, la verdadera felicidad residía en el ejercicio de la virtud antes que en las circunstancias externas de la existencia. Quien obra conforme a ella puede conservar su dignidad e incluso su dicha interior allí donde otros únicamente percibirían desgracia y sufrimiento.

Añadamos, por último, una consideración de carácter político, ajena al citado artículo, sobre el asunto que nos ocupa. En materia de felicidad, al Estado le corresponde únicamente implementar condiciones de igualdad de oportunidades para que los ciudadanos puedan desarrollar sus propios proyectos de vida que les lleven a alcanzarla. En ese empeño juega también un papel destacado la fortuna, que se cifra, ante todo, en gozar de buena salud, sin la cual el «negocio de nuestra beatitud» resulta apenas concebible. La felicidad es, en esencia, una cuestión privada, no un objetivo público. Cuando los Estados se obsesionan con hacer felices a sus ciudadanos, suelen hacerlo a costa de su libertad y, con ello, los vuelven, paradójicamente, menos dichosos. Como recuerda Fernando Savater en Política para Amador, «Los gobiernos no pueden hacer feliz a nadie; basta con que no le hagan desgraciado».

[NOTA: Un extracto de este artículo se ha publicado en la sección de Opinión del diario IDEAL correspondiente al miércoles, 29 de junio de 2026, pág. 19]

Jose Antonio Fernández Palacios

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