En este cuadro de El Cañero de la Casa de Buenos Aires, se pueden observar las dos puertecitas que daban acceso al Partidor de Manflor

Pepe R. Sánchez: «El agua de mi infancia»

Quiero dejar escritas estas líneas para que no se pierdan los recuerdos de mi infancia junto a la acequia de Aynadamar, un agua que durante casi mil años dio vida a Granada y que también alimentó nuestros juegos, nuestras ilusiones y la memoria de un barrio entero.

Desde los siete hasta los dieciocho años viví en la calle Fajalauza, esquina con el callejón de Aynadamar, en la conocida Casa de Buenos Aires. Era una casa de vecinos como tantas existían entonces en el Albaicín: doce familias compartiendo patios, un pilón, una gran tinaja alimentada por el agua de la acequia, dos retretes comunes y unas pilas donde las mujeres lavaban la ropa. Aquellas pilas eran, en ocasiones, escenario de discusiones entre las vecinas, aunque, por encima de todo, reinaban la solidaridad y la buena convivencia que nacen cuando la pobreza es compartida.

Sin saberlo, vivíamos sobre un auténtico tesoro histórico. En el interior de la casa se encontraba el Partidor de Manflor, al que los cañeros accedían por dos pequeñas puertas abiertas en la fachada. Aquel partidor, construido en tiempos del reino zirí, repartía el agua de Aynadamar hacia el Albaicín y sus huertas. Nosotros, los chaveas, no éramos conscientes del privilegio que suponía convivir con una obra de ingeniería casi milenaria. Hoy aquel lugar ha desaparecido, víctima de la especulación urbanística y de la piqueta, sustituido por unos adosados impersonales que nada tienen que ver con la arquitectura ni con el alma del barrio.

En aquella casa transcurrió gran parte de mi infancia. Todavía conservo la amistad de Manolo, compañero de aquellos años. Cada vez que nos encontramos, los recuerdos brotan como el agua de la acequia, porque hay vivencias que nunca dejan de correr.

También recuerdo las noches en casa de una vecina que tenía radio. Varias familias nos reuníamos alrededor del aparato, cubiertos con una manta para que el sonido no escapara al exterior, escuchando Radio España Independiente (Estación Pirenaica), y la BBC en español. Era la única manera de conocer unas noticias distintas de las que difundía Radio Nacional durante el franquismo. Yo era solo un niño, pero aún conservo grabada aquella imagen de silencio, miedo y esperanza.

Las Navidades tenían otro sabor. En Nochebuena las familias se reunían en el patio, compartiendo mantecados, polvorones, una copa de anís y villancicos albaicineros cuyas letras hablaban mucho más de la vida que de la religión.

Pero si hubo una auténtica protagonista de nuestra infancia fue la acequia. En verano, burlando la vigilancia de los cañeros, los chaveas nos bañábamos en el chorro que caía junto al monte Sombrero, al que nosotros llamábamos simplemente el Caidero. Aquellas aguas frías eran nuestra piscina. Reíamos, jugábamos y nos sentíamos dueños del mundo sin imaginar que estábamos disfrutando de una obra que llevaba siglos llevando vida a Granada.

Seguíamos el recorrido de la acequia como quien recorre un territorio de aventuras. Pasaba por un antiguo molino, entonces habitado y hoy en ruinas; cruzaba bajo la carretera de Murcia; llegaba a un pequeño partidor desde donde un ramal iba hacia el Albercón del Moro y otro descendía por la ladera del río Beiro, cruzándolo mediante un acueducto formado por un tubo metálico y terminando en un albercón circular por encima de la Casería de Montijo. Nosotros, inconscientes, caminábamos sobre aquel tubo como si fuéramos funambulistas, sin pensar en el peligro.

Desde el pequeño partidor, la acequia continuaba junto a la finca de los jesuitas, hoy Campus de Cartuja; atravesaba el cortijo de Tallacarne, cruzaba el callejón de Lebrija y, mediante un sifón, alcanzaba los Cármenes de Gadeo para llegar finalmente al Partidor de Manflor, desde donde el agua se distribuía por el Albaicín, alimentando aljibes, cármenes, huertas y las tinajas de muchas casas mediante una compleja red de atanores. Otro ramal llevaba el agua hasta el Monasterio de San Jerónimo, pasando por el Hospital Real y el Hospital de San Juan de Dios.

Plano con la localización del partidor de Manflor

La acequia no solo daba de beber a la ciudad; también alimentaba nuestra imaginación.

Frente a casa estaba la cerámica de Fajalauza. Fascinados por aquellos artesanos, los chaveas nos empeñamos en hacer nuestros propios cacharros. En algún descuido mangábamos un poco de barro santo y, junto a los amigos —entre ellos Mario, que vivía en el cortijo de Tallacarne—, construimos un pequeño horno excavado en un terraplén donde cocíamos nuestras piezas, intentando imitar las que admirábamos en los alfares. Aquellos juegos eran nuestra escuela de creatividad y de libertad, siempre acompañados por el rumor constante del agua.

La acequia también regaba los Cármenes de Gadeo, donde vivía mi amigo Cristóbal. Su padre cuidaba la huerta y nosotros aprovechábamos en verano cualquier ocasión para bañarnos en la alberca de riego, entre el verdín que flotaba en sus aguas. Aquella agua hacía fértiles también la Huerta de los Ángeles, el Carmen de la Cisterna y las huertas de la Albérzana. De ellas salían los tomates, las ciruelas, los higos y tantas frutas y hortalizas que abastecían al Albaicín. Todavía hoy estoy convencido de que aquellos sabores eran distintos porque estaban regados con el agua de Aynadamar.

Guardo infinidad de recuerdos de aquellos años. Para los niños fueron tiempos felices, llenos de aventuras y descubrimientos; para los mayores, en cambio, fueron años difíciles, marcados por las estrecheces y las preocupaciones.

Hoy, cuando camino junto a los escasos tramos que aún sobreviven de la acequia, no puedo evitar sentir tristeza. Pienso en la extraordinaria obra que los ziríes levantaron hace más de mil años y en cómo, en apenas unas décadas, hemos permitido que gran parte de ese legado desaparezca. Lo que comenzó a construirse en el siglo XI y fue cuidado y mantenido durante generaciones ha sido destruido en muy poco tiempo.

Sin embargo, entre tanta pérdida, también hay lugar para la esperanza. Quiero expresar mi agradecimiento a la Universidad de Granada por el esfuerzo realizado para recuperar el trazado de la acequia hasta el Albercón del Moro. Esa recuperación no devolverá el agua a los cármenes albaicineros ni hará revivir el paisaje agrícola que durante siglos alimentó al barrio, pero sí permitirá que vuelva a latir una parte de su memoria y que las nuevas generaciones puedan comprender el inmenso valor histórico, cultural y humano de esta obra excepcional.

Sirvan estas palabras como homenaje al agua de Aynadamar, a los cañeros que la cuidaron durante generaciones, al Partidor de Manflor, a la Casa de Buenos Aires y a todos aquellos vecinos que compartieron conmigo una infancia humilde, pero inmensamente rica en recuerdos. Porque, al fin y al cabo, el agua de Aynadamar no solo regó huertas y cármenes: también regó nuestra infancia, modeló nuestra forma de vivir y sigue corriendo, intacta, por la memoria de quienes tuvimos la fortuna de crecer junto a ella.

Pepe R. Sánchez

Redacción

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