Evocadora imagen de un vendedor de chumbos (IA)

Pepe R. Sánchez: «Tiempo de chumbos»

Voy a contar algo muy sencillo, de esas pequeñas cosas que formaban parte de la vida cotidiana de Granada y que, sin darnos cuenta, hemos ido dejando atrás. Algo que ocurría hace no tantos años, pero que hoy parece pertenecer a un mundo completamente distinto. Cuando llegaba la temporada de los higos chumbos, las calles de Granada cambiaban. Los vendedores ambulantes recorrían plazas, calles y rincones de la ciudad pregonando su mercancía con aquella voz inconfundible, alargando las palabras para que el pregón llegara hasta las casas:

– ¡¡¡Hiiigos chumboooos… qué buenos, qué dulces!!!

En las plazas y en las esquinas se instalaban aquellos humildes puestos ambulantes. Vendedores y vendedoras colocaban sus cestas llenas de chumbos y esperaban a los vecinos, mientras el pregón servía de reclamo para anunciar que ya había llegado aquella fruta tan humilde y, para nosotros, tan extraordinaria. En aquel tiempo, un higo chumbo era casi una pequeña joya de la gastronomía popular.

Recuerdo especialmente cuando el vendedor pasaba por la placeta de Manflor en el Albayzín. En cuanto se escuchaba su pregón, las vecinas de la casa de Buenos Aires salían de sus casas en busca de aquel hombre que, muchas veces, se colocaba en el poyete de la puerta con su cesta de chumbos y su cubo. No hacía falta mucho más: unas cuantas palabras cantadas desde la calle eran suficientes para despertar el deseo de probarlos. También recuerdo a mi madre entrando en casa con una fuente de Fajalauza llena de aquellos chumbos grandes, gordos, de colores verdes, amarillos o rojizos, que a nosotros nos sabían a gloria. El vendedor, con una destreza adquirida tras años de oficio, y con solo tres rápidos y certeros cortes, abría el chumbo y dejaba al descubierto su jugosa pulpa, ofreciéndolo directamente para que el comprador o la compradora pudiera tomarlo con sus propias manos. Pero comer chumbos tenía entonces todo un ceremonial. Hoy puede parecer extraño, pero para nosotros formaba parte de la fiesta. Mi madre me mandaba a la Venta del Álamo, que estaba enfrente de casa, con una botella para comprar anís dulce. Porque los chumbos, al menos en nuestra casa, se comían acompañados de un buen trago de anís. Y en aquello participábamos todos: mayores y pequeños.

Puesto de chumbos en Granada ::JRS

Los chaveas nos volvíamos locos de alegría cuando nuestras madres compraban los chumbos. En el patio de la casa de vecinos se organizaba entonces una pequeña fiesta. No hacía falta mucho para convertir una mañana cualquiera en algo especial: una fuente de Fajalauza llena de chumbos, una botella de anís y varias familias compartiendo aquel humilde manjar, era poco, pero para nosotros era mucho.

Al margen de los vendedores ambulantes, algunos de los muchachos mayores se aventuraban hasta las chumberas que entonces poblaban el cerro del Aceituno. Allí recogían los chumbos y regresaban con ellos en un cubo. Después venía otra operación imprescindible: quitarles las espinas, los echaban en el suelo del patio y, con una escoba, les daban una y otra vez, con cuidado, para desprender las diminutas púas. Aquello también formaba parte del ritual. No recuerdo que nadie tuviera prisa. Había tiempo para todo.

Sé de alguna familia numerosa que, por aquello de que cada peseta contaba, prefería acercarse hasta el mercado de higos chumbos que se instalaba a primera hora de la mañana en el paseo de los Basilios, entre el Puente Verde y el de las Brujas. Allí los chumbos se podían comprar algo más baratos y, cuando había que llenar la mesa de una familia con muchos hijos, aquellos pocos céntimos de diferencia suponían un pequeño alivio para el bolsillo.

De aquellos días conozco una pequeña historia protagonizada por una familia numerosa, una historia sencilla y entrañable que el paso del tiempo no ha conseguido borrar y que bien merece ser recordada. Una vez hecha la compra, la familia emprendía el camino de regreso hacia el Albayzín con su cargamento de chumbos. Pero el regreso tenía una parada obligada: la plaza de la Mariana. Allí, en el Café Fútbol, compraban una botella de anís y, en lugar de continuar directamente hacia casa, se sentaban un rato en los escalones de la plaza. Y allí comenzaba el pequeño festín.

El padre y la madre se afanaban en preparar los chumbos, pelándolos con cuidado y repartiendo uno a uno entre sus hijos. Los pequeños esperaban impacientes su turno y, en cuanto recibían el suyo, lo devoraban con aquella alegría que solo los niños saben poner en las cosas sencillas. Los padres, mientras tanto, los miraban satisfechos, disfrutando tanto como ellos al ver sus caras de felicidad ante aquella fruta tan humilde.

Entre risas, comentarios y alguna que otra broma, los chumbos iban desapareciendo poco a poco, mientras el anís acompañaba aquel sencillo banquete. Para aquella familia albaicinera no era simplemente comer unos chumbos: era compartir juntos un momento de felicidad.

Visto desde hoy, puede resultar difícil entender que algo tan sencillo pudiera producir tanta alegría, pero entonces las cosas eran diferentes, había menos de todo y, precisamente por eso, aquellas pequeñas ocasiones tenían un valor enorme.

Hoy, naturalmente, sería impensable que los niños participáramos en aquella celebración bebiendo anís, las costumbres han cambiado y, afortunadamente, también lo han hecho muchas cosas. No pretendo reivindicar aquella forma de vida ni mucho menos idealizarla. Aquellos años estuvieron marcados por la escasez, la pobreza y muchas dificultades que no debemos olvidar, pero sí quiero rescatar algo que quizá hemos perdido por el camino: la capacidad de disfrutar de las cosas pequeñas.

Así se venden los chumbos en la actualidad ::JRS

Ya no se pregonan los chumbos por las calles de Granada, todavía podemos encontrarlos en algunos puestos, pero ya no es habitual escuchar aquella voz anunciándolos de esquina en esquina, tampoco salen las mujeres de las casas con una fuente de Fajalauza en busca del vendedor. Hoy, muchas veces, el chumbo nos llega ya pelado, limpio y colocado cuidadosamente en un recipiente de plástico. Y los niños de ahora, si es que les gustan, probablemente no pueden entender lo que significaba para nosotros aquella espera, porque nosotros no teníamos de todo, y quizá por eso sabíamos apreciar mejor lo poco que teníamos.

Unos chumbos podían convertirse en una fiesta. Una fuente de cerámica llena de fruta, una botella de anís y un grupo de vecinos reunidos en el patio podían transformar una mañana cualquiera en un recuerdo para toda la vida. No añoro aquellos tiempos, sería injusto hacerlo. Hoy vivimos, en muchos aspectos, a años luz de aquella pobreza y de aquellas carencias, hemos ganado bienestar, oportunidades y calidad de vida, y debemos reconocerlo. Pero tampoco deberíamos olvidar de dónde venimos.

Porque conocer aquella vida nos ayuda a comprender mejor la que tenemos hoy. Y recordar aquellas pequeñas alegrías —un pregón en la calle, una fuente de Fajalauza, unos chumbos recién comprados, el patio lleno de vecinos y una botella de anís— nos recuerda que la felicidad no siempre necesitaba grandes cosas.

Quizá esa sea la verdadera lección de aquellos recuerdos: que hubo un tiempo en que teníamos mucho menos y, sin embargo, sabíamos celebrar mucho más lo poco que teníamos.

Y aquellas pequeñas cosas, tan sencillas y tan nuestras, son precisamente las que el paso del tiempo no ha conseguido borrar.

Septiembre 2026

Pepe R. Sánchez

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Comentarios

Una respuesta a «Pepe R. Sánchez: «Tiempo de chumbos»»

  1. A. Martínez

    Añoranzas del pasado. Ayer compré unos chumbos que procedían de Italia.

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