Sé que al reflexionar sobre este tema me “juego” una parte importante de mis creencias –¡como si fuese posible dividirlas!–, pero, si no lo hago, el corazón puede asestarme una mala pasada.
La expresión “obediencia debida” suele asociarse a contextos jurídicos o militares, pero en el ámbito de la Iglesia católica adquiere un matiz espiritual y comunitario particular. En los laicos –estad seguros–, esta obediencia no implica una sumisión ciega o acrítica, sino una disposición interior a acoger la enseñanza y la guía del Magisterio.
El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión al resaltar la dignidad y responsabilidad de los fieles seculares. Lejos de ser meros receptores pasivos, estos participan activamente en la misión evangelizadora de la Iglesia. Desde esta perspectiva, la “aceptación voluntaria” se entiende como una respuesta libre y consciente a la verdad revelada. Es, por tanto, una aquiescencia a dejarse guiar que nace –debe nacer– de la fe, y no del temor.
Asimismo, tiene una dimensión comunitaria. No se trata de una relación vertical meramente jerárquica, sino de una comunión donde todos los miembros, cada uno según su vocación, contribuyen al bien común. Los seglares, (“[…] tienen el derecho, y aun a veces –añado, ¡siempre!– el deber, de manifestar su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia”, Lumen Gentium, n. 37), en este sentido, están llamados a colaborar con los pastores, ofreciendo también su experiencia y juicio en cuestiones temporales y sociales, sin excluir el diálogo ni la legítima diversidad de opiniones en cuestiones opinables.
Os preguntaréis, con toda razón, el por qué de esta “perorata”. Pues bien, resulta que me he cansado de aceptar “decretos ordinarios” que, en forma de lista escolar, son espetados sin más ni más. Puede que, de forma interna, tengan algo de sentido, pero para el resto de la comunidad –entiendo– no son sino frías decisiones faltas de cabeza.





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