Rosario de relatos y poemas (6): El valor de saber

Qué importante es el saber. Desde pequeña he ansiado aprender y estudiar. Para mí, la ciencia, el estudio y el aprendizaje siempre han sido una ilusión, una puerta abierta hacia un mundo lleno de muchas oportunidades.

Ahora que estamos cerca del comienzo de un nuevo curso escolar, muchos niños y niñas van a comenzar de nuevo sus estudios. Con toda la experiencia que he acumulado a lo largo de mi vida, me gustaría animarlos a que aprendan con ilusión, porque estoy convencida de que una vida acompañada de ciencia, cultura y sabiduría es mucho mejor.

El saber nos da herramientas para alcanzar nuestros sueños e intereses. Nos ayuda a comprender la realidad que nos rodea, a no vivir ajenos a ella para ser responsables y poder decidir por nosotros mismos.

Cuando yo era niña, en la escuela no teníamos casi nada. Teníamos unos pupitres de madera, un mapa de España, algunos libros, unas pizarrillas, tinta y plumín hasta que llegaron el lápiz, la goma y la libreta.

Y no todos los niños y niñas podíamos asistir a clase todos los días, porque el trabajo era lo más importante en aquellos años. El trabajo en el campo y en la casa eran fundamentales. Las familias eran muy numerosas y todos teníamos que colaborar en su cuidado y en las tareas que fueran necesarias.

Eran tiempos muy complicados. Los niños y las niñas teníamos escuelas separadas. Nosotras solíamos acudir con mayor regularidad al colegio, pero cuando los niños llegaban a cierta edad, alrededor de los nueve o diez años, muchos tenían que marcharse a trabajar para ayudar a sus padres. Algunos iban un rato por la noche con un maestro para poder por lo menos aprender a leer, escribir y las cuatro reglas básicas de matemáticas.

En aquellos años muchas familias no tenían ni siquiera lo más básico para vivir. No siempre había ropa suficiente para cambiarse cada día y, en muchas ocasiones, se ponía la ropa a secar junto a la lumbre para poder ponérsela al día siguiente.

Nuestra vida era muy diferente de la que se vive ahora.

Nuestro libro de estudio era la enciclopedia. En ella estudiábamos todo lo que teníamos que aprender: historia, lengua, geografía, aritmética… Allí estaba reunido gran parte del conocimiento que podíamos alcanzar. Y nuestras maestras se volcaban para que aprendiéramos lo máximo posible.

Guardo especialmente en mi memoria a mi maestra, doña Carmen. Era una mujer joven, de buena presencia, que siempre iba muy bien vestida y a la que le gustaba llevar casi siempre una flor en el pelo.

Era una maestra muy seria a la hora de enseñarnos, pero al mismo tiempo era cariñosa y amable. Recuerdo que por las tardes mientras que cosíamos y bordábamos nuestro muestrario con los diferentes tipos de bordado cantábamos las tablas de multiplicar y repetíamos una y otra vez las provincias y los ríos de España. Recuerdo aquellos dictados de la enciclopedia que hacíamos con una caligrafía bonita, como a ella le gustaba.

Doña Carmen siempre nos decía que el saber era lo más grande que podíamos tener.

Recuerdo con gran ilusión lo feliz que me hacía levantarme cada mañana para ir a la escuela, aprenderme la lección y después decirla con entusiasmo delante de la maestra y de mis compañeras.

También recuerdo que siempre me ha gustado escribir. La escuela despertó en mí ese amor por la escritura y por aprender que todavía conservo.

Pero en la escuela no solamente nos instruíamos, sino también aprendíamos a comportarnos, a respetar a los demás, a valorar lo que teníamos y a comprender que el esfuerzo y el conocimiento podían ayudarnos a construir una vida mejor.

Por eso, hoy quiero dedicar especialmente este escrito a todos los niños y niñas que vais a comenzar vuestras clases.

Aprovechad muchísimo vuestro tiempo, porque tenéis a vuestro alcance unos medios que nosotros no tuvimos. Tenéis libros, materiales, tecnología y, sobre todo, maestras y maestros que están ahí para enseñaros y ayudaros. Veréis que cada día podéis aprender y descubrir cosas nuevas.

Y recordad siempre algo que mi maestra me enseñó hace muchos años y que yo nunca he olvidado:

El saber es una de las mayores riquezas que podemos tener.

LA CULTURA Y EL SABER

La cultura y el saber
dignifican al ser humano,
llenan de luz la mente
y dan tranquilidad al alma.

Cuando meditamos en silencio,
con esa mente callada,
ella misma nos enseña
cómo debemos actuar.

Cada día de vida que Dios nos da
nos va enseñando la realidad,
y si escuchamos las palabras
de quien nos quiere de verdad,
cada día aprendemos algo nuevo
con paciencia y serenidad.

No debemos cansarnos de aprender,
ni dejar nunca de estudiar,
porque el conocimiento nos hace crecer
y nos ayuda a vivir mejor.

Con esa gran cultura
cada día sabrás más,
y dando un buen ejemplo
tu camino cultivarás.

Cultiva la ciencia,
cultiva el saber,
pues una mente con vida y cultura
siempre puede crecer.

Nuestra mente es como un ordenador
que se va llenando poco a poco
de grandes saberes de la vida,
de experiencias y conocimientos.

Así es nuestro cerebro,
lleno de neuronas,
lleno de vida y saber,
guardando en cada instante
todo aquello que aprendemos.

Manejando nuestra mente
con serenidad y buen descanso,
meditando en el silencio,
todo veremos más claro.

Con una firme visión
y una mente tranquila,
la meditación nos llena
de luz, talento y sabiduría.

Y así podremos hacer buena labor,
ayudar a los demás
y caminar por la vida
con buenos conocimientos
y un corazón en paz.

Porque el saber dignifica
y engrandece al ser humano,
y cuando buscamos la verdad
también nos acercamos a Dios.

Cultura, ciencia y saber,
tres caminos para avanzar;
con una mente llena de luz
y un corazón dispuesto a aprender,
siempre podremos mejorar.

El saber dignifica al ser humano
y nos acerca con humildad
a la grandeza de Dios.

Fotos: Museo Histórico de la Alpujarra (Jorairátar)

Rosario Ruiz Martín,

abuela y madre de familia,

apasionada de la cultura y del saber

Redacción

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