Blas López Ávila: «Gora»

“Me aterran […] las puertas que no logro abrir, las fronteras, la expresión
inescrutable o amenazadora de un policía…”

A. MUÑOZ MOLINA, ‘Sefarad’

Como todos los veranos, sin faltar puntualmente a su cita, recibo en mi dispositivo móvil el mismo mensaje: ¡Hola! ¿Cómo estás? -Claro quede que la puntuación y ortografía las pongo yo. Al principio eran mensajes de voz casi ininteligibles pero vamos progresando a medida que el tiempo ha ido transcurriendo. El autor de esos mensajes es Gora, un senegalés altísimo y delgado como un junco. Estaba recién llegado a España cuando lo conocí, hace diez… quince años. Caminaba muchísimos kilómetros diarios de un extremo a otro de la playa, bajo un sol de justicia, para vender baratijas y abalorios. Apenas si contaba diecisiete años. Sudaba como si estuviera en una sauna y estaba desnutrido, deshidratado y exhausto. Era uno de tantos y, además, era un niño… solo y desprotegido. Y triste, muy triste. Aún así no dejaba de sonreír al mostrar su mercancía mientras buscaba la protección del sol en las sombrillas de playa de los bañistas.

Su piel negra azabache y sus negros ojos llevaban el continente africano en su mirada y un hilo de profunda melancolía brotaba en su expresión cuando miraba al mar. Discreto, asustado las más de las veces, una mañana lo encontré distinto, cómo diría, absorto, fuera de sí. Me hice entender como pude y le tendí mi mano y afortunadamente no tardó en derrumbarse: le acababan de comunicar que su padre había fallecido y de sus ojos enrojecidos por el dolor o vaya usted a saber si por un profundo llanto, oculto tras las rocas, brotaron dos lágrimas como dos afilados cuchillos acusadores que se me clavaron en el corazón. Lo abracé y su gratitud se agranda con el paso de los años. Ya digo, han pasado los años y se ha buscado la vida como ha podido: mantero, albañil, peón agrícola… y espero que muy pronto obtenga un trabajo más o menos estable. Casado con una diosa de ébano, bellísima, con dos chiquillas que son dos preciosidades, y su orgullo y preocupación, me sigue mandando mensajes de whatsapp y nos vemos de vez en cuando.

“¡Qué torpeza la del mundo occidental, tan encantado diariamente de conocerse a sí mismo, tan soberbio, tan prepotente y tan insolidario. Tan falto de ética como de escrúpulos!”

Hoy, cuando el problema de la inmigración se ha convertido en el atisbo, sólo el atisbo, de la revolución pendiente que se aproxima al mundo occidental a pasos agigantados; hoy, cuando las fuerzas de la derecha más extrema –gente de orden, ya saben- lanzan a través de las redes sociales proclamas armamentísticas para defender de violaciones, torturas y muerte a nuestras mujeres, madres y hermanas -¿dónde he oído antes esta música tan rancia, tan de retrato en sepia?-; hoy, cuando la aporofobia –gracias, doña Adela, por tan precioso y preciso término- es moneda común entre los privilegiados y, lo que es peor, entre los privilegiados sin privilegios, como dice El Roto; hoy, cuando la caridad sólo es un concepto abstracto, nunca una forma de actuar; hoy, como decía anteriormente, soy yo, Gora, el que quiere manifestarte mi gratitud por tantas cosas: por haberme hecho mirar con otros ojos, quizá con una mirada una pizca más limpia, a tu querido continente africano; por haberme hecho comprender que la caridad es algo más que un concepto, el que defienden las gentes de orden y, claro está, con la billetera llena; que la soledad, el sufrimiento, el hambre y la muerte no tienen por qué ser para vosotros una maldición eterna ¡Qué torpeza la del mundo occidental, tan encantado diariamente de conocerse a sí mismo, tan soberbio, tan prepotente y tan insolidario. Tan falto de ética como de escrúpulos!

Por encima de ideologías, teologías y otras zarandajas, poco hemos cambiado. Hemos sofisticado el armamento, los métodos y la mala leche. Comparto con nuestro admirado Pérez Reverte que “el ser humano es un hijo de puta”, aunque luego vengan “los matices”. No hace falta más que echar la vista atrás para darnos cuenta. Ahí tienen el “Elogio de la nueva milicia templaria” de Bernardo de Claraval –declarado por la Iglesia primero, santo y luego, doctor. Ahí tienen el holocausto nazi o el exterminio estalinista –del que pocos hablan-, los vuelos de la muerte de las dictaduras suramericanas y aquí tienen a esta panda de las proclamas, pidiendo mano dura contra el hambre y la muerte. Tan valientes ellos que no tienen siquiera la gallardía de dar la cara. Siempre en la sombra, aunque los tenemos más que identificados. Tan honorables ellos, en defensa de sus madres, sus mujeres y sus hermanas, aunque luego sean ellos los primeros en humillarlas. No dan miedo, dan risa como en las malas películas de terror. No, no podemos permitir que esta turbamulta de “negratas” –jamás los llamarán así en público, siempre en sus pequeños círculos- vengan a jodernos la fiesta de la vanidad, el narcisismo y el colorín.

No, Gora, no. No corren buenos tiempos. Pronto, muy pronto, volveremos a abrazarnos, hermano.

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