Blas López Ávila: «Nochecita de San Juan»

  El poeta Ernique Morón (izda) y el autor de este artículo, Blas López Ávila/A.A.

Cae la tarde en el Palacio de los Condes de Gabia. Un nutrido grupo de amigos, compañeros y allegados acudimos a la convocatoria de presentación del nuevo poemario de Pedro López “A propósito del recuerdo y el olvido”, que con tan serio como acertado criterio ha publicado Ediciones Dauro. He de confesar que lo primero que llama la atención del libro es la cuidadísima y bella edición que Dauro ha hecho de la obra, con una impresionante cubierta diseñada por Ágata Lech-Sobezak y que recoge el cuadro del extraordinario pintor Pedro Roldán :” Contraluz”. Por lo demás, y aunque no sea yo la persona más adecuada –al menos de momento- para hablar del contenido del libro, les puedo asegurar que la obra ofrece un esfuerzo importante que se advierte en la evolución de una rica capacidad expresiva, llena de imágenes y contrastes puestas al servicio de la emoción y del mundo íntimo del autor.

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Blas López Ávila: «Temprano madrugó la madrugada»

Escultura de arena de Sudarsan Pattnaik en homenaje a Aylan Shenu.  

“Cuando al principio Dios creó los cielos y la tierra,
reinaba el caos y no había nada en ella.
El abismo estaba sumido en la oscuridad…” (Génesis)

 Sin poderlo evitar, con toda la rabia y la desesperación, me ha venido a la mente el principio de la creación y, permítanme que les diga, que de ser esto cierto, Dios se equivocó profundamente al crear el mundo en tan poco tiempo y, en consecuencia, este invento no le salió excesivamente bien. Algunos días más tendría que haberse tomado para poner en marcha este engendro. Vaya por delante que con esta afirmación no pretendo ofender a nadie ni resultar irreverente y que si tal escribo, puede que sea más producto de mis limitaciones o, si quieren, como un ejercicio de fe viva.

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Blas López Ávila: «Rafael Chirbes o la honestidad del escritor»

Rafael Chirbes /ABC

Aún permanece fiel en mi memoria la plácida tarde de aquel noviembre, ya casi invernal, en la que enfrascado en el salón de mi casa en la lectura de “Todos los nombres”, de Saramago, Amalia, mi mujer, reclamó mi atención sobre una reseña literaria que acababa de leer sobre un tal Rafael Chirbes y su novela “Crematorio”. Ninguno de los dos teníamos referencias sobre ese tipo pero los dos pensamos al instante que había que leerlo. Así que dicho y hecho: a los pocos días la obra se encontraba ya en nuestra biblioteca y fui yo el primero en leerla y descubrir un escritor que me dejó perplejo por su lucidez literaria y de pensamiento. Después fue ella la que la leyó y los dos también coincidimos en que no solo había que conseguir las obras que se hubieran publicado de él sino que nos encontrábamos ante un caso de honestidad literaria y personal realmente clamoroso.

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