Estoy sentado en un balate, al borde de un camino. Es una tarde espléndida de primavera, de un mes de abril que ya termina. Un sol jubiloso se extiende por los campos, por los labrantíos de esta vega feraz en la que me encuentro. He salido de mi casa hace un rato con el fin de realizar un poco de ejercicio y de despejar la mente y he tomado uno de los caminos que conducen a las hazas de la vega. Me he sentado en este balate para disfrutar mejor del paisaje que a mis ojos se ofrece. Llevo ya varios minutos contemplándolo. Es un cuadro muy hermoso el que ante mí tengo, de una belleza que tal vez proceda de la conjunción de elementos y de colores que en él concurren. Predominan los tonos verdes de cereales, maíces y alfalfas tupidas, combinados con ocres y sienas de barbechos y terrenos llecos. En la lejanía se distinguen las choperas, arracimadas sobre un horizonte difuso de colinas y de montes azules. Cierra tan bello panorama la sierra, esbelta, gris en sus partes más bajas, de un blanco resplandeciente de nieve en las alturas.
Desde que estoy aquí detenido, no ha pasado nadie por el camino; el camino aparece desierto; es de tierra, con numerosos baches y relejes en los que se forman grandes charcos cuando llueve. Tampoco diviso a ningún labriego en las hazas más próximas. Siempre es grato encontrarse con un hombre del campo y charlar un rato con él; yo de alguna manera me he criado también en el campo y conozco bastante los trabajos agrícolas; son trabajos muy duros, aunque en otros tiempos, cuando no existía la maquinaria, lo eran aún más. El pueblo se halla a no mucha distancia de donde estoy, recostado al pie de unos cerros. Como no pasa nadie, sigo embebido en la contemplación del paisaje. A veces sopla una ligera brisa que mueve levemente los frutos, las hierbas que crecen en los balates. Se oye un murmullo sordo de aguas que circulan por una acequia cercana; en esta vega nunca ha faltado el riego, de ahí que sea tan fértil. Diseminadas por ella se ven algunas construcciones: la mayoría son casetas de labor, cortijos semiderruidos y algún que otro secadero de tabaco; también hay moreras e higueras silvestres dispersas por las lindes de las hazas. Es esta una hora plácida, en la que no hace calor. Todavía falta mucho para el ocaso. Me extraña que no aparezca por el camino ningún labrador; hace años iban a pie o montados en una bicicleta; ahora, con las nuevas costumbres, la mayoría de ellos se desplazan en moto o en tractor.
La vida ha cambiado mucho desde que yo era niño y venía a la vega con mi padre, que también era agricultor. Es normal que me asalten muchos recuerdos y que compare casi sin querer lo que viví entonces con lo que ahora veo; estoy seguro de que en aquella época habría a esta hora muchos labradores trabajando en sus parcelas y de que más de uno habría pasado ya por este camino, en uno de cuyos bordes me encuentro sentado. La verdad es que me hallo muy a gusto en el campo; la paz que en él siento no la puedo experimentar en ningún otro sitio. Como no tengo nada que hacer, he decidido quedarme un rato más aquí, disfrutando de lo que captan mis sentidos. Hay un olor penetrante a tierra húmeda, a herbazal mojado. La luz del sol parece que es menos intensa; es de un oro algo más apagado que antes. Yo espero que dentro de poco pueda ver a alguien, aunque no distingo en el entorno ninguna figura de labriego. La vega semeja un mapa inmenso, compuesto por territorios diversos, sin que exista en la manera en que están distribuidos ningún orden. Mi espíritu se siente reconfortado; podría estar aquí, si quisiera, hasta que el sol se haya ocultado y comience a caer la noche.
El camino tiene algunas revueltas, por lo que en ciertos puntos deja de verse. Si no apareciera nadie, regresaría al pueblo solo, como otras veces me ha ocurrido, aunque confío en que al final surgirá algún campesino, porque es raro que en la vega no haya ninguno esta tarde. No sé ya el tiempo que llevo aquí sentado, posiblemente más de media hora. Se sigue oyendo el tintineo de las aguas de la acequia y se aspiran los mismos aromas. Solo pretendía pasear por la vega y distraerme un rato, cosa que he conseguido, así que me puedo dar por satisfecho. Cuando menos lo espere, aparecerá un labriego, como el que ahora diviso. Viene por el camino, en dirección al pueblo. Anda despacio, como si no tuviera prisa. Lleva una azada al hombro. No lo reconozco. Parece un labrador de otro tiempo, de los años en que yo era niño.
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