El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (79): Sorpresa

Uno conoce a veces a tipos a los que tiene por sujetos extraordinarios, de unas condiciones que no son comunes entre los demás.

A lo largo de la vida puede suceder que dé, en efecto, con algunos de ellos; son tipos con los que uno se encuentra de pronto y que parecen por eso mismo venidos de otro mundo. Yo he sido testigo de varios encuentros de esta clase, pero especialmente me acuerdo de uno que me llamó poderosamente la atención o que me extrañó más que ningún otro.

A mí me había dado por correr por la ribera del río que cruza la vega del pueblo en el que vivo; corría por un camino que seguía el curso del río, entre los juncos que crecían en una de sus márgenes y los balates del otro lado, alfombrados de cencida hierba, tras los que discurrían las acequias y los ramales del riego de las hazas que se hallaban en aquella parte. A partir de cierto punto el río bajaba entre plácidas choperas que poblaban los terrenos más próximos. Era un lugar que tenía un gran encanto, un encanto que procedía de la inefable belleza que presentaba el paisaje; en otoño, con las copas de los chopos manchadas de ocre y de miel, era cuando la estampa que tenía ante mí ofrecía un mayor atractivo. Había tramos del camino que parecían henchidos de magia; semejaban los escenarios de una historia de leyenda, de un cuento fantástico en el que sucedieran hechos prodigiosos. El silencio era en ellos tan profundo que se tenía la impresión de que se iba a asistir a uno de esos prodigios.

Fue en uno de esos tramos donde algunas tardes me encontraba con un señor montado a caballo, vestido a la usanza de otros tiempos, con un chaleco de cuero negro abierto sobre una camisa fina de seda y un sombrero de ala ancha que llevaba ladeado sobre la cabeza. Cabalgaba despacio, con un ritmo que parecía acordado. Podría frisar los cincuenta años, aunque era posible que fuera algo mayor. Tenía una barba espesa de presidiario, los ojos negros. Las primeras veces que me crucé con él no me miró; pasó ante mí con la mirada perdida en un punto lejano, como si no me hubiera visto. Sin embargo, una tarde, sin que yo lo esperara, tiró de las riendas de la montura y se detuvo a unos pasos de mí, obligándome también a parar la marcha. «Veo que le gusta correr ―me dijo con voz clara, sin apartar la vista de donde la mantenía clavada―. El ejercicio físico no es solo bueno para la salud del cuerpo, sino también para la de la mente. Yo, cuando era joven, también lo practicaba. En lugar de correr, como usted hace, andaba quince kilómetros diarios. La gente se sorprendía de que anduviera tanto, pero yo decía que era beneficioso para el alma y que antiguamente, cuando no existían tantos medios de transporte, las personas iban andando de unos lugares a otros. Como puede observar, ahora paseo a caballo, pues ya no tengo las piernas, como comprenderá, para realizar grandes caminatas. » «Yo corro desde hace mucho tiempo ―le dije―; como usted bien dice, el ejercicio físico es bueno para la salud.»

No hablamos más aquella vez; él siguió a continuación su camino y yo, el mío, sin que nos volviéramos a encontrar. Lo vi más días; unas veces nos parábamos a hablar y otras simplemente nos saludábamos, casi siempre con un movimiento de la cabeza. Una de las ocasiones en que conversamos, me contó que él había vivido en muchos sitios y que había ejercido diversos oficios. Había sido, entre otras cosas, mozo del campo, pastor de ovejas y mercader de sedas. Dijo que en cada uno de aquellos empleos había procurado siempre servir al prójimo lo mejor que había podido, sin que nunca hubiera faltado a su deber. Él no lo había hecho para que la gente lo apreciara por ello, porque si buscaba solo el aprecio no tenía mérito. Todo lo que uno hace, según él, debe ser para provecho del otro, ya que de ese modo tiene un mayor valor el trabajo que se realiza. Era lo que le dictaba el corazón, porque siempre se regía por lo que el corazón le demandaba, incluso en los casos en que los oficios fueran enojosos.

Nunca miraba a los ojos aquel señor. Después de aquellos encuentros, dejé de verlo. Por más que pasaba muchas tardes por el mismo camino, nunca me hallaba con él. Pensaba que tal vez se hubiera trasladado a otro sitio, ya que acostumbraba a no residir siempre en el mismo lugar, según me había contado. Sin embargo, unos años después, un día volví a encontrármelo. Yo iba corriendo por uno de esos parajes que parecían encantados cuando vi que se acercaba hacia mí montado, como las otras veces, en su caballo. Vestía con las mismas trazas. Cabalgaba enhiesto, con la mirada detenida en la distancia. Al llegar a mi altura, frenó la montura y, mirándome por primera vez a los ojos, me saludó con gesto serio; declaró, con una voz que sonaba franca, que se había acordado mucho de mí. Le dije que yo también lo había extrañado y le pregunté con decisión por qué había estado ausente. Al comienzo dio la impresión de que no quería contestarme, pues miró de nuevo al frente, con voluntad de proseguir su camino; pero después de unos instantes, dijo que aunque no había mudado de residencia se había visto impedido para salir con su caballo. No quise continuar indagando, ni él me aclaró cuál había sido la causa de aquel impedimento. Tal vez alguna enfermedad, pensé yo.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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