El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (84): Escenas sueltas

Estoy sentado en el poyete de la ventana que da al patio. Fuera está lloviendo; cae una lluvia menuda de otoño. Las gotas resbalan por los cristales de la ventana; parecen lágrimas que se van ensanchando hasta que al final desaparecen, dejando lugar a otras que realizan el mismo recorrido. El cuarto en el que me hallo está en penumbra, ya que todavía no se han encendido las luces por ser demasiado temprano. A mí me gusta contemplar la lluvia; son días grises, a los que ya estoy acostumbrado. Yo no me aburro cuando llueve, como les pasa a otros niños. Oigo el repiqueteo de las gotas, el murmullo denso del agua que se vierte desde las canales del tejado. Sentado en el poyete, espero a mi madre y a mi abuela, que han ido a visitar a unas vecinas.

Es una escena muy parecida a otra, en la que desde la ventana de mi cuarto vislumbro el corral, velado por una penumbra fría. Se presenta todo borroso: atisbo las tapias y las paredes viejas de las cuadras y de los graneros que lo circundan. Sobre una mancha negruzca de tejados, se eleva la torre de la iglesia, cuya silueta aparece muy difusa.

Como ha llovido mucho, se han formado grandes charcos en el corral. Es un espacio ancho que ha quedado emborronado de charcos de un color negruzco. El cielo sigue nublado, aunque ya no llueve. El ambiente es oscuro, hasta el punto de que se diría que se va a hacer pronto de noche.

El otoño presenta, ciertamente, muchas imágenes parecidas que permanecerán grabadas en la memoria y que dejan en ella una profunda huella, un reguero de nostalgia. El alma del niño, aunque no lo parezca, es sensible; no es ajena a nada de lo que ocurre o de lo que a su alrededor observa.

Cualquier vivencia regresa si ha sido intensa, aunque en su momento no lo pareciese. Hay rincones en las casas que atraen en la infancia, lugares que ejercen un especial embrujo, al que es imposible sustraerse. Suelen ser lugares vetustos, en los que

se acumula la historia, en los que aún se conservan muchos restos del pasado. El niño recrea a su manera los momentos que en ellos se vivieron, protagonizados por antepasados de los que a veces le han hablado. En la casa de mis abuelos maternos, hay un lugar que yo visito con frecuencia. Es una cámara vieja y destartalada en la que se arrumban trastos antiguos, cubiertos de mugre y de polvo El sol entra por unos ventanucos enrejados que tienen los postigos desportillados, heridos de rendijas. Hay un baúl muy grande en el que se guardan ropas ajadas de otro tiempo. En una maleta de cartón se conserva una colección de libros viejos, con las pastas muy deterioradas. Un cajón grande de madera está repleto de objetos abandonados, entre los que se halla un catalejo desplegable, junto a monedas de otra época y papeles amarillentos escritos con una letra primorosa, con trazos artísticos. Es normal que me atraiga este sitio, en el cual puedo inventar las historias que me sugieren todas las cosas antiguas que en él encuentro.

En un día de finales de invierno, me hallo en el corral de la casa de mis padres. Juegan conmigo un hermano y dos primos. Junto a la pared del secadero de tabaco se amontonan los troncos pelados de las matas. Con ellas construimos una choza, en la cual nos refugiamos. Es una mañana soleada de febrero en la que no hace frío. La tierra está seca, pues hace tiempo que no ha llovido. La choza es nuestro refugio secreto, en el cual nos sentimos seguros, libres de las asechanzas que fuera nos tiende un enemigo imaginario. Hemos visto ya bastantes películas de indios; nos ha atraído en ellas el tipo de vida salvaje que practican, en territorios que han sido siempre suyos, en medio de frondosas praderas que se hallan rodeadas de grandes montañas. Viven en tiendas de campaña o en chozas que ellos mismos se han fabricado, parecidas en cierta manera a la nuestra, a la que hemos construido con los troncos de las matas de tabaco. Todavía nos guiamos por instintos primarios; nos gusta ser libres, como los indios de las películas. El corral es el territorio en el que ellos habitan desde tiempos inmemoriales; imaginamos que las hierbas que crecen en los bordes del corral son bosques, en los que a veces nos adentramos, deseosos de correr aventuras y de explorar lugares nuevos. Nos enfrascamos tanto en nuestros juegos que nos olvidamos de los deberes y las obligaciones que los mayores ya nos imponen.

Las escenas del recuerdo se suceden. En otras de ellas, me encuentro en el pasillo de la casa de mis abuelos maternos. Es una noche de otoño o de invierno. El pasillo es

muy largo; por un lado da al zaguán, tras el cual está la puerta de la calle y por el otro comunica con el comedor, donde suele estar reunida la familia, sobre todo por las noches. La ventana del comedor, que es grande, está cegada por la oscuridad que invade el patio. Se oyen voces; distingo la de mi abuelo, que es quien más habla. Aunque hace un poco de frío, yo estoy tirado en el suelo, jugando con los indios y lo vaqueros que mis padres me han regalado. Invento con ellos una historia, en la cual unos actúan como buenos y los otros como malos. Los buenos son perseguidos por los malos, pero al final acaban venciendo. De ese modo triunfa la justicia, que es lo que pretendo que ocurra en todas las historias que imagino. No concibo el mundo de otro modo, ya que si es el mal el que en él vence sobre el bien no tiene ningún sentido.

En la memoria hay muchos compartimentos, entre los cuales existen conexiones, pasajes que comunican unos con otros, aunque a veces parezca que no existen o que estén obturados. La vida es un proceso, un cúmulo de vivencias que van configurando la personalidad, la conciencia que se tiene sobre las cosas. Nada de lo que sucede deja de tener importancia, por muy insignificante o nimio que se hubiera creído. Estas escenas que ahora reproduzco configuraron un tiempo que ahora se me antoja muy lejano o incluso irreal, como si yo las hubiera soñado; siguen guardadas en la memoria aunque estén cubiertas por las telarañas del recuerdo, por el polvo que va dejando el paso de los años. Reaparecen cuando menos se espera, a veces unas detrás de otras, como si se tirara de un hilo invisible al que están sujetas.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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