V. MUJER-NATURALEZA Y HOMBRE-CIVILIZACIÓN
La asociación o identificación Mujer-naturaleza y Hombre-civilización es nuclear en toda la conceptualización orteguiana de la mujer y constituye la segunda gran diferencia intersexual. En el inicio del epígrafe “La mujer raptada” de su excelente ensayo La historia y la naturaleza. Ensayo sobre Ortega (1), M. Burón González recuerda unas palabras de Adorno y Horkheimer en las que se conecta íntimamente la idea general del dominio de la naturaleza al desarrollo de la historia y de la racionalidad y encuentra modelos del mismo en el interior de las relaciones humanas y sociales: “Dominar sin fin la naturaleza, transformar el cosmos en un inmenso predio de caza: tal ha sido el sueño de milenios al que se adaptó la idea del hombre en la sociedad viril” (2). Esta idea general del dominio -dominio sobre la naturaleza y dominio de unos hombres sobre otros en la sociedad (segunda naturaleza)- o de la necesidad de mando y obediencia, será también constatada y asumida en el pensamiento de Ortega.
En opinión de González Burón la caza, con sus connotaciones de violencia desnuda, se convierte en el núcleo metafísico que irradia en todas las direcciones de su pensamiento la universalidad del dominio. Ortega une, en este sentido, dos desgraciadas metáforas o imágenes para situar a la mujer en la historia y en su relación con el varón que tienen como referencia precisamente la caza: la del origen del Estado y la imagen de la mujer como corza. Ambas nos presentan a la mujer como objeto de la actividad depredatoria del hombre respecto a la naturaleza (3).
En la primera, se establece una relación clara entre nacimiento de la historia y de la civilización y el dominio y la conquista. Según la hipótesis de Ortega, el agregado humano que es la horda, sin forma ni jerarquía, regida por relaciones naturales, pasa a reconocer –con ocasión de un acto de rapiña y de caza- en uno de sus componentes al líder que debe dirigirles, ello supondrá la creación de instituciones y el nacimiento de la civilización propiamente dicha. Ortega prolonga la actividad de la caza sobre la primera víctima de nuestro propio género: la mujer. Sitúa la inferioridad biológica de la mujer con respecto al hombre, en correspondencia estricta con lo que debe hacer el señor: dominar lo que está por debajo de él. Pero el objeto de esa actividad venatoria no será las mujeres parientes o consanguíneas con quienes viven en la horda: “La afición a la caza toma una dirección imprevista -deciden cazar las mujeres jóvenes de las hordas distantes” (4).

La relación con la mujer queda así reducida a faena venatoria, persecución de la presa que huye y trofeo conquistado. Esta imagen de lo que Ortega considera como el primer acto de la civilización, marcará ya para siempre las relaciones entre hombres y mujeres, y determinará para siempre el papel subordinado de la mujer en el interior de la sociedad. La huella de este primer acto de violencia ejercido sobre las mujeres persistirá incluso en la realidad cultural: para ellas la entrada en la civilización será a través del sometimiento: “La caza, sin dejar de ser caza, se convierte en forma germinal del amor. Y, por lo pronto, nace la institución matrimonial en su forma primigenia: el rapto, que va a quedar como símbolo perenne del amor; porque amor, si lo es de verdad, es para la mujer sentirse arrebatada, raptada” (5).
La mujer queda reducida a desempeñar el papel de víctima natural del dominio del varón, un fragmento más de la naturaleza dominada, de naturaleza sometida, situando de esta manera la inferioridad biológica de la mujer con respecto al hombre, en correspondencia estricta con lo que debe hacer el señor: dominar y enseñorearse de lo que está por debajo de él. El que el hombre, por su mayor fuerza, hubiera de salir a la vida hostil y fuera asumiendo las acciones de mayor riesgo y peligro con vistas al sostenimiento y reproducción de la horda, introdujo una división del trabajo en la que la mujer sale poco beneficiada. Su ausencia de la producción y su vinculación a la economía doméstica, la convierte en imagen de su función biológica, de la naturaleza, y así objeto de la opresión civilizadora. “Ortega recalca inconscientemente, mediante esa brutal asociación de la civilización a la caza, el papel activo del sujeto varonil, y reduce a la mujer a la pasividad de objetivo de la depredación, es decir, fragmento de naturaleza sobre la que se ejecuta la actividad dominadora del hombre” (6).
Su inicial estigma de víctima de la acción civilizadora penetra incluso aquellas realidades que podrían ser vistas como contraimagen del dominio: que el amor sea “para la mujer” sentirse arrebatada, raptada, es decir, también expresión repetida de la naturaleza oprimida, condena a las mujeres a ser por toda la eternidad víctimas del varón, sin que ni siquiera el amor, afectado por la primera violencia, les ofrezca la posibilidad de la redención. La imagen de la mujer como corza -sacada directamente de la alegoría de la caza como inicio de la civilización- aúna los dos aspectos: la enérgica y brutal conciencia de la afirmación del poderío de la virilidad, que ve a la mujer como una víctima más del dominio que ejerce sobre la naturaleza, por una parte; y la fascinación de esa naturaleza perdida, por otra. Fascinación genérica por “la mujer”, nunca individualizada:
“En la mujer siempre hay algo de corza, para ventura de ella, para derrota nuestra, y cuando esa corza latente se pone alerta, estamos perdidos, porque hace lo que hacen todas las corzas: se estremece maravillosamente sobre sus finos cabos, vuelve desdeñosa la deleitable cabecita y parte veloz en fugitiva carrera. El arma de la corza es la fuga. Y nosotros, siempre ingenuos, obsesionados por darle caza, seguimos, seguimos adelante sus casi irreales pistas, la perseguimos, y ella, entre galopes y corcovos, nos va atrayendo hacia el fondo arcano del bosque, hacia el lugar mágico donde se operan los encantamientos. Si esto pasa no hay ya nada que hacer. Quedamos encantados…, y mudos.” (7).

Tiene razón, pues, Burón González cuando afirma que para Ortega la virilidad, como estereotipo del espíritu soberano de la naturaleza, ha debido dominar también su naturaleza interior posibilitándole luchar contra los impulsos que le harían caer en la animalidad si se abandonara a ellos. En el caso de la mujer no ha ocurrido tal cosa: la carencia de personalidad individual y la tendencia hacia la voluptuosidad en la mujer, son aspectos de lo mismo, esto es, condiciones de una naturaleza amorfa que, sin el principio deidentidad que somete a lo instintivo, recae en la pluralidad dispersa de los impulsos (8). Ortega manifiesta así habitualmente su desprecio por la naturaleza liberada de las trabas de la civilización. Ese desprecio viene motivado por la manifiesta desconfianza que siente hacia la capacidad de autocontrol y disciplina de las mujeres, ya que, según el pensador madrileño, gracias a que éstas no poseen fantasía ni imaginación la sociedad y la especie pueden perpetuarse:
“Probablemente la notoria desproporción entre el sexualismo del hombre y el de la mujer, que hace a ésta, normalmente, espontáneamente, tan moderada en “amor”, coincide con el hecho de que la hembra humana suele disponer de menos poder imaginativo que el varón. La naturaleza, con tiento y previsión, lo ha querido así, porque de acaecer lo contrario y hallarse la mujer dotada de tanta fantasía como el hombre, la lubricidad hubiera anegado el planeta y la especie humana hubiera desaparecido volatilizada en delicias” (9).
Ortega llegará a afirmar, en su ensayo “La poesía de Ana de Noailles”, algo que lo sitúa en la línea más tradicional de la ideología androcéntrica patriarcal que vislumbra en la imagen de la mujer una dualidad o ambivalencia esencial, oscilando desde la fascinación hasta la impotencia y desde la santidad hasta la lujuria – una bipolaridadque está presente en los filósofos misóginos alemanes desde Nietzsche hasta Weininger. “También la Iglesia”, añade Burón González, “ha presentado a la mujer a parir de esa ambigüedad, elaborando un culto mariano en el que la imagen transfigurada de la mujer como madre amante se mantiene conviviendo con la sospecha de que la mujer, abandonada a la libertad de sus tendencias naturales, caería inevitablemente en la licencia y la disolución desenfrenada”. Así, aunque en el caso de Ortega se haga desde un estricto contexto secularizado, se subraya también cómo la mujer que abandona su ámbito propio se dejaría llevar por la voluptuosidad: de santa pasaría a ser puta (10).

Implícitamente queda así reafirmada la capacidad de autodominio de la virilidad –que no parece posible en la mujer- como aquello que mantiene la cohesión social necesaria para la civilización. La distancia establecida respecto a la naturaleza, vista siempre como material manipulable, hace que, precisamente la imagen posible de una naturaleza conciliada y no dominada, sea desechada para mantener el insuperable “pathos” de la distancia. La liberación de la mujer y la posibilidad de su felicidad son vistas como signo de su inferioridad. Liberada, aún se mantiene lejos de lo espiritual, que en Ortega no puede despegarse de las ideas de fuerzay del poder (11).
BIBLIOGRAFÍA y NOTAS
1. Manuel Burón González, La historia y la naturaleza. Ensayo sobre Ortega, Akal Universitaria, Madrid, 1992.Sintetizamos a lo largo de este apartado su lúcida interpretación al respecto (pp.230-242).
2. T. W. Adorno y Max Horkheimer, Dialéctica del Iluminismo, Ed. Sur, Buenos Aires, 1970, p. 291.
3. Manuel Burón González, op. cit., pp. 232 y ss.
4. J. Ortega y Gasset, Sobre la caza los toros y el toreo, Alianza Editorial, p. 122
5. Ibid., p. 114
6. Manuel Burón González, La historia y la naturaleza. Ensayo sobre Ortega, Akal Universitaria, Madrid, 1992, p. 233.
7. J. Ortega y Gasset, “Meditación de la criolla”, en Estudios sobre el amor, Alianza Editorial, Madrid, 1980, p. 190 y ss.
8. M. Burón González: La historia y la naturaleza. Ensayo sobre Ortega, op. cit., p. 235.
9. J. Ortega y Gasset, Estudios sobre el amor, Alianza Editorial, Madrid, 1980, pp. 83 y s.
10. Manuel Burón González, La historia y la naturaleza. Ensayo sobre Ortega, op. cit., pp. 234-235.
11. Ibíd., pp. 235-236.
ÍNDICE: ORTEGA Y GASSET, LA SEXUALIDAD, EL AMOR Y LAS MUJERES
I. INTRODUCCIÓN
II. LA DIFERENCIA BIOLÓGICO-SEXUAL
III. TIPOLOGIA DIFERENCIAL DE LOS SEXOS: ESPÍRITU VS ALMA
IV. CONFUSIÓN INTELECTUAL VS CLARIDAD CONCEPTUAL
V. MUJER-NATURALEZA Y HOMBRE-CIVILIZACIÓN
VI. HOMBRE-INDIVIDUO VS. MUJER-GÉNERO
VII. CONTRASTE ENTRE EL SER FEMENINO Y EL HACER MASCULINO
VIII. MUJER-PRIVACIDAD Y HOMBRE-CIUDADANÍA
IX. DE LA INFLUENCIA DE LA MUJER EN LA HISTORIA
X. MODO DE INFLUIR LA MUJER EN LA HISTORIA
XI. El CONTEXTO: LA MUJER EN LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN
XII. EL ROL DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA





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