Tras la suculenta y reconfortante comida en un villorrio cercano a Sevan, pusimos rumbo sur camino de otro extra: visita al Valle o Garganta de las Flores que es la traducción de ese nombre impronunciable para un español del topónimo en armenio.
Para llega al lugar se pasa por Hrazdan -quedaría a nuestra derecha- y funge como capital provincial, iniciamos la subida hacia la cota más elevada del periplo armenio en estas instalaciones de la estación de esquí, previamente tendríamos que darnos un paseo por el Monasterio de Kecharis levantado en el 1033 con piedra gris de basalto, pasa por ser una joya en la arquitectura medieval del XI-XIII, allí nos mostrarían el curioso reloj solar que no tiene números, sino letras del peculiar alfabeto armenio; había una boda y la alegría desbordante de los familiares contagiaba el ambiente sosegado y tranquilo del lugar que floreció entre el XI y el XVI, a pesar de los constantes ataques de los seljucks en el XII.

Uno de los caldos locales promocionados con esta gigantesca botella
Los documentos históricos lo citan en el III bajo el nombre de Tsakhkunyats Dzor y fungía como zona de caza para los soberanos arsácidas. En la Edad Media devino en Kecharis, los pueblos turcófonos que anduvieron por la región, le colocaron el de Darachichak. En 1984 sería cuando se le concedería el estatus de comunidad urbana [equivalente a nuestro municipio] en la provincia de Kotayk, unas 1500 personas viven de manera permanente.

El pequeño pueblecito dispone de una extensa red hotelera y precios competitivos [El Marriot, 5 estrellas, en aquellos momentos apenas 80€ habitación] fuera de temporada, algo que no sucede cuando comienzan a llegar esquiadores entre noviembre y abril cuando el problema no son los precios, sino que haya habitaciones para todos y de ahí que haya numerosos complejos turísticos en construcción y al pie del telesilla un impresionante hotel levantado con capital ruso que, previsiblemente, entrará en servicio la próxima temporada; la altitud media de la zona es de 1900 metros.
Dejado Kecharis, comenzó el ascenso del autobús hasta el telesilla que, tras pasar por taquilla, nos llevaría hasta el primer tramo -los dos restantes no estaban en servicio y, cuando funcionan, prácticamente te dejan a 3.000 metros- y desde allí las pistas presentan un desnivel que casi alcanza los mil metros en el descenso. Según nos explicaron las instalaciones formaban parte de las que en el período soviético servían para preparar a los deportistas de la URSS; tras el colapso, las mismas quedaron en un limbo hasta que Armenia decidió seguir explotando las mismas.

Inicialmente se inauguraron en 1967 cuando se convirtió en uno de los primeros centros de su tipo en toda la región de Transcaucasia. Los remontes y telesillas están más que amortizados tras casi dos décadas de uso pero, ahí siguen, prestando servicio y subiendo gente durante todo el año pues no se interrumpe y muchos vienen a disfrutar de un paisaje único que antes correspondió a un inmenso bosque: los ecologistas por lo visto no aparecieron porque el calvero creado para los aficionados al esquí es grandioso, no sólo están los remontes, sino las pistas para subir materiales con las pesadas orugas que dejan una fuerte marca en aquellas pendientes de vértigo.

Las instalaciones se localizan en un fantástico cañón, a Tsakhkunyats lo envuelven los bosques vírgenes y extensas praderas alpinas. Desde la cumbre, dicen, uno puede observar toda Armenia, pero como no fue posible alcanzarla, nos quedamos con las ganas de confirmarlo. Finalizaremos diciendo que la gastronomía es otro de los platos fuertes de la zona, exquisitos platos elaborados a base de cordero y el dulce baklava que no deja indiferente a nadie.

Pasear por sus senderos permite pequeñas sorpresas, entre ellas observar su fauna salvaje, aquí una foto de unos jabalíes que, cuando olieron al humano que osaba enfocarlos, desaparecieron en el tupido bosque como por ensalmo.

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