Me dirijo al chiringuito
allegado el mediodía
al reclamo del espeto
y una cerveza bien fría
que, a la sombra del chamizo,
los contratiempos alivian
y, aunque parezcan placebo,
son terapia salutífera
como dicen los sapientes
doctores de medicina
así como en los estudios
de la farmacología.
A mi vera están dos guiris,
serios cual esfinge egipcia,
o quizás más desnortados
que un pulpo en la rebotica;
mas, al ver al camarero,
le piden una sangría
que al momento se la traen
en una jarra fresquita
y escancian con parsimonia
la procelosa bebida
en liturgia taciturna
sin verter ni una sonrisa,
como se está en un entierro
o se debe estar en misa.
Beben despacio, calmosos,
con inglesa disciplina,
entrecerrando los ojos
y, sin hablar, solo miran
el sosiego de las olas
onduladas por la brisa,
lamentando cómo merma
el nivel de la sangría.
Al cruzarnos las miradas
yo les brindo una sonrisa
y, a la vez, me corresponden
con otra mucho más tímida
mientras le dan otro tiento
a la jarra de sangría.
Ella porta una pamela
orlada por varias cintas
y él una gorra azulada
con la visera amarilla;
los rostros, muy sonrosados
y, en las piernas blanquecinas,
se remansan los embates
de británicas neblinas.
Al parecer, jubilados,
de Gran Bretaña, diría,
pues la dama es pelirroja
salpicada de pequitas
por el rostro y por los brazos,
mientras él luce perilla
entre cana y rubicunda
y unas gafas de miopía.
De ademán ceremonioso
para saludar inclinan
cabeza y torso a la vez
con solemne disciplina,
tan hieráticos los dos
que anglicanos parecían.
Yo les digo “Buenas tardes,
¿qué tal está la sangría?”
Ellos contestan que “Good”
y que ¡Viva, España! ¡Viva!,
sin inmutarse ni un pelo
al albur de la sombrilla.
En menos de un santiamén
acabaron su bebida
y con aire circunspecto
demandan otra jarrita
sin llegar a la ocurrencia
de pedir unas tapitas,
aunque solamente fuera
media docena de olivas
o, quizás, mejor aún,
unos taquitos de jibia.
Yo les sugiero, al momento,
con intención persuasiva
que pidan un par de espetos
y se dejen de pamplinas.
“¿Pamplinas? Yo no comprendo”,
ella dice sorprendida
pues apenas balbucea
la tramoya cervantina,
y les señalo con gestos
los espetos de sardinas
que humeantes en las brasas
a pecar de gula incitan.
Se miran interrogantes
con la flema isabelina
entre apetencia y recelo,
y finalmente claudican
demandando los espetos
que les sirven enseguida
mientras pimplan, circunspectos,
otro trago de sangría.
Les advierto que los dedos
han de utilizar por pinzas
pues tenedor y cuchillo
no hacen aquí buenas migas
ya que pulgares e índices
son perfectas tenacillas.
Las tocan con prevención
porque están muy calentitas,
humeantes aún un poco,
pero muy pronto se animan
y en menos que canta un gallo
dieron fin a las sardinas
esbozando tan contentos
hasta dos o tres sonrisas.
Con el pulgar levantado
al socaire de la brisa
me dicen que “very well”
y “ricas, ricas, muy ricas”,
prometiendo que mañana
volverán al mediodía
a zamparse un par de espetos
bajo el sol de Andalucía
que a estas horas rejonea
cual si fueran banderillas.
Pero los dos, impertérritos
continúan con las sardinas
en revisión cirujana
y técnica jamás vista
dejando de los espetos
la cabeza y las espinas,
con tal minuciosidad
que nunca vi tal pericia
ni en las playas malagueñas
ni en la costa granadina,
donde los espetos son
el maná de cada día
en los tiempos del estío
cuando llega la canícula.
Acceder a anteriores romances de esta serie veraniega:
2: Guiris versus sardinas






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