Hay una pregunta que muchos docentes se hacen durante el verano.
”¿Por qué tema empezaré este curso?”
Y, sin embargo, quizá no sea la pregunta más importante.
Porque el primer día de clase no empieza con la página uno del libro.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando pensamos cómo recibiremos a nuestros alumnos.
Cómo haremos que entren tranquilos.
Cómo conseguiremos que quien llega con miedo sonría al cabo de unos minutos.
Cómo lograremos que una clase llena de desconocidos empiece a sentirse un grupo.
Durante años hemos dedicado mucho tiempo a preparar programaciones, materiales, situaciones de aprendizaje y evaluaciones. Todo eso es importante, por supuesto.
Pero hay algo que ningún libro de texto puede hacer por nosotros.
Crear un lugar donde un niño sienta que pertenece.
Porque antes de aprender, todos necesitamos sentirnos seguros.
Pensemos por un momento en cualquier adulto que empieza un trabajo nuevo.
El primer día no recuerda si la reunión empezó a las nueve o a las nueve y media.
Recuerda quién le saludó.
Quién le enseñó dónde estaba la cafetera.
Quién le hizo sentir que no estaba solo.
Con los niños ocurre exactamente igual.
Quizá dentro de unos años no recuerden cuál fue la primera ficha que hicieron.
Pero sí recordarán cómo les hizo sentir su tutor aquel primer día.
Si sonrió.
Si aprendió su nombre.
Si les dio tiempo para hablar.
Si les dijo que aquel aula también era su casa.
A veces creemos que perder una mañana haciendo dinámicas de grupo es perder tiempo.
En realidad, probablemente sea la mejor inversión de todo el curso.
Porque un grupo que se conoce trabaja mejor.
Un grupo que confía participa más.
Un grupo donde todos se sienten vistos aprende con más tranquilidad.
Los contenidos llegarán.
Las operaciones matemáticas.
La comprensión lectora.
La gramática.
Las ciencias.
Todo eso tiene su momento.
Pero ninguna explicación resulta realmente eficaz cuando un alumno llega con miedo, siente que no encaja o piensa que nadie cuenta con él.
Por eso el primer día merece ser preparado con el mismo cariño con el que diseñamos cualquier proyecto.
No solo pensando qué vamos a enseñar.
Sino preguntándonos algo mucho más importante:
¿Cómo quiero que se sientan mis alumnos cuando crucen la puerta?
Quizá esa sea la verdadera planificación que marca la diferencia.
Porque un buen curso no empieza cuando abrimos el libro.
Empieza cuando un niño entra en clase, mira alrededor y piensa, casi sin darse cuenta:
“Creo que aquí voy a estar bien.”
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