Salvador Fernández-Vivancos Fernández: «La rueda de molino (6/7)»

La felicidad consiste en el cumplimiento del deber
Hegel

Mariola propuso aprovechar el sábado yendo a la costa. A Mariola le gustaba dar órdenes, haz esto, haz aquello. El hombre obedecía mientras hacía un hoyo en la arena para la sombrilla.

Le exasperaba que el hombre utilizara bombillas solares en el baño. – Si no vas a ahorrar nada- . Pero él seguía con su ritual de ponerlas a cargar en el balcón. Además, cogía agua de mar en botellas y las utilizaba para lavarse la cabeza o la nariz. Lo que exasperaba aún más a su mujer.- No tienes mas que manías-

Tres brazadas y respirar por un lado y luego por el otro, pero ese día hacía un poco de oleaje y al salir se hizo un esguince en la rodilla mala. Antes se alejaba doscientos mar adentro; ahora lo hace en paralelo a la orilla. Nunca hay que darle la espalda a un perro y menos a un tiburón, pensaría.

– Te crees que tienes diez años para meterte con oleaje- le decía mientras esperaban turno en la sala de urgencias,

El médico les dijo, que parecía que los meniscos estaban bien.

Por la noche tuvo un sueño que como todos, era extraño.

Mientras él iba a la oficina con prisa, los demás salían de la misma que era la playa. Así que máquinas de escribir en la arena. Mientras dos cargueros esperaban en la línea del horizonte. El espacio libre estaba lleno de pasillos y ascensores.

Por donde están las cañas, el hombre vió un hueco en la base de la pared de tierra, que servía de lindero con la acequia entubada por el norte. Podría ser una conejera o algún tipo de roedor, porque el calibre no era ni muy grande ni pequeño.

Nunca era capaz de visitar las cinco paratas. O una o dos. Un día.

David si que era un jardinero, pensó. Estaba estudiando filología hispánica y a la vez y para costearse la carrera, echaba horas en el campo. En una jornada hizo más que él en semanas.

Las cañas crean un hábitat pero ya no se oye el rumor del agua.

Antes que pusieran las farolas y que urbanizaran la parte norte, las estrellas se veían con nitidez. En una oscuridad asombrosa.

Parece ser que fue el astrónomo persa A.Al Sufi (siglo X) el primero que detalla por escrito lo que se dio en llamar «astros extensos». O sea una galaxia. Hoy se sabe que hay cientos de miles de millones. Pero hasta no hace demasiado tiempo se creía que el universo era la Vía Láctea.

La alberca debe tener el mismo tiempo de la casa. Las ranas se crían solas. También en la piscina. En una ocasión el hombre vio despegar una garza que había dado buena cuenta de los batracios. Mas arriba del cañaveral, reina una encina de cientos de años.

Quizás en la alberca se podrían poner cañas de bambú.

Alguien le habló del cuento del cortador de bambú, primer texto en prosa narrativa escrito en japonés. Justo detrás del hueco en el talud, había don pedros y malvarrosas. La semilla del don pedro es negra, como un balón de rugby diminuto. En las malvarrosas se podía intentar atrapar un abejorro cerrando los pétalos. Ahora no había. Y también cerca de allí, se secó hace un par de años un caqui.

En una tienda compró un caqui y lo plantó en noviembre. También unos cuantos cipreses tipo totem que puso Fernando. Rafa por su parte plantó un limonero y varios pinos. Uno sobrevivió.

Tendría que preguntarle a David, si había leído Las cosas del Campo, de Muñoz Rojas

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Salvador Fernández-Vivancos Fernández

Licenciado en Derecho

exfuncionario de Justicia

y abogado

Redacción

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