En un momento del acto

Álvaro Salvador realiza el ‘brindis poético’ de las Fiestas de la Vendimia y el Vino de Valdepeñas, 2026

En la tarde del viernes, 4 de septiembre, el profesor y poeta, Álvaro Salvador se convertía en el protagonista de un acto institucional de las LXXIII Fiestas de la Vendimia y el Vino de Valdepeñas 2026, ya que fue el encargado de ofrecer el pregón o ‘brindis poético’ como lo denominan los organizadores. Además, en la jornada siguiente el granadino pudo contemplar cómo ha quedado impreso su ‘Soneto báquico (con estrambote)’ en una tinaja de Bodegas A7.

Este acto de Homenaje a la Poesía Vaso XXVIII del Ciclo de Vinos Nobles – Tertulia Poética-Literaria ‘Desde el Empotro’ organizado por la Fundación Grupo A7, en homenaje a de Álvaro Salvador, Premio Internacional de Poesía Generación del 27, contó con la asistencia del alcalde de Valdepeñas, Jesús Martín que manifestaba que de esta forma “Valdepeñas incorpora una nueva tinaja con un verso de un poeta que es una referencia en la singladura de la poesía contemporánea española, y eso hay que agradecérselo al Grupo A7, al mismo tiempo desde aquí rendimos homenaje a aquellos 7 amigos”.

Por su parte, Álvaro Salvador agradecía “a Valdepeñas que me hayan invitado a participar en estas fiestas, en hacer el brindis, porque me sentí muy honrado y entusiasmado ya que es un tema que me inspira especialmente”. Igualmente tuvo palabras de agradecimiento para el Grupo A7 “por ofrecerme esta lectura, que complementa mi función en estas fiestas”. De esta forma su nombre ya figura en una de las tinajas de Bodegas A7, junto a su poema inédito, como históricamente se ha venido haciendo con otras figuras destacadas del mundo de la poesía.

Álvaro recoge la placa de agradecimiento por su participación que le entrega el alcalde de Valdepeñas

Reproducimos a continuación el texto íntegro del ‘Brindis’ de Álvaro Salvador

ALTAS TABERNAS DEL ENSUEÑO

Excelentísimo señor presidente de la Comunidad de Castilla-La Mancha,

Ilustrísimo señor alcalde de Valdepeñas.

Distinguidas autoridades.

Señoras y señores:

Ante todo, quiero agradecer a las autoridades y a los ciudadanos de Valdepeñas la invitación, tan agradable y honrosa para mí, y que ha hecho que hoy esté aquí con ustedes disfrutando de su compañía, en este solar tan antiguo y prestigioso no solo por sus vinos, sino también por grandes hombres y mujeres consagrados a la literatura, desde Bernardo de Balbuena o Ana de Castro Egas hasta Juan Alcaide o Francisco Nieva. A este último tuve el placer de tratarlo con frecuencia en la década de los setenta y ochenta por sus numerosas visitas a Granada a causa del teatro y también del amor que le tenía a mi ciudad, fruto del cual fue una de sus incursiones en la narrativa, la maravillosa novela Granada de las mil noches.

El vino es uno de los alimentos más antiguos que conocemos y disfrutamos desde el origen de los tiempos. Hay restos de vides cultivadas que se remontan a 6000 o 7000 años antes de Cristo y sabemos que fueron los egipcios los primeros que importaron esta labor a las restantes culturas mediterráneas. La civilización occidental se basa en dos tradiciones culturales que la han influenciado de una manera determinante: la tradición judeocristiana y la grecolatina La presencia del vino es constante en estas dos tradiciones desde el comienzo de sus orígenes más significativos. Como sabemos, el relato fundacional de la tradición judeocristiana es la Biblia, su libro sagrado, completado más tarde por los libros del llamado Nuevo Testamento. El tratamiento que estos libros hacen del jugo fermentado de la uva es ambivalente. La primera aparición del vino en la Biblia se produce en el libro del Génesis (9-20-21) con la historia de Noé y el diluvio universal y se asocia con comportamientos poco virtuosos del patriarca al que sus hijos sorprenden desnudo a causa de la embriaguez. Si Noé es el elegido de Dios para salvarse del diluvio, Lot lo será para sobrevivir a la destrucción de Sodoma y Gomorra. Y en este mismo libro del Génesis (19), la Biblia nos cuenta cómo, después de esa destrucción, las hijas de Lot lo embriagan para tener relaciones sexuales con él, y excusan el incesto por la ausencia de otros hombres que puedan continuar la especie. El vino y sus excesos aparecen, pues, unidos al impudor y la sexualidad de un modo negativo y censurable.

Sin embargo, el Nuevo Testamento le otorgará al vino un papel muchísimo más importante y positivo. En primer lugar, el vino se utiliza para mostrar la capacidad milagrosa del Hijo de Dios en el pasaje de las Bodas de Caná (Juan 2:1-11) cuando las seis tinajas llenas de agua son convertidas en vino de gran calidad por voluntad de Jesús en el primero de sus milagros públicos. El círculo se cerrará en el último milagro con el extraordinario protagonismo del vino: me refiero al pasaje de la conocida como Santa o Última Cena (Mateo 26:17-35) en el que Jesús realiza el milagro de la transubstanciación e instituye la eucaristía, transformando el pan en su carne y el vino, ¡el vino¡, en su sangre. Es por tanto lógico que desde el triunfo occidental del cristianismo, el vino adquiera un prestigio simbólico –al igual que el pan e incluso el trigo y las vides–, prestigio que ya no le abandonará nunca.

En la antigua Grecia, el vino tuvo también un carácter religioso, unido a una divinidad: Dionisio, uno de los doce dioses olímpicos, hijo de Zeus y dios de las plantas, de la fertilidad exuberante, del trance, del teatro, de la locura, de la libertad, de la transgresión, etc. Es por tanto, el dios de la ruptura de las normas y los límites y, en cierto modo, productor del desorden. Lo dionisíaco, frente a lo apolíneo –lo propio de su antagonista el dios Apolo–, pasó a significar en la tradición grecolatina, el arrebato, la exageración, el desenfreno, la libertad, el éxtasis, la posesión y, en definitiva, la liberación de los sentidos. Sus cultos y rituales se basaban precisamente en fiestas, “bacanales”–fiesta de Baco, el nombre de Dionisio para los romanos– en las que los participantes procuraban un estado de embriaguez mística que los llevaba a ser poseídos por el dios e indentificarse con lo sagrado. El vino tenía un papel fundamental en ese proceso.De manera simultánea, se recitaban en estas fiestas unos poemas llamados ditirambos que en su desarrollo posterior serían el origen del teatro grecolatino. Y tiempo más tarde, Eurípides describirá estos festejos con maestría en su obra Las bacantes.

En la civilización grecolatina, por lo tanto, el vino tuvo un papel preponderante y era consumido por todos los grupos sociales, aunque, excepto en Esparta, no estaba bien visto que lo bebieran las mujeres. En la Iliada y la Odisea, los dos grandes poemas fundacionales de la tradición poética griega, encontramos alusiones al vino en 24 cantos; estas alusiones son positivas en su inmensa mayoría y se refieren a las cualidades del vino (“dulce como la miel, exquisito, excelente, delicioso, oloroso, reconfortante y que alegra el corazón”). Incluso el vino puede usarse como estrategia de defensa, como ocurre en el canto IX de la Odisea cuando Ulises utiliza el vino para embriagar al gigante Polifemo y escapar de su cueva. En esa misma tradición, el gran poeta latino Gayo Valerio Catulo dedicó bastantes poemas para ensalzar el licor sagrado: “Chaval que escancias el Falerno añejo/ lléname ya las copas más amargas,/ es la ley de Postumia, la anfitriona,/ que más borracha es que una uva ebria./ ¡Y el agua que se vaya a donde quiera!”

Álvaro Salvador muestra la placa al público

Las muestras literarias en las que el vino aparece como protagonista o personaje de cierta importancia son, pues, muy numerosas en toda Europa. En España coinciden con el nacimiento de los primeros discursos considerados como literarios en la Edad Media. Ya en el poema del Mio Cid, cuando Rodrigo Díaz de Vivar vence al Conde Berenguel, le dice una frase que nos suena a bíblica y en la que puede apreciarse el simbolismo alcanzado por el vino: “Comed, conde, de este pan; bebed, conde, de este vino, / que si lo que digo hiciereis, dejaréis de estar cautivo.” A partir de aquí se suceden las referencias al vino en lo que conocemos como tradición poética española: en Gonzalo de Berceo con su milagro XX dedicado al “Clérigo embriagado”, el Arcipreste de Hita (“pisa los buenos vinos el labrador tercero/ llena todas las cubas como buen bodeguero…”) El mismo Cervantes en la Galatea, incluye un poema adivinanza referido al vino: “¿Cual es aquel poderoso/ que desde Oriente a Occidente/ es conocido y famoso?/ A veces fuerte y valiente, otras flaco y temeroso, Quita y pone la salud,/ muestra y cubre la virtud/ en muchos, más de una vez./ Es más fuerte en la vejez/ que en la alegre juventud…”

Y entre los versos compuestos por los poetas del Siglo de Oro el vino fluye con libertad y abundancia: el mismísimo caballero Garcilaso de la Vega en unas coplillas que dedicó a su amigo Juan Boscán por un baile que hizo en unas bodas (“Pienso que habéis de venir,/ si vais por ese camino/, a tornar el agua en vino,/ como el danzar en reír”). Por supuesto, Quevedo, con el soneto que le dedica a los mosquitos que le caían en el vino: “Liendres de la vendimia, yo os admiro/ en mi gaznate, pues tenéis por soga/ al nieto de la vid, licor bendito.” Y al vino le dedicó Don Luis de Góngora parte de su Letrilla XXXVIII: “Ya el tabernero procura/ impetrar un beneficio/ pues ejercita el oficio/ de bautizar sin ser cura./ Porque dicen que es cordura/ vender el vino cristiano/ porque fue su abuelo anciano/ discípulo de Moisés./ Y dicen bien.” Por su parte, el Fénix de los Ingenios, el gran Lope de Vega, dedica una de sus loas al vino: “El rico vino/ que tienen la Membrilla y Manzanares/ en el mundo he pensado/ que no hay sueño tan dulce y descansado…//…¡cómo consuela/ el aromático tufo/ que sale de la bodega!/ ¡Hay tal dicha! Salto, bailo,/ pues si tal braveza engendra/ solo el olor, ¿qué hará el gusto?” Incluso su rival, el dramaturgo Pedro Calderón de la Barca incluye en uno de sus autos sacramentales un elogio del vino, entendido como símbolo del cristianismo: “Nadie desconfíe/ nadie desespere/ que con este Pan y este Vino/ las llamas se apagan,/ las fieras se vencen,/ las penas se abrevian,/ y las culpas se absuelven.” Y, por fin, el gran Juan de Yepes, sin duda el más grande poeta de la lengua castellana, no olvida el vino en su acesis hacia lo sagrado: “A zaga de tu huella/ los jóvenes discurren al camino,/ al toque de centella, al adobado vino,/ emisiones de bálsamo divino.”

Álvaro Salvador junto a la barrica con su soneto

Para bien o para mal, para la salvación o la condena, parece claro que el vino ha sido utilizado como un medio, como una puerta, para que el ser humano pueda entrar en otra dimensión. La vida, a menudo, no se presenta como una camino de rosas y está claro que el vino puede ayudar a sobrellevar las dificultades, pero también es cierto que el vino puede sumarse, y de hecho se suma, a la celebración de lo positivo que la vida también nos ofrece de tanto en tanto. Cuando la humanidad deja de lado los excesos dionisíacos e incluso los milagros cristianos y se impone la razón, el vino sigue acompañándola con las mismas cualidades vivificantes. El poeta colombiano, Andrés Bello, así lo destaca en su poema “El vino y el amor”: “Hace el vino/ maravillas;/ esperanzas,/ vivifica;/ da al cobarde/ valentía;/ a los rudos/ ¡como inspira!/ Aunque gruña/ la avaricia/ tú le rompes/ la alcancía./ Y otra cosa, / que a su lima/ no hay secretos/ que resistan.” Y los románticos, que reaccionan una vez más en la balanza de la Historia contra el excesivo razonamiento, siguen insistiendo en esas cualidades del jugo de los dioses, como por ejemplo José Cadalso en sus Anacreónticas: “¿Quién es aquel que baja/ por aquella colina,/ la botella en la mano,/ en el rostro la risa…// Sin duda será Baco/ el padre de las viñas./ Pues no, que es el poeta/ autor de esta letrilla.” O bien Gustavo Adolfo Bécquer en su famosa Rima LVIII: “¿Quieres que de ese néctar delicioso/ no te amargue la hez?/ Pues aspírale, acércale a tus labios/ y déjale después./ ¿Quieres que conservemos una dulce/ memoria de este amor?/ Pues amémonos hoy mucho y mañana/ ¡digámonos adiós!” Y, por supuesto, Espronceda en su “Canción Báquica”, cuyo coro va repitiendo como en un estribillo: “¡Oh, caiga el que caiga! ¡Más vino! ¡Brindemos!/ A aquel que más beba loores sin fin;/ con pámpanos ricos su frente adornemos,/ aplausos cantemos al rey del festín.”

A finales del siglo XIX, con la revolución industrial se inicia un proceso de descreimiento y crisis de la literatura y las artes en general contra el que reaccionan los escritores y artistas de la época, creando en el espacio finisecular de la Modernidad distintos movimientos que van desde el Modernismo Hispánico hasta los movimientos de Vanguardia. La defensa del arte y la literatura que estas corrientes impulsan lleva implícita la defensa de todo lo dionisíaco, a veces con tintes decadentes, como ocurre en el caso del maestro Rubén Darío: “Yo tengo una bella ánfora, llena de regio vino,/ que para hacer mis cantos me da fuerza y calor,/ en ella encuentra sangre mi corazón latino/ para beber la vida, para latir de amor…// El vino rojo tiene mi luz, mi poesía/ quien lo hacen son los dioses y quien se embriaga yo.” O en el caso de su compañero y amigo, el patriarca de la poesía cubana, José Martí: “Hay un derecho/natural al amor: ¿reside acaso,/ Chianti, en tu áspera gota, en tu mordiente/ vino, que habla y engendra, o en la sabia/ unión de la hermosura y el deseo?/ Cuanto es bello, ya es mío, no cortejo…”

Los movimientos de vanguardia, desde el cubismo al surrealismo, revolucionaron a comienzos del siglo XX todas las manifestaciones artísticas, incluida la literatura. En la vieja Europa esta revolución intentó ser muy radical e innovadora, sin embargo en España procuró armonizarse con la tradición y sus protagonistas más destacados fueron los llamados miembros de la Generación del 27. Rafael Alberti, de familia bodeguera y que incluso llegó a trabajar como representante de vinos escribió uno de los libros más brillantes y representativos de esta revolución vanguardista, Sobre los ángeles, en el que podemos leer versos como los siguientes: “La flor del vino muerta en los toneles,/ sin haber visto nunca la mar, la nieve.// La flor del vino, sin probar el té,/ sin haber visto nunca un piano de cola.// Cuatro arrumbadores encalan barriles./ Los vinos dulces, llorando, se embarcan a deshora.// La flor del vino blanco, sin haber visto el mar, muerta./ Las penumbras se beben el aceite y un ángel la cera.// He aquí paso a paso toda mi larga historia./ Guardadme el secreto, aceitunas, abejas.” Su compañero y compadre, quizá el poeta más brillante de la generación, al menos el más leído y difundido, mi paisano Federico García Lorca hace muchas alusiones al vino en su poesía y en su teatro. Pero quizá la afirmación del protagonista en su obra de títeres El Retablillo de Don Cristóbal, sea la mayor y más vitalista alabanza al vino que Lorca desliza en toda su obra: “Me gustaría ser todo de vino y beberme yo mismo”. Rosa Chacel, por su parte, añade unos versos al tema: “El vino de cenizas su acerbo de alcohol exhala/ mientras la copa orea, con su pausa, el aliento…” y Concha Méndez en su “Bar”: “–Bar en el puerto–/ Brisa de alcoholes./ (El marinero del traje blanco/ deja los naipes/ y marcha al puerto).”

De mis contemporáneos no voy a hablar, porque son muchos y si me olvido de citarlos se sentirían desafectos, incluso en sus tumbas. Voy a elegir sólo a uno para que los represente a todos, a mi querido amigo y compañero Javier Egea, quien nos abandonó en 1999 por su propia voluntad:

Embriaguez

Y tuvimos el gesto de ponernos al viento
y alzarnos a la vida por la viña sencilla
con rumbo de sonrisas trazado en la mejilla
hacia el vino que ofrece su puro y fresco aliento.

Embriagados al cabo, saciados en un lento
repetir de la copa, una brisa amarilla,
roja quizás, o verde, o azul, nos acribilla
y nos enreda y vela la luz del pensamiento.

Pero aún quedan altas tabernas del ensueño,
enamorados cauces donde se mece el vino
y corre por los labios y los besa y arropa,

donde rebosa el borde del vaso más pequeño
y es la embriaguez la vida y es la viña el destino
y es la vida una eterna, repleta, dulce copa.

¡Alcemos, pues, nuestras copas y brindemos por el vino la poesía y la amistad!

¡Muchas gracias!

Álvaro Salvador

Valdepeñas, 4 de septiembre de 2026

Antonio Arenas

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